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Capítulo XVII - Los Roles Fracasados
Abraham Genis

Jueves, 23 de agosto de 2007

La familia, la pareja y el matrimonio, se basan en la división de roles, fundados en las diferencias entre los sexos que hemos visto en el capítulo 3 e integrados de tal manera que resulten complementarios. Esta es la norma de la mayoría de los casos.

Señalemos brevemente algunas excepciones a las fórmulas mayoritarias. En ciertas culturas, como las descritas por Margaret Mead en su libro Temperamento y Cultura, los roles pueden ser intercambiables; las mujeres pueden ser activas y dominantes y los maridos dedicarse al cuidado de la casa. Pactos excepcionales y privados entre los miembros de la pareja pueden contener fórmulas distintas del acuerdo convencional.

El término hemmaman ya señalado describe, en idioma sueco, aquel convenio según el cual la mujer sale a la calle a ganar el sustento de la familia mientras que el varón cuida de los hijos y se dedica a los oficios del hogar. Pero estas son excepciones que no hacen más que confirmar la regla.

Si el lector crítico quiere repetir, una vez más, que esto está cambiando a pasos agigantados y que es necesario que la mujer salga a la calle a colaborar en el mantenimiento del hogar, le diremos que tiene razón. Pero en el día en que esto se escribe, y aquel otro en el que esto se leerá las cosas siguen el patrón clásico, milenario, aunque se encuentre, para aplicar el eufemismo que describe a los países del tercer mundo “en vías de desarrollo.” Las excepciones a las reglas que vienen desde la biología siguen siendo minoritarias.

Toda esta breve introducción, aplicada a nuestro tema, que es el de los conflictos de pareja, tiene vigencia cuando esta división de roles, la característica o mayoritaria, fracasa. Cuando uno de los dos deja de cumplir los que la biología, respaldada por la civilización y consagrada por las leyes e iglesias, le ha encomendado.

El caso es mucho más notable en el sexo masculino que en el femenino, porque la relación de pareja se adapta mejor al fracaso del segundo que el del primero.

En la familia, el rol femenino es sustituible por el servicio doméstico mientras que el masculino no es sustituible por nada.

Cuando el varón no produce o no toma las directivas esenciales, el hogar colapsa. Dentro de la estructura familiar no se puede encontrar sustituto a su rol. Cuando la mujer no es limpia, o no prepara adecuadamente la comida, o no cuida de los niños, alguien lo puede hacer por ella o la actividad doméstica permanece en un bajo nivel, pero esto no tiene por que ser demasiado grave.

El fracaso del rol, que la mujer no tolera en su compañero, éste puede tolerarlo en ella.

Describiremos un caso de fracaso del rol femenino.

Una mujer viene a consulta a quejarse de la situación de su hogar. Describe que el marido no la atiende, y falta a menudo de su casa. Ella sospecha que él tiene una amante, puesto que no encuentra otra explicación para su desapego. El médico tiene la sensación de que las cosas que se ocultan son muchas más que las que se dicen.

Por una enfermedad física intercurrente, el médico internista de la paciente encuentra elementos emocionales que no se considera en condiciones de tratar y sugiere que el psiquiatra la visite su domicilio.

Desde el primer momento aparece una causa de los problemas. La casa estaba tan desaliñada y desordenada, que casi no se concebía que seres humanos educados pudieran vivir en ella. El médico pensó en la pósibilidad de un trastorno esquizofrénico, pero un somero iinterrogatorio la descartó. Simplemente, la mujer era una sucia. No hubo más diálogo; la explicación era muy clara. Ni el médico ni la paciente hicieron más intentos de reiniciar la relación terapéutica.

Se ven con más frecuencia los casos de rol fracasado masculino. El próximo es uno de ellos.

Una pareja viene a la consulta. Ella aparece tensa, encolerizada. El, rígido y defensivo. El médico invita a que se tome la palabra. Ella es la que rompe a hablar.

Y su discurso, al principio controlado, se vuelve de pronto desbordante. Se capta que está a punto de llorar. Su actitud revela una agresividad latente, que sólo buscaba una oportunidad para manifestarse.

Está claro que él tiene una amante. Ella lo sospechaba desde hace tiempo y frente a pruebas inequívocas de perfume y rouge en las ropas de él, acosado, terminó confesando. Y se dirige a él furiosa, implacable.

Lo acusa de ser frío, indiferente, de no estar pendiente de ella. La ha hecho fracasar en su carrera, prohibiéndole que trabaje, para hacer que se dedique al cuidado de los niños.

Mientras ella hablaba, él permanecía impávido. En un primer momento no se podía decir si impactado o indiferente, pero no emitía respuesta alguna a los cargos de los cuales era objeto.

La tensión era tan grande, que se comprendió que si no se quería facilitar una batalla verbal sería imprescindible separar momentáneamente a la pareja. Ella eligió quedarse a solas con el médico y se pudo expresar con toda claridad y con más serenidad.

El enlace había sido contraído por amor. Ambos procedían de una clase media alta.

El padre de ella había sido un conocido abogado y el de él un comerciante exitoso.

En su infancia ambos habían disfrutado de la abundancia. Ella se había graduado de trabajadora social. El no había terminado sus estudios - según alegaba - porque se suponía que iba a continuar gerenciando las empresas de su padre.

Se conocieron, se sintieron atraídos y en una rumbosa boda contrajeron enlace.

Las dificultades sexuales comenzaron desde la noche de bodas. El, que había disfrutado de pocas e insatifactorias relaciones íntimas, padecía de eyaculación prematura. Y en estas tristes condiciones sexuales transcurrieron los tres primeros años del matrimonio.

Ella, lectora de revistas de mujeres, lo instó muchas veces a que consultaran a un sexólogo. Su esposo, tímido inveterado, se negaba alegando todo tipo de excusas.

Sexualmente insatisfecha, ella se sintió atraída por un amigo de su esposo. Hubo algún encuentro íntimo, pero se sintió moralmente mal, y rompió la relación. Sentía que quería conservar el hogar.

Por sus exigencias fueron finalmente a consultar a un psiquiatra, que mejoró la problemática sexual. Pero el marido se negó a continuar la parte psicológica de la terapía.

No progresaba en su trabajo. Había sido designado gerente de una de las empresas de su padre, pero no sabía asumir decisiones difíciles cuando fueran necesarias. El padre, conocedor intuitivo de la conducta humana, lo había provisto de un sub-gerente que hacía todo el trabajo ejecutivo.

Para peor, los dos niños del matrimonio eran problemáticos. La mayor padecía de un leve retardo mental, y tenía que estar sometida a asistencia psicológica permanente. Y el menor era un hiperactivo al cual se le descubrió un foco disritmico que mejoró, hasta casi normalizarse, con un tratamiento adecuado.

Los ingresos de la familia eran escasos. El ganaba lo que correspondía a su cargo, pero no más. Su vida de soltero había sido mejor. Pero su padre no estaba dispuesto a brindarle dádivas.

La esposa, acostumbrada a un mejor nivel de vida, pretendió, una y otra vez ponerse a trabajar. El marido se opuso frontalmente, alegando que había que cuidar a los niños.

La aventurilla de él fué lo que desbordó el vaso. Fué seducido por una empleada ambiciosa, de esas que no tienen mayores escrúpulos en romper hogares. Tan poca habilidad tuvo él para el adulterio, que fué rápidamente descubierto por su mujer, que por su experiencia lo había precedido.

Pocas veces los adulterios de los hombres (y en menor número de casos de la mujer) son determinantes de la disolución de la pareja. Pero sí sirven de motivo tradicionalmente aceptado, consagrado por la ley, que actualiza incompatibilidades más profundas.

En nuestro caso, por ahí explotó el conflicto. Las frustraciones acumuladas por la mujer se desencadenaron, y la pareja decidió solicitar ayuda psiquiátrica, basadas en la experiencia de la mejoría de su problema sexual.

Después de hablar, la mujer dejó la consulta, liberada, más tranquila.

La entrevista con él fué mucho más difícil. Lo primero que hizo fué acusar, basándose en la conocida fórmula de que “el ataque es la mejor defensa”. Su mujer tenía. según su propia expresión “matices neuróticos”. No era sociable. Su atención a la casa no era satifactoria. Consideraba que los niños no estaban adecuadamente atendidos considerando sus problemáticas. Atribuía sus dificultades sexuales a que ella no era suficientemente seductora. La acusaba del apartamiento que él y sus hijos tenían de su propia familia.

A la pregunta

- Disculpe ¿ en algo se consideraría Ud. responsable de los problemas del hogar ?

Puso cara de asombro. Evidentemente no estaba preparado para examinarse a si mismo.

La impavidez con que inicialmente se había presentado se reveló como signo de vacuidad.

- “Las arcas del Cid” pensó para sí el médico. O mejor aún “Diente Roto”, el excelente cuento de Pedro Emilio Coll

Como persona, carecía de otras actividades que no fueran el trabajo y la familia. Sus amigos - mejor dicho sus relaciones - no eran de otro origen que la adulonería de algunos de sus compañeros de trabajo hacia el hijo del presidente de la empresa.

Muchas veces se ha destacado en la historia el triste destino de muchos hijos de genios, de los cuales se espera un destino brillante del cual no son capaces. Ha sido el eterno drama de las dinastías hereditarias.

Nuestro personaje no leía. Su única vocación era la carpintería. Tenía un pequeño taller montado en los fondos de la casa.

Cuando se le entregaron para su examen los “19 aforismos sobre consejo de familia, los examinó detenidamente, sin entenderlos demasiado, y señaló que serían difíciles de ejecutar.

- ¿ Hay que cumplirlos todos ?

- No, todos no. Especialmente los números 10 y 11.

“10. Cada uno de los consultantes deberá estar dispuesto a hacer concesiones o esfuerzos en cambiar costumbres o actitudes.

11. Cada uno de los interesados deberá hacer esfuerzos.

a. Por ayudar al otro

b. Por cambiar actitudes propias

c. Por tomar medidas que beneficien a la pareja y a la familia.” La terapia fué difícil. El gran obstáculo era la torpe rigidez del esposo. Se insistió, sin resultado, en la reanudación del tratamiento sexual. Se llegó a la conclusión de que su C.I. era probablemente bajo, como suele verse en las famillas en las cuales existen antecedentes disritmicos.

La esposa solicitó y logó la colaboración de su suegro. Este, que adoraba a sus nietos, llegó a la conclusión - que había sospechado mucho tiempo atrás - de la limitación en las capacidades de su hijo para la vida conyugal. Estuvo de acuerdo en mejorar la situación económica de la familia. Fué más fuerte su amor a los nietos que su hábito de empresario, según el cual el trabajo debía ser recompensado de acuerdo al rendimiento.

La mujer consiguió un trabajo a medio tiempo, dentro de su profesión, por el cual podía salir de su casa con horario flexible.

genisfbl@cantv.net

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