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Capítulo XXVII - Lo Existencial. Femenino.
Abraham Genis

Viernes, 2 de noviembre de 2007

Caso I. En este caso se presenta, el conflicto en el seno de un matrimonio conservador y el intento fracasado de emancipación de una mujer.

Ambos cónyuges pertenecen a la clase media. El marido es un alto ejecutivo de una transnacional. Ella no ha trabajado jamás. Los estudios de él se han detenido en los primeros años de la carrera de administración y los de ella fueron suspendidos, a causa del matrimonio, antes de finalizar la secundaria.

El matrimonio se realizó por amor. El marido siempre mantuvo la casa y ella se dedicó a la crianza de los dos hijos, que nacieron prontamente.

Y repentinamente surgió el conflicto. No se pudieron poner de acuerdo ambos sobre el momento en que esto sucedió. Podría ser que se debiera a los frecuentes y largos viajes que él hacía por motivo de su trabajo, o que ella se desacostumbró a él, o sus ausencias le hicieron sentir que ya no le era necesario.

Lo cierto es que cuando la presión de la crianza de los hijos se alivió y la ayuda de un servicio aligeró las tareas y responsabilidades de la casa, la esposa comenzó a pensar en completar sus estudios y graduarse de bachiller.

No hubo oposición de parte de su esposo. Un ama de casa que cumple bien sus funciones y que además estudia le da lustre y prestigio a una familia. Y así ella terminó, lenta y felizmente, su formación secundaria.

Y después vino el ingreso a la Facultad. Ahora el cambio fue un poco más radical, porque aparecieron las nuevas relaciones de la vida universitaria, roce con compañeros con mejor formación intelectual, muchos de ellos por encima de la de su marido. Además, las nuevas amigas con todo el torbellino de relaciones maritales característicos de nuestra época en la clase universitaria. Las compañeras divorciadas comenzaron a confiarle sus cuitas,. Alrededor de ellas se creaban nuevas solidaridades. De repente, su marido comenzó a resultarle intelectualmente aburrido. Sus conversaciones le resultaban sosas. Todo se centralizaba en la vida de la compañía, las intrigas y las luchas por el poder entre los ejecutivos.

Ella sí tenía amigos personales, pero el matrimonio no. Sus intereses personales se orientaron hacia el mundo universitario y profesional. Comenzó a sentir falta de interés por el marido y dejó de responder a sus requerimientos sexuales. Primero fueron la apatía y la indiferencia y después, rechazo activo.

Una consecuencia fue la eyaculación precoz, que agravó la situación. Al final, detrás de la problemática sexual apareció la profunda diferencia psicológica. Y la esposa expresó sus sentimientos. No estaba satisfecha con su vida de mujer doméstica, sino aburrida. Y en cierto momento hizo una tremenda revelación. De acuerdo al modelo de los amores de sus compañeros de facultad, la mayoría menores que ella, soñaba con experimentar un nuevo amor, una gran pasión y a través de ella reconstruir su existencia.

No existía ningún otro hombre en su vida, pero sí la fantasía, el sueño de un gran amor, que nunca llegó a concretarse en relaciones adúlteras.

Todo esto fue demasiado para el esposo. Abrumado por el peso del problema sexual, y la sensación casi consciente de su inferioridad cultural frente a su esposa, entró en un estado depresivo.

Consultó él primero al psiquiatra. La orientación diagnóstica fue cambiante. La primera fue que se trababa de una melancolía. La segunda, que demoró en aparecer por el pudor masculino hacia su sexualidad frustrada, que era una depresión reactiva a su problema de eyaculación precoz. Y finalmente, todo apareció como un problema existencial. El era un alto ejecutivo, considerado en su trabajo, apreciado por sus compañeros y superiores, con un futuro seguro en la empresa. Pero no habían en su existencia otras perspectivas. Era el ”Yes Man”, el “Organization man,” de las empresas trasnacionales.

En cambio, ella había transfigurado su personalidad al cabo de los años de matrimonio, transfigurándose en un espíritu adolescente tardío, burbujeante en cultura, ensoñaciones, anhelosa de saber y de vivir la aventura de la libertad y la modernidad.

El aparecía como Mr. Babbitt. el personaje mediocre de Sinclair Lewis. Ella, como una forma moderna y culta de Mme. Bovary.

Llegó el momento en que él comprendió que permitir continuar a su mujer por el mismo camino llevaría a la desintegración de su familia. Y aplicó el giro de tuerca económico. Como era el único que disponía de ingresos en la familia, apretó los cordones de la bolsa. Canceló su tarjeta de crédito, y amenazó con suspender el carro de su esposa, lo que traería aparejado el fin de los estudios.

La pareja dejó de concurrir a la consulta. Una de las últimas frases de ella fue:

- Doctor no tengo dinero ni a quien recurrir para conseguirlo. El me ha amenazado. He consultado con abogados y me han dicho que me tiene en sus manos. Se las ha arreglado para que todos nuestros bienes se encuentren a nombre de testaferros. Espero, por lo menos, poder seguir estudiando.

La vieja fórmula autoritaria triunfaba una vez más.

La comunicación estaba rota. El lecho, vacío de caricias. Los hijos, que captaban el conflicto, comenzaron a preocuparse y a rendir menos en los estudios. Tuvieron que ser puestos bajo asistencia psicológica.

El distanciamiento sexual se radicalizó. Era demasiado sufrimiento para que la pareja pudiera considerarse equilibrada y menos, aún, deseable. El marido había conseguido una victoria a lo Pirro.

El pronóstico, tanto para el vínculo como para cada uno de sus personajes, era malo. Por la tensión neurótica en que ambos vivían, alguna enfermedad psicosomática habría de aparecer. En el caso de él, se haría diagnóstico de Stress. En el de ella, de hiperemotividad femenina, cuando no histeria. Y, peor aún alguna nueva relación probablemente clandestina, terminaría de colapsar ese matrimonio que no había podido llegar a una solución posible a través del diálogo. El consejo había llegado demasiado tarde, como sucede en la mayoría de los casos, y como más vale prevenir que curar. El consejo de familia debería ser pre-matrimonial.

Caso II. Una mujer de treinta años, de nombre Yaritza, acude a la consulta. De sus palabras se puede suponer que padece de un síndrome depresivo. Duerme mal y declara estar sumamente triste.

Y sin embargo esa tristeza no se hace evidente a la observación. Se encuentra bien vestida, maquillada; es activa, vivaz, y tiende a hablar sin detenerse. Afirma que toda su vida es normal. No aparece la causa evidente de la depresión. Declara que todo en su vida es normal. Está bien casada y es feliz en su matrimonio. Es madre de una encantadora niña de tres años de edad.

Sus síntomas aparecieron bruscamente, después de un problema digestivo. Sufrió de angustia, ciertas manifestaciones físicas atípicas, extrañas, y un temor fóbico de que le sucediera algo malo. Experimentaba temblores en las manos y sensación de frío en la espalda y las orejas.

Resultaba evidente que tenía necesidad de liberarse. En ese momento el médico sintió que tenía que permanecer pasivo y permitir que la paciente se expresase. De esta manera transcurrió la primera consulta.

En la segunda entrevista el clima fue distinto. La paciente había dormido bien y se encontraba más tranquila. Se sentía agradecida hacia el médico. No sabía a ciencia cierta si lo que la había mejorado había sido el haber dormido o la de haber podido expresarse.

Relató que los amores de su vida habían sido pocos. En todos ellos había tomado precauciones para no quedar embarazada, pues había resuelto que su maternidad debía ser planificada. Había decidido para ello, contar con un compañero que la acompañara y apoyara en la crianza de su hijo.

Admitió que había mentido en cuanto a su estado civil y que no estaba casada porque había visto muchos fracasos en parejas que habían convivido varios años y que habían tenido que separarse después de contraer matrimonio.

Se amaban con su compañero actual, y la vida sexual era frecuente y excelente. Pero algo oscuro sucedía por lo que él no terminaba de satisfacerla.

Era muy bueno, trabajador y la adoraba. La colmaba de satisfacciones.

Lamentablemente, carecía de firmeza y no sabía decirle que no a nada. Había tenido una vida muy agitada antes de conocerla, cometiendo excesos con el alcohol y las mujeres. Pero después de la unión con ella y del nacimiento de su niña, era un hombre de conducta totalmente regular y hogareña.

Ella se consideraba feliz pero no estaba totalmente satisfecha. Le llevó bastante tiempo concientizar que es posible amar a un hombre y sin embargo encontrarle fallas. Es posible que en eso influyera la diferencia de edades, puesto que él era doce años mayor que ella.

Como culminación de esta insatisfacción y buscando una solución, decidió comenzar a estudiar en la Universidad. Su compañero no miró esto con buenos ojos. Suponiendo que su situación de concubinato fuera la que determinaba esta búsqueda de un cambio, le ofreció matrimonio repetidas veces. Ella lo rechazó. No quería consolidar lazos que corrieran el riesgo de resultarle opresivos.

Por casualidad conoció una persona que despertó su atención. Se trataba de un hombre de su edad, profesional universitario, que presidía el Colegio de Ingenieros de su Estado. Despertó su admiración por su fino manejo del lenguaje y del pensamiento.

Sin que se conocieran personalmente, consiguió su número de teléfono y lo llamó. No le confesó su identidad. Mantuvieron varias conversaciones telefónicas y, a pesar de que él reiteradamente le solicitó una cita, ella se la negó.

Después de esta negativa comenzó su enfermedad.

Evidentemente se trataba de una depresión reactiva. Había tomado conciencia de que su felicidad de pareja era superficial. Ella y su compañero realizaban procesos existenciales diferentes.

El era un hombre mayor, que había disfrutado de todos los goces de su juventud. Estaba profundamente enamorado y se había establecido definitivamente en su hogar y su paternidad. No tenía problemas en su trabajo ni económicos. Tenía cierta conciencia de la diferencia de su estado emocional. Frente a la negativa de ella en contraer matrimonio, le había confesado que tenía miedo de perderla y su amor, como todo amor en riesgo, se ha incrementado.

Ella sentía que buscaba nuevos horizontes en los cuales resolver su insatisfacción.

Se percibió, a través de su biografía, la forma como ella tomaba conciencia de su vida y la planificaba. En sus relaciones amorosas anteriores había cuidado de no quedar embarazada. Aún en esta, su primera relación de pareja estable, había postergado su maternidad. Hubiera llegado el momento en que el estilo doméstico de vida pudiera haberla dominado; que hubiera tenido algún hijo más, embellecido su casa y gozado feliz del amor constante de su compañero.

Pero no fue así. Decidió realizarse a través de sus estudios. La atracción que experimentó por el ingeniero que apareció en su vida, y su atrevimiento de llamarlo por teléfono fueron un paso más adelante en el mismo sentido. Pero debió haber sentido el riesgo para su relación de pareja y eso determinó, de manera inconsciente, sus síntomas depresivos.

Se llegará hasta aquí en esta historia. Quizá fuera necesaria en ese momento una terapia de pareja en lugar de la simple asistencia individual.

En esta época de revalorización del sexo femenino, el varón que se duerma sobre los laureles de su situación estable, sus éxitos económicos y la maternidad de su esposa está ignorando que por debajo de su paz, está latente un volcán.

Periódicamente, de la misma manera como todo ser adulto o niño tienen que hacerse un chequeo médico, hasta que recordar que en toda pareja aparentemente feliz pueda encontrarse latente un problema, un conflicto o aún una pérdida radical.

genisfbl@cantv.net

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