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Capítulo XX - Psiquiatría Conyugal
Abrahan Genis

Jueves, 13 de septiembre de 2007

Este capítulo fue escrito en el Uruguay, hace unos treinta años. Si bien casi toda nuestra literatura sobre este tema proviene de los Estados Unidos, consideramos más aceptable utilizar la que provenga de un país latinoamericano.

El lector avisado percibirá, en la descripción de los casos, un ambiente distinto, en el tiempo y en la cultura, de un país que es parecido pero no idéntico. Aún será algo diferente el lenguaje medico y la presentación clínica de los casos.

En la generación transcurrida desde entonces, el lenguaje de la sociología se ha modificado. Se hablaba en aquella época de matrimonios y de noviazgos, pero no de relación de pareja. Se utiliza en él el término conyugal, hoy menos usual. Los lazos que unen a los cónyuges aparecen más estables.

Pero los caracteres esenciales del drama humano siguen siendo los mismos. Fue así, como se describe, en el momento y lugar señalados, y sin duda lo ha sido en todos los lugares del mundo y se prolongará por tiempo indeterminado.

Se ha elegido que este sea, como introducción, el primer capítulo psiquiátrico, por su intensa descripción de lo que probablemente sea una de las causas más importante de los conflictos de pareja.

Recordamos claramente el primer caso en el cual se nos planteó la idea d este título.

Caso 1. Vino a la consulta, acompañada por su esposo, una mujer joven, enviada por un internista que la había estudiado detenidamente y no había encontrado causa alguna que explicara sus quejas físicas.

La paciente relataba con vehemencia sus síntomas somáticos. Bastó que orientáramos con algunas preguntas su interés hacia su vida emocional, para que nos hiciera la descripción que correspondía bastante a lo que se conoce con el nombre de “quejas físicas de origen psíquico”.

Frente a una discreta sugerencia estuvo de acuerdo en admitir que todos sus síntomas eran de origen emocional. Le preguntamos entonces si tenía alguna idea de cual podía ser el origen de su estado.

Tuvo lugar en ese momento uno de los cuadros más impactantes que hayamos vivido en toda nuestra vida profesional. De pronto, la paciente se enfrentó a su esposo y lo acusó vivamente de ser el responsable de toda su enfermedad. Lo que hacía más impresionante el cuadro era que éste no parecía tener la menor noticia de la situación. El ataque le había sido brusco, inesperado y demoledor. Para peor, parecía sentirse culpable.

Cuando la mujer terminó de hablar, la situación se había transformado por completo. Ella había concurrido al consultorio como paciente, acompañada por un esposo solícito. Ahora era una mujer que no se quejaba de síntoma alguno, pero que se encontraba en una situación de extrema infelicidad conyugal, de la cual era plenamente consciente, y que manejaba con la intención de resolverla

A partir de entonces hemos visto repetidas veces este impresionante cambio de situación.

Y el esposo, al principio simple acompañante, se había transformado en responsable de esa circunstancia y quizá, por el carácter de las quejas que contra él se habían proferido, en una persona que necesitara de asistencia psiquiátrica.

Había sido tan intenso el caudal de sentimientos que se habían volcado en esa entrevista, que preferimos dejar que se elaborara de manera espontánea. Recomendamos un sedante suave y se concertó una nueva consulta.

El epílogo de este caso fue, también, inesperado y pintoresco. El matrimonio no volvió a la consulta. Algunas semanas después lo encontramos a él, por casualidad, internado en el Hospital Psiquiátrico. Su mujer lo acompañaba y conversamos con ella. Estaba tranquila, no padecía de ningún síntoma, e iba todos los días a llevarle la comida. Mientras tanto, tenía oportunidad de dialogar con él algunos momentos. El psiquiatra tratante le había informado que su esposo padecía de un trastorno importante de tipo neurótico. Ella esperaba que se recuperara pronto para poder tenerlo de nuevo en casa.

Fue el primero de los casos en los cuales concebimos el concepto de Psiquiatría conyugal, que da el título a este trabajo.

Caso 2. Una muchacha de 28 años, soltera, había sido asistida por un internista por un cuadro de filiación psíquica. Le indicó un sedante y al no obtener resultados satisfactorios, la refirió al psiquiatra.

Nada especial comprobó el interrogatorio ordenado de sus antecedentes personales, familiares y de su personalidad anteriores a la enfermedad.

Cuando se la interrogó sobre cuales suponía que pudieran ser las causas de su enfermedad, manifestó ignorarlas. Era feliz en su vida de hogar, que compartía con sus padres y numerosos hermanos. . Tenía un buen empleo del cual estaba satisfecha. Su salud física era excelente. Carecía de problemas económicos. Era socialmente apreciada y disfrutaba de un grupo de amigos.

Pero, desgraciadamente, no gozaba de la misma felicidad en su vida amorosa. Mantenía relaciones, desde hacía un par de años, un novio que la visitaba en su casa. Las relaciones eran formales; hablaban de matrimonio y habían comenzado a ahorrar dinero para alhajar el hogar.

Mantenían relaciones sexuales, pero era evidente que a ella no la satisfacían. Relataba, por ejemplo como se había “entregado” sin darse cuenta. Parecía evidente que su insatisfacción sexual era debida a que sus principios morales no estaban de acuerdo con la sexualidad pre-matrimonial. Pero si hubiera sido sólo por eso, todo su cuadro no hubiera sobrepasado el de una simple frigidez reactiva.

Sus preocupaciones empezaron por la conducta de su novio en los dos últimos meses. Había hecho insinuaciones poco claras respecto a un problema en sus órganos genitales. Su vida sexual con su novia, sin embargo, no se había alterado. Había concurrido a la consulta de un especialista, que le había prometido curarlo, pero le había exigido una considerable suma por adelantado. Para conseguirla. de acuerdo con ella, habían vendido los muebles que adquiridos para su futuro hogar.

El tratamiento no debía haber dado resultado, porque seguía de mal carácter, irritable y reservado y le prohibió terminantemente a su novia que se comunicara con su médico. Y fue en estas circunstancias que ella comenzó a padecer su neurosis de angustia.

Tuvo lugar, finalmente, la entrevista con su novio. Padecía de diversas fobias, todas ellas ligadas a la esfera sexual. Aseguraba que sus genitales eran anormalmente pequeños y creía que sus testículos eran atróficos. Un somero examen, realizado allí mismo, comprobó la normalidad anatómica de sus órganos.

Su otra preocupación era quizá más razonable. Suponía que debía ser estéril, puesto que sus relaciones habían sido infecundas hasta aquel momento. No aceptó el argumento de que en la mayoría de los casos la infertilidad dependía de la mujer y que un lapso de varios años era científicamente requerido para aceptar la esterilidad de la pareja.

Se le propuso que consultara a un urólogo confiable para resolver sus preocupaciones sobre su salud genital.

Dicho urólogo no solamente no encontró síntomas de organicidad, sino que también confirmó que el colega que tan altos honorarios había exigido era de aquellos al cual consultan los ignorantes, los ilusos y los neuróticos.

Se tuvo con la paciente una última entrevista. Ya no era más una enferma. Era una persona que se encontraba en una situación difícil, que la había hecho poner en juego mecanismos psíquicos anormales y que estaba informada que su novio padecía de un problema físico importante y ella estaba decidida a colaborar en lo que fuera necesario para lograr su recuperación.

Caso 3. Una mujer de buena familia, de 30 años de edad, se encontraba internada desde hacía varios meses en establecimiento psiquiátrico. Su diagnóstico era adicción a las drogas y al alcohol. Explicaba sus problemas por una situación conyugal.

La enfermedad databa de aproximadamente diez años. Hasta entonces había sido una mujer feliz, que regía bien su casa y cuidaba de lo que hasta entonces eran sus dos hijos. En los años siguientes nació un tercero.

Su marido fue siempre de carácter dominante y su hogar se regía autoritariamente.

La enferma toleró esta situación hasta que se enteró que su marido tenía una amante. Comenzó a inyectarse fosfato de codeína para calmar sus nervios. Cuando le fue difícil conseguir el medicamento, comenzó a ingerir alcohol.

Estuvo en asistencia con varios psiquiatras y tuvo que ser hospitalizada repetidas veces. En una ocasión abandonó su hogar y se fue a vivir al interior del país, donde trabajó como doméstica. En estas circunstancias permaneció libre de síntomas.

Su marido la localizó y le exigió la vuelta al hogar, pero una vez allí reincidió en su dipsomanía. En una ocasión fue encontrada tirada, ebria, en la calle y hospitalizada. Después de varios meses fue dada de alta, pero reincidió y se internó voluntariamente, permaneciendo en el Hospital más de un año.

Un psiquiatra recién graduado se interesó por el caso. Le dio la impresión que se trataba de una persona honesta y sincera, que deseaba curarse y disponía de las reservas psíquicas y morales necesarias para ello.

Se entrevistó con el esposo, con lo cual confirmó la información que de él había aportado su mujer.

Comenzó acusándola de viciosa incurable. Para él no era una enferma; era una culpable. No dejaba el alcohol “porque no quería”. Si alguna esperanza tenía de recuperarse, tendría que poner “toda su fuerza de voluntad”.

Y los datos que se tomaron de su propia biografía mostraron elementos que configuraban un carácter neurótico. Padecía de una úlcera gastroduocenal, pero se asistía con un cardiólogo amigo a pesar de que su estudio cardiovascular era totalmente normal. Había sido referido a consulta psiquiátrica, pero no aceptó la indicación. Describía cuadros de colores precordiales sintomáticos, sin duda, de una neurosis de angustia. Rechazó categóricamente la sugerencia de recibir asistencia por sus problemas emocionales.

Caso 4. Una mujer que había sido feliz antes de casarse, soportó la prepotencia de su esposo durante muchos años de matrimonio. A pesar de ello consideró aceptable su existencia mientras sus hijos fueron pequeños.

Cuando su marido comenzó a viajar por motivos de trabajo, conoció en un curso a un profesor de filosofía con el cual trabó una amistad profunda.

Las relaciones no llegaron a mayores. Pero a través de sus conversaciones, pudo entrever a un mundo diferente, con posibilidades de auto-realización que hasta entonces nunca había concebido.

Fue sometida a una larga psicoterapia, que demostró que había vivido inconscientemente una vida conyugal de sumisión y opresión. Se evidenció que su marido era una personalidad anormal. Padecía de eyaculación prematura. La única manera de conservar un matrimonio que ella no deseaba renunciar por razones religiosas fue extremar sus recursos para tolerar un neurótico que no tenía conciencia de serlo y que jamás aceptaría un tratamiento adecuado.

Caso 5. Una mujer casada, de treinta y dos años de edad, casada, consultó por un síndrome depresivo. No tenía la menor duda en cuanto al origen de su cuadro; era una absoluta falta de comunicación con su esposo. Se sentía acosada en su hogar por su silencio impenetrable.

Nada en sus antecedentes personales sugería la existencia de problemas emocionales.

Se casó enamorada de su marido y creía estarlo todavía.

El comienzo de su problema se remontaba a dos años atrás, cuando murió un hijo de ambos. Padecía de sentimientos de culpa respecto a sus cuidados sobre el niño, que quizá hubiera podido salvarse de haber sido mejor atendido. Su esposo le había hecho algún velado reproche en ese sentido. Después de esa muerte, el marido comenzó a encerrarse en un mutismo y una falta de comunicación progresiva. No le dirigía la palabra más que para lo estrictamente necesario. Las relaciones sexuales continuaban regularmente.

Al principio, la mujer atribuyó este enfriamiento en sus relaciones al pesar producido por la muerte del niño, al cual el padre quería entrañablemente. Pero transcurrido el tiempo comenzó a suponer que el mutismo de su esposo era por indiferencia hacia ella y entró en su estado depresivo.

Tenía la certeza de que no había otra mujer en la vida de su marido. Un interrogatorio profundo llevó al médico a la seguridad de que su esposo no padecía de un estado psicótico depresivo o de ninguna otra naturaleza.

El esposo aceptó concurrir a una entrevista. Desde el principio la relación resultó tan fácil y fluida, que resultaba increíble que hubiera podido permanecer durante dos años en un retraimiento tan pronunciado frente a su esposa.

Aseguraba quererla, pero no estaba conforme con ella. Era una mala administradora del hogar. Dilapidaba su tiempo en salidas, compras inútiles y mirar novelas de televisión. A pesar de que él ganaba un buen sueldo, la familia no había podido hacer economías por la falta de orden de su esposa en la administración del hogar. Estaba convencido que la muerte de su hijo hubiera podido ser evitada con mejores atenciones.

La dificultad de comunicación en su matrimonio databa desde hacía muchos años, aunque ella solamente se daba cuenta de ello en los dos últimos. Había comenzado a intentar enseñarle y explicarle como se sentía frente a ella, sin resultado alguno. Como era de natural poco locuaz, había terminado por quedarse callado. Cuando percibió que la esposa se estaba enfermando, no supo lo que decir; estaba demasiado acostumbrado al silencio.

En dos entrevistas, facilitando la comunicación, el problema se resolvió, la mujer quedó libre de síntomas y el marido se libró de su silencio.

Caso 6. Una mujer de 35 años de edad ingresa al Hospital Psiquiátrico. Su diagnóstico inicial fue neurosis de angustia e ideas obsesivas.

Hasta hacía 10 años había sido una mujer completamente normal. Tenía entonces un novio, al cual su familia rechazaba porque lo adivinaba de poco porvenir.

Las dificultades conyugales comenzaron a los pocos meses de la boda. El marido, desconforme, se quejaba de todo. Ninguna comida le satisfacía. Frente a cualquier disgusto experimentaba arrebatos de agresividad y después se cerraba en silencios que duraban semanas. La esposa lloraba y se sometía pidiendo perdón, pero él se mantenía en sus trece sin dar otra justificación de que era rencoroso por naturaleza. A veces, estando enojados, salían a caminar. Transcurrían horas sin que él le dirigiera la palabra.

La enferma fue frígida desde el comienzo de su vida sexual. El esposo le exigió formas sexuales que ella describía como antinaturales.

La situación económica fue mala desde el comienzo. El no mejoraba en su empleo. Los padres de ella siempre la ayudaron. Y hasta el nacimiento de su primer hijo tuvo que trabajar, cosa que no había hecho de soltera.

El marido no era alcoholista. No salía de casa. No tenía amigos. Se quedaba en el dormitorio mirando televisión todo el día.

El estado anormal de la paciente se transformó en enfermedad a los seis años de casada. Comenzó por vómitos, aunque se pudo descartar el embarazo. Le aparecieron ideas religiosas anormales. Se encerraba en su cuarto y decía que hablaba con Dios.

Se acusaba de ser una pecadora porque le deseaba mal a las personas de su entorno. Aparecieron síntomas de depresión. Lloraba, dejó de comer y adelgazó. A pesar de que algunos de sus síntomas tomaban un aspecto psicótico, siempre tuvo conciencia de que era su situación familiar la causa de su enfermedad.

Recibió convulsoterapia (Electrochoque) ambulatorio sin mejorar. Fue hospitalizada y se recuperó, pero al volver a su casa recayó en los mismos síntomas. Se le aplicó tratamiento de coma insulínico y también mejoró. Se llegó a la conclusión de que lo que la mejoraba era la hospitalización. Después de su alta la pareja se ha puesto de acuerdo en separarse y la enferma residiría en casa de sus padres mientras se buscara una solución definitiva.

La historia del esposo era la siguiente; su padre era trabajador del puerto. Era alcoholista. Cuando él tenía 6 años mató a su madre, de la cual vivía separado. Nunca volvió a ver a su padre. Sabe que falleció, pero no recuerda cuando. Fue a la escuela muy irregularmente, y nunca aprendió a leer y escribir con corrección.

Su vida sexual comenzó con prostitutas. Su única distracción consistía en concurrir a los partidos de fútbol y salir a caminar solo.

No entiende cuales son los problemas de su esposa. Cuando se negaba a tener relaciones sexuales con él, le retiraba la palabra y no volvía a hablarle “aunque se arrastrara por el suelo”.

Admite ser caprichoso; “ A mi no me domina nadie.” También es así en el trabajo; “Yo no me voy a rebajar porque me paguen un sueldo” admite que “soy peor que vasco, de porfiado.”

A la observación clínica su nivel mental aparece como por debajo de la media.

Todos los casos descritos presentan cierta uniformidad de rasgos. Pueden ser ordenados de acuerdo a una secuencia que comprende los siguientes puntos.

1. Es una mujer la que consulta.
2. Su motivo es, en la mayoría de los casos, un síndrome neurótico (a veces llegan a aparecer también síntomas psicóticos).
3. Que se encuentra originado en una situación conyugal problemática.
4. Cuya profundización demuestra que el marido es, en la mayoría de los casos, un enfermo psiquiátrico.
5. El marido se niega a colaborar en la solución médica del problema.
6. Y, paradojalmente, la terapia debe ejercerse sobre la mujer.
De acuerdo a estos seis puntos ordenaremos nuestra exposición.

1. La consultante es una mujer.

Esto ha sucedido en prácticamente todos nuestros casos. Cuando son los hombres los que consultan es cuando las mujeres los han amenazado con abandonar el hogar o amenazan con un divorcio.

El hecho de que sea la mujer quien toma la iniciativa de la consulta es quizá el más significativo de toda la secuencia.

La peculiar afinidad de la mujer por la consulta médica es de todos conocido. La salud de la familia ha estado siempre a su cuidado y por ello se habitúa a utilizarla para todo tipo de problemas.

Cuando se ha visto que son las mujeres las primeras en consultar al psiquiatra se plantea la pregunta de si serán las mujeres más neuróticas que los hombres.

La respuesta es, en nuestro caso, naturalmente negativa puesto que detrás de la actitud “consultadora” de la mujer, se esconde, en el seno del hogar, la neurosis más profunda “resistente a la consulta” del esposo.

Surge entonces una segunda pregunta.

¿ Será que no existen matrimonios desgraciados por causa de la mujer, dado que poco se ven estos motivos en la asistencia ?

Nadie duda que hay muchas mujeres problemáticas, y no es este el momento de discutir que sexo lo es más, pero el hecho es que si hay matrimonios que sufren a causa de la neurosis de la mujer, se ven menos en la consulta.

La pregunta evoca rápidamente varias respuestas. El marido desgraciado muy a menudo toma una amante. Nuestra sociedad está hoy organizada de tal manera que ello no le origina sentimientos de culpa. Un marido desgraciado puede también dedicarse más intensamente a los negocios, a la política, a sus amigos o a viajar o aún, si es una personalidad predispuesta a caer en la ingestión excesiva de alcohol.

Finalmente es posible que cuando un marido compruebe la neurosis de la mujer, inicie directamente trámites de divorcio sin pasar por el consultorio del psiquiatra. Un distinguido médico se expresa de esta manera; “ Los hombres suelen resistir un matrimonio desgraciado sin sufrir una neurosis. Pocos hombres cuyo matrimonio es infortunado se quejan de ello. Se libran de la neurosis porque el matrimonio no significa tanto para ellos como para la mujer; para el hombre es solo una parte de su vida. Además no está ligado al hogar tan firmemente como la mujer. Para ellas, el hogar, el matrimonio, y el marido casi siempre lo son todo.” La constitución actual de nuestra sociedad ofrece al hombre un número muy grande de recursos para resolver el problema de su hogar desavenido, mientras que a ellas le queda sólo el muy femenino de enfermarse. Teóricamente la mujer tiene los mismos derechos, pero de hecho no se encuentra ni social, ni moral, ni psicológicamente habilitada para ejercerlos.

Esta es la realidad que se está viviendo en este momento, por más que la sociedad esté evolucionando.

Muchos de los hombres, abuelos ya, escucharon que el juez que los casaba pronunciaba la siguiente frase;

“El marido debe protección a la mujer. La mujer debe obediencia al marido.”

La fórmula útil para nuestra conducta, y para los consejos que tenemos que dar a nuestros pacientes, es que se debe capacitar a la mujer para que psicológica , económica y socialmente se encuentre en condiciones de integrarse a la sociedad, producir para su mantenimiento y satisfacción y dejar de ser una sombra de su marido. Esta capacitación evitará en el futuro muchas formas de neurosis femeninas.

2. El motivo de consulta es, con la mayor frecuencia, un Síndrome Neurótico.

Las manifestaciones de la mujer reaccionales a su problema familiar abarcan todos los campos de la psiquiatría, con la excepción, claro está, de las enfermedades orgánicas.

Una de nuestras pacientes no era, en forma estricta, una neurótica. Venía a consultar porque su marido había comenzado a beber en forma incontrolable y, a pesar de sus esfuerzos por detenerlo, él persistía en su adición.

Se sentía preocupada, ligeramente ansiosa, y su objetivo era saber en que podía ayudarla la medicina. No era una neurótica; solamente presentaba algunos síntomas que eran perfectamente adecuados a su situación.

Uno de los casos de este trabajo, ya comienza a ser típico de la utilización de mecanismos neuróticos como expresión de las dificultades de adaptarse a una situación de pareja. La mujer había consultado a varios internistas. Finalmente había sido enviada a un psiquiatra y. presentaba síntomas de depresión y ansiedad. Pero apenas se le permitió liberarse su cuadro neurótico, pudo cobrar energías para captar de manera consciente y activa su verdadero problema.

En otro caso el motivo de consulta fue una reacción desmedida frente a un flirt insignificante de su marido. Pero fue sólo la gota de agua que desbordó una situación tensa desde hacía mucho tiempo atrás.

En todos los casos en que la reacción es exagerada frente a una situación que no la justifica, hay que “avanzar un poquito hacia atrás” e investigar que es lo que subyace. En esta regla se basa fundamentalmente la asistencia psicoanalítica.

Esta hipersensibilidad a la infidelidad masculina también se plantea en otro de nuestros casos, en que la mujer, hasta entonces obediente y sumisa, padeció en una neurosis que se transformó en una toxicomanía importante.

Los síntomas que se ven con más frecuencia son la depresión y la ansiedad, y sobre todo la combinación de ambos. Prolongan lo que es normal en la vida frente a situaciones difíciles. Lo que las hace anormales es que el paciente se debate entre sus síntomas sin atinar a resolver la situación por sus propios medios.

A menudo las quejas físicas son una manera de presentarse de estos cuadros. Se consultan varios médicos generales, especialistas e internistas, que generalmente informan al paciente “que no tienen nada.”

Si los profesionales tuvieran la costumbre de plantear una simple pregunta en todos los casos en que no encontraran una causa orgánica de los motivos de consulta

¿ y como son sus relaciones con su esposo ? en muchos casos se iría rápidamente hacia su correcto diagnóstico.

En nuestro último caso aparecieron elementos psicóticos. A ello quizá contribuyeron el bajo nivel mental de la paciente, alguna predisposición genética, y quizá algun error de apreciación del médico en la correcta significación del “hablar con Dios” para ciertas mentalidades.

3. La Neurosis por la cual la mujer consulta se encuentra originada en una situación anormal de pareja.

Pocos maridos, por más patológicos que sean, dejarán de acusar a la mujer de ciertos hechos causantes de sus dificultades.

La fórmula psicológica “La culpa la tuvo el otro” que en la escuela del Análisis Transaccional Eric Berne describió como el juego “Si no fuera por ti” se encuentra siempre presente en todos los conflictos. La situación de pareja debe ser siempre examinada en su totalidad, tanto en lo que se refiere al hombre, a la mujer como a la peculiaridad de su relación.

Una mujer de cuarenta años, buena, afectuosa, de excelente carácter, sin manifestaciones anormales comprobables de ninguna naturaleza, había sido muy desgraciada en un primer matrimonio con un alcoholista, del cual no había tenido más remedio que divorciarse.

Entre los hombres con los cuales había tenido mantenido relaciones amorosas prolongadas después de su divorcio figuraban un epiléptico y otro alcoholista.

Estos casos y otros que pudieran citarse, muestran la íntima interacción conyugal. Aquel en que describimos una dificultad progresiva en la comunicación en una pareja, es el ejemplo más saliente. No habían encontrado la fórmula para poder dialogar, venciendo sus mutuas dificultades de adaptación.

Pero establecer la existencia de esta interacción debe tener sus límites. No se quiere caer en la exageración, de que los problemas de pareja dependen en su totalidad de ambos cónyuges.

Algunas preguntas que habitualmente hacemos y nos hacemos para resolver la importancia de la coparticipación en el origen del cuadro son las siguientes;

- ¿ Si su pareja fuera una persona totalmente normal y sin problemas, presentaría Ud. los mismos síntomas, o los mismos más atenuados ?

- ¿Cuanto cree que hay en Ud. de predisposición psíquica para estos síntomas, aparte de su problema de pareja?

- ¿ Sería Ud. feliz en su relación si su pareja fuera una persona normal ?

Una de nuestras pacientes admitía que probablemente tuviera problemas emocionales no resueltos anteriores a sus matrimonios. Se advertía en ella, por ejemplo, cierta dificultad en el manejo del dinero y en sus relaciones interpersonales. Pero se había adaptado felizmente a la vida hasta su matrimonio, y si su pareja hubiera sido normal hubiera podido considerarse feliz.

En todos los casos una de las etapas del diagnóstico es considerar a la interacción y la unidad de la pareja. Pero ello no nos inhibe de jerarquizar la actuación de uno de ellos como manifiestamente anormal en ciertos casos.

Desgraciadamente, se recurre al psiquiatra como último recurso, en casos graves; neurosis francas, inminencia de separaciones, incompatibilidad extrema y muchos años de sufrimiento.

Cuando algún día nuestra especialidad se popularice y se transforme, de una psiquiatría de la pareja ya enferma, en una higiene psíquica preventiva, probablemente no sea tan fácil deslindar un miembro normal y otro enfermo; será allí imprescindible considerar la interacción de ambos. Es lo que ha sucedido en nuestro caso 5.

4. Cuyo estudio demuestra que el hombre es el principal responsable.

La mayoría de los varones de nuestros casos podían ser considerados psiquiátricamente afectados. Varios tenían conciencia de ello.

En las clases sociales más modestas, donde la resignación de la mujer es mayor, abundan los casos de alcoholismo masculino. La mayoría de estos pacientes son casados. Algunas veces las mujeres se divorcian o los expulsan de su casa, otras padecen de cuadros reactivos y otras simplemente se resignan a sufrir.

la cadena que Dios me dio y yo la tengo que soportar por la religión y por mis hijos.”

Una mujer de 50 años estaba hospitalizada por una litiatiasis vesicular. El gastroenterólogo consideró resuelto el problema cuando se llegó al diagnóstico. Pero sus sufrimientos no tenían nada que ver con la litiasis. El esposo era un epiléptico, francamente insoportable por su carácter. Cuando se puso en claro la situación, los síntomas vesiculares desaparecieron.

En muchos casos los hombres habían encontrado, la manera de sobrellevar su existencia conviviendo cómodamente con sus síntomas anormales.

Tres de ellos eran laboriosos, inteligentes, exitosos en sus profesiones. Uno de ellos no tenía la menor conciencia de sus dificultades. Tuvimos la convicción de que cualquier mención hacia su problema hubiera significado un rechazo total y el retiro de su esposa de la asistencia. Otro, el marido victoriano, se ayudaba a resolver sus problemas manteniendo en su casa una actitud dominante e irascible. Su médico le había sugerido, sin éxito, que se hiciera ver por un especialista.

Y otro, el más franco, el más consciente, sabía perfectamente a que atenerse. Conocía sus crisis de angustia, sus necesidades de viajar, su insastisfacción interior, pero cuando se le propuso una asistencia adecuada la rechazó de plano. Dijo claramente que se encontraba bien entre la terapéutica que él mismo se había instituído; su exceso de trabajo y las dos casas entre las cuales había dividido su vida amorosa.

Citamos nuevamente a Walter Álvarez,

“Es enorme el grado de sufrimiento que tienen que soportar ciertas mujeres y niños que viven con un hombre peligrosamente brutal, violento, injurioso, loco o alcohólico. Entonces la esposa no sólo tiene sus propios problemas de peligro, pena y humillación, sino que debe soportar como son maltratados y golpeados sus hijos. Hay pocas personas que saben cuanta crueldad existe constantemente en muchos hogares”.

5. Los hombres se niegan a una asistencia profesional.

La palabra «hombres figuraba en el título de este párrafo en la primera edición de este trabajo. Hoy preferiríamos sustituirla por el de «miembro dominante o agresivo de la pareja» puesto que, cada vez con mayor frecuencia, es la mujer la que asume ese rol.

En algunos casos hasta hemos comprendido que era inoperante proponerla. En otros, la hemos propuesto sin éxito. Por distintos motivos, el hombre no se asiste. Y en general no hay nada que hacer, más que aceptar la disolución del vínculo.

De cualquier manera, esta muralla china de la resistencia masculina tiene sus brechas.

Como norma general, le hacemos conocer nuestra opinión. Sabemos que no se aceptará y que se despertará su resistencia. Le decimos también que sabemos de ella.

Pero en todos los casos, la opinión respetuosa de un médico pesa y algún día, en circunstancias favorables, su evocación puede tener algún resultado útil. Son como semillas que se arrojan al surco suponiendo, pero sin saberlo jamás con certeza, que alguna de ellas ha de dar su fruto.

Uno de los casos significativos es este;

Es enviado por un abogado que quería conocer nuestra opinión sobre un caso de divorcio. Las responsabilidades parecían claras. El marido tenía una conciencia desmesurada de su rol de autoridad en el matrimonio. Recordó varias veces el artículo 128 del código civil anteriormente mencionado. Se había casado con una mujer tímida, pasiva, dependiente. La menospreciaba y había llegado a castigarla físicamente.

Como persona era un solitario, de pocos amigos, austero y conservador. Poseía dos diplomas universitarios y era profesionalmente brillante.

Quizá hubiera podido dominar la situación de acuerdo a sus propias pautas si no hubieran intervenido los familiares de su mujer, que defendían su debilidad. Eran gente difícil, habían dominado a sus esposas durante toda su vida y les resultaba intolerable que alguien hiciera con su hermana lo que ellos habían hecho siempre con sus esposas. Habían llegado hasta la violencia física.

Naturalmente la defensa del esposo se basaba en las inadecuaciones de su familia política. Fue necesario señalarle repetidas veces que los defectos ajenos no disculpan de los propios. Se le indicó la conveniencia de someterse a un tratamiento psicoterápico. Como manera sutil de negarse, dijo que lo pensaría.

El divorcio se consumó de manera inevitable. Del punto de vista profesional, el caso podía considerarse un fracaso.

Varios meses después, inesperadamente, recibimos su visita. Venía a informarnos del estado actual de su proceso de divorcio y a manifestarnos que estaba decidido a someterse a tratamiento, aunque sin poder precisar exactamente cuando.

6. Y, finalmente, los recursos psicoterápicos tienen que aplicarse a la mujer (o al miembro dominado de la pareja).

Así sucede en todos nuestros casos, menos en uno.

En el último, los recursos tuvieron que ser de tipo psiquiátrico biológico (electrochoque e insulina) dada la índole del cuadro clínico. Pero esta fue una terapéutica máxima.

En un caso la terapia actuó sobre ambos miembros de la pareja, que la aceptaron.

Pero en la mayoría de los casos, el recurso es psicoterápico, y es aplicado solamente a la mujer.

Parece percibirse de inmediato una paradoja. ¿ Cómo se asiste ella si el enfermo es él ? Esta pregunta sólo se PUEDE responder recurriendo al concepto de la unidad de la familia. Si una de las partes de un grupo es la enferma, la asistencia se puede aplicar a aquella parte del grupo más apta para recibirla. La mujer tiene, como se ha visto, por razones biológicas y sociales, una mayor afinidad para la asistencia médica. Siendo como es el centro del hogar, puede modificarlo de tal manera que la problemática sea mejor tolerada. Y, finalmente, por la razón del artillero; porque el marido se niega y no hay otra cosa que hacer.

¿ Y cuales son los objetivos de esta terapéutica aparentemente paradojal ?

1. Ayudar a la mujer a manejar aquellos problemas personales propios que puedan contribuir a la situación anormal.
2. Buscar con ella una fórmula de convivencia de la pareja que mejor se adapte a la problemática de su esposo.
3. Adecuar a las soluciones todo ese complejo que es el hogar; hijos, familiares, allegados y situación económica.
5. Finalmente, ayudarla a saber que es a lo que podrá llegar y que es lo que no podrá alcanzar nunca.

Hay que admitir que en muchos casos nuestra intervención no ha alcanzado ningún resultado positivo.

En otros se ha terminado en un divorcio.

Muchos, quizá la mayoría, han mejorado su adaptación familiar.

El profesional que emprende esta actividad debe saber que en ella interviene un factor que no se ve habitualmente en el resto de la actividad médica; el derecho y la libertad de cada individuo de regir su vida a su manera, aún arbitrariamente, aunque ésta sea, de acuerdo a las normas de la salud, evidentemente perjudicial para él. o para ella.

Esta libertad puede llegar a ser inmoral porque contiene el riesgo de que sufran por ella su pareja y aún los hijos. Pero esa es la situación en el momento actual y lo más que se puede hacer es hacerlo saber.

En el pequeño pero excelente libro del Dr. Hugo Domínguez, el autor expone su experiencia sobre los conflictos de pareja en dos países; la Argentina y Venezuela.

Resulta notable la diferencia entre los casos. El de la Argentina fue un caso prolongado, de índole psicológico, tratado mediante una técnica psicoanalítica ortodoxa.

En Venezuela, presenta tres casos, entre cuyos diagnósticos se encuentran el alcoholismo, probablemente la disritmia cerebral y la infidelidad conyugal.

genisfbl@cantv.net



 
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