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Capítulo XXIX. Otavaleño. Abrahan Genis Lunes, 19 de noviembre de 2007
Entra apresurado, acelerado, a la consulta. Rápidamente se percibe que no es venezolano. El color de su píel tiene cierta opacidad propia de altos valles andinos y además es de baja estatura. Confirma la primera impresión cuando da sus datos. Es nacido en Ecuador, más precisamente en Otavalo. Trabaja intensamente en un taller de artesanías, junto con su mujer. Y admite sin ambages que su problema es de impotencia sexual.
Pero todo psiquiatra experimentado sabe que cuando un paciente presenta su diagnóstico preparado, existe en la profundidad otro más, que ignora o que oculta intencionalmente. Y ese diagnóstico aparecerá en adelante, no ya a través de su relato sino en la totalidad de su conducta. Sin duda se trata de una personalidad ansiosa. ¿ Y que habrá detrás de esa ansiedad ? Apenas le da tiempo al médico de tomarle sus datos. Y luego comienza a expresarse en forma exaltada. Hace varios años que se encuentra en Venezuela. Resolvieron emigrar, de común acuerdo con su mujer para superar la pobreza de su país. Trajeron con ellos a sus dos hijos, aún menores y que van a la escuela. Ya en Otavalo se dedicaban a la artesanía. Y trabajando con intensidad en Venezuela pudieron prosperar satisfactoriamente. Tanto él como la mujer trabajan día y noche. El sentado a la máquina, mientras que la mujer, más desenvuelta, salía a la calle a entregar la mercadería, a hacer las compras y los trámites en los bancos. Con la mujer son excelentes socios. Alguien les dijo, viéndolos trabajar juntos
La noche era para dormir. Después de dejar la casa impecablemente limpía con todo preparado para comenzar el trabajo en la mañana, enseguida después del desayuno, la mujer se daba vuelva en la cama para su lado y a los pocos instantes dormía como un tronco. - ¿ De manera que su problema sexual es con su mujer ? - No, doctor. Con mi mujer no. Alguna vez, cuando la agarro desprevenida ella me deja hacer. Con ella mis erecciones son completas aunque sin ninguna caricia, sin ningún goce personal. Después me gustaría dormir abrazado con ella, sentir su cuerpo, sentir su transpiración, pero ella me rechaza y se da vuelta para su lado, con la misma prisa con que un empleado sale del trabajo al terminar su hora. Tengo que agarrarla desprevenida. Alguna vez me ha dicho, en broma pero sin reirse - porque no se ríe nunca - que me va a denunciar a la policía porque la estoy violando. - ¿ Ella disfruta ? - Sí, disfruta, pero es como si no le importara. Creo que pone más entusiasmo en preparar la comida que en hacer el amor. Mi problema es con la otra. - Bueno, menos mal que hay otra. - Es una mujer que nos ayuda en el trabajo. Es venezolana. Tiene cinco hijos, aunque solamente uno está con ella. La tomamos porque el trabajo ya era demasiado. Y un día, cuando mi mujer salió por varias horas nos miramos fijo a los ojos. - Estamos solos, me dijo. - Sí, estamos solos, le contesté . Como ella no dijo más nada fuí a la puerta y pasé la llave. - Está trancada, le dije. - Sí, está trancada, me contestó. Y entonces hicimos el amor. Pero no logré una erección completa. Pensé que era por la falta de costumbre y sabía que la próxima vez la cosa iba a ser mejor. Cuando mi mujer volvió no hizo más que hablar de lo que habían subido los precios. No nos miró ni a ella ni a mi. Tampoco la miramos nosotros a ella porque los dos estábamos con la cabeza baja. Yo estaba esperando anheloso que mi mujer volviera a salir. Y cuando lo hizo yo, que estaba muy esperanzado iba a trancar la puerta, cuando de repente volvió porque se había olvidado la chequera. Nos asustamos bastante, y cuando volvió a irse ya no nos atrevimos a intentar nada. Lo peor es que tampoco volvimos a intentarlo la próxima vez. Y vivo con miedo de que pueda volver a suceder. La mujer me gusta mucha. Es cariñosa, conversadora y tiene un cuerpo grande, elegante. No sé como me ha aceptado a mi que soy tan pequeño. Me parece que está tan sola como yo. - ¿ De manera que Vd. quisiera recuperar su potencia sexual con su amiga. Como se llama ? - Digamos que Miriam. - ¿ Vd. es muy nervioso ? - Sí, desgraciadamente sí. Vivo todo el día trabajando. Siempre fuí así, desde la escuela. Me habían apodado colibrí, porque no paraba nunca de moverme. Y todo quiero hacerlo más rápido y más rápido. Además, necesito conversar con la gente. Voy a una tasca que hay en la esquina, me tomo unas cervezas, y me siento mejor. Allí se reúne un grupo de gente. Algunos son trabajadores como yo. Hay también unos borrachos, que se la pasan allí todo el día. Pero en ese lugar tengo un momento de esparcimiento. También a veces tengo algún compromiso con paisanos de mi pueblo, que se han venido a vivir a Venezuela. Pero no me alcanza. No tengo cariño en mi vida. Mi mujer es como otra máquina de coser. Creo que con Miriam me sentiría mucho más feliz, pero estamos acobardados por lo que nos pasó y tememos que nos vuelva a pasar. - ¿ Como ha sido su vida sexual ? - Buena, normal, doctor. Nos casamos muy apasionados con mi mujer y hacíamos el amor todo los días. A veces prendíamos la luz para mirarnos hacer el amor. Después vinieron los hijos y mi mujer se apagó. Cada vez menos interés en mi persona y el hablar conmigo, en tocarme y acariciarme. Vinieron los problemas económicos y decidimos venirnos a Venezuela. Pero ya en Otavalo estaba fría y nunca se recuperó. Acá se consagró al trabajo y esta es la situación actual. - ¿ Ha pensado en divorciarse y formar un nuevo hogar ? - No, doctor. Por favor. Por nada del mundo. La familia es la familia ¿ Que dirían los hijos ? ¿ Hacerlos yo hijos de padres divorciados ? Y además está el taller. Sea como sea estamos trabajando bien, estamos ahorrando, mucho mejor que en Ecuador. No dañamos a nadie con esta relación. A mi me satisface y a ella también. Ella está sola. Cúreme doctor, de este problema y le estaré agradecido toda la vida. El paciente recibió , a su solicitud, una medicación sedante y quedó en volver la semana próxima. Cuando volvió traía consigo una sorpresa. Venía acompañado por Miriam. Alta ,tostada, físicamente plena, digna y desenvuelta, era una verdadera estatua griega en versión venezolana. A su lado el otavaleño, más oscuro, emotivo, casi trémulo destacaba su esplendor. Pidió pasar ella sola y sin pedir permiso asumió la iniciativa. - Doctor, yo lo que quiero es ayudar a este hombre. Lo veo trabajar horas y horas, agachado sobre su máquina y despierta todo mi cariño. Su mujer es una mandona, autoritaria y prepotente. Creo que el hombre no tiene ninguna satisfacción en la vida. Yo me identifico con él porque yo también las pasé bravas. Me casé a los quince años. Soy madre de cinco hijos. Una, pobrecita, se me murió en un accidente. Pero desde muy poco tiempo después de nuestro matrimonio, estando yo en estado de mi hijo mayor, comenzaron los desastres. Mi marido es artista y vivía haciendo giras al interior del país. Y las aventuras le llovían sin cesar. Hoy era una y mañana era otra. Cuando yo le paría un hijo, en otro Estado le paría otra. Yo lo sabía porque me llamaban por teléfono y se burlaban de mi. Yo soy andina y católica. Me educaron con la idea de la santidad del matrimonio, de la virgindad, de los muchos hijos y de otras cosas así. Supuse que mi destino era criar a mis niños y soportar todas las cosas que mi marido quisiera hacerme. Eso sí, tengo que agradecerle que nunca me faltaba nada en mi hogar. Ganaba mucho dinero y la casa estaba siempre bien provista. Pero cuando volvía a casa, con toda la ropa saturada de perfumes y cosméticos de mujer, ya me daba asco. Saltaba sobre mi como una bestia, como los toros o los caballos. Y después que se saciaba se echaba a dormir. Yo tuve cuatro niñas, pero quería tener un varón. No sé si Vd. cree en las promesas pero yo me hice una. Que cuando tuviera un varón lo iba a dejar. Y ese fué mi quinto hijo, el varoncito, el que yo quiero tanto. Después, simplemente, eché a mi marido. Me quedé viviendo en la casa que tenemos en Caracas y él viene a veces a verme. Como padrillo que es, siempre intenta tener algo conmigo. Yo lo rechazo y en la última visita ya no quiso más nada. Tengo que reconocer que es un buen padre y siempre le trae regalos al niño y dice que quiere que sea un profesional, que estudie en la Universidad y que tenga una vida más ordenada que la que tuvo él. Pero si hubiera querido lo hubiera podido hacer él mismo. Y así estaba yo sola. En realidad no necesito trabajar. Tengo mi casa propia y el alquiler de un apartamento. Mejoro mis ingresos cuidando a una señora vieja que me quiere mucho. Admito que mi marido se ha portado bien. Aunque si hubiera intentado otra cosa yo bien sé como defenderme. Fué así que entré a trabajar con el matrimonio ecuatoriano. La mujer es una fiera. No se puede hablar de nada con ella. Trabaja hasta los domingos. Hay que reconocer que no para un minuto. Pero no parece una mujer. Ella me tutea pero yo la trato de Vd. Quiero mantener las distancias. - ¿ Y su vida sexual ? La verdad es que me daba pena verlo tan desgraciado. - ¿ Nunca ha pensado en casarse con él ? - No, de ninguna manera. Con un desastre en mi vida me alcanza. - Pero este hombre parece muy distinto del que fué su marido. - No, la familia es sagrada. Ellos tienen hijos y yo también. Ellos tienen su posición y a mi no me falta nada. He pensado que lo voy a ayudar y después voy a renunciar a mi trabajo. Además el sexo no me interesa - ¿ ? - Sí, tengo que confesarle que yo nunca disfruté. Las mujeres me cuentan del placer que experimentan, de esa desesperación que las enloquece. Yo no siento nada. Dejo hacer al hombre hasta que se satisfasga. A mi me enseñaron que al hombre hay que complacerlo y después criar a los hijos y que los hermanos se quieran y se lleven bien. Que eso, y creer en Dios, es la vida. Pero tengo curiosidad por saber lo que es el placer sexual. - ¿ Le gustaría hacer unos ejercicios ? - Sí, me gustaría. Pasó su compañero y se programó la técnica de Masters y Johnson. Dada la concentración de la esposa de él en el trabajo, no le sería a la pareja difícil lograr unas cuentas horas libres. Primero el tratamiento se se centraría en él y después en ella. Mientras tanto se conversaría con él para regular su estado emotivo. - En cierto momento, el otavaleño, esperanzado, propuso. - Doctor ¿ no quisiera conversar también con mi esposa ? El médico sintió que la situación podía ponerse muy truculenta. - Creo que es mejor ir por etapas. Primero una cosa y después la otra. La pareja se retiró satisfecha. Para vivir existencialmente no se necesita ser un filósofo. La inteligencia natural de la mayoría de los seres humanos les permite regir su vida, aunque sean originarios de diferentes culturas.
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