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El consenso, la democracia y el dedo de dios Juan Carlos alecsovich Miércoles, 28 de octubre de 2009
La concepción plana de nuestro planeta no fue determinada solamente por el corto alcance de nuestra capacidad visual, sino también por la magnitud de todos aquellos misteriosos fenómenos, benéficos o aterradores que se sucedían en las alturas: Sol, luna, día, noche, estrellas, lluvias, rayos, tormentas, huracanes… ¡Dioses! Dioses buenos cuando eran propicios, dioses maléficos, cuando provocaban desastres, muerte, desolación o inseguridad…
Esto dio lugar a una concepción verticalista del Universo, donde, en apariencia, el “Poder” estaba sobre nuestras cabezas… A veces, como una simple compañía inofensiva y amigable y otras veces como la ominosa presencia de fuerzas de cuyas manifestaciones dependía nuestra propia vida.
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Miles y miles de años acosados por la amenaza de lo que sucedía en el cielo y los efectos que esas fuerzas desatadas e incontrolables, podían hacernos sentir a su antojo y voluntad. No es de extrañar que dioses malos y dioses buenos, desde esa altura en la que los ponían nuestra fragilidad, nuestros miedos y nuestra dependencia, determinaran una sumisión religiosa que terminó imponiendo una concepción Verticalista del Poder y la aceptación de un juicio inapelable, con un sistema de premios y castigos y una instancia celestial eterna, en la cual se nos concediera la posibilidad de “participar”, de algún modo, en el usufructo de la omnipotencia que pudiera conferirnos el entrar a tener buenas relaciones con el Poder, con su Administrador y sus eventuales intermediarios terrenales. Lleva tantos siglos esa “Concepción Verticalista” de nuestro lugar en el Mundo que la vemos reflejarse a diario en nuestras creencias, nuestros pensamientos y nuestros actos, no sólo en aquello que atañe al más allá, sino también en nuestras relaciones con los poderes terrenales y, en especial, con todo aquello relacionado con el poder económico, administrativo y judicial. Los partidos políticos, en los que ponemos la esperanza de encontrar un reconocimiento a nuestra capacidad o a nuestra lealtad - y, también, ¿por qué no?, a nuestra obsecuencia - en lugar de permitirnos participar como protagonistas, son una prueba permanente de la “Concepción Verticalista” y la “Castración Participativa” que nos convierte en masa, en una masa amorfa e indiferenciada de víctimas desalentadas, castradas, ninguneadas, por un sistema perverso que conserva un espíritu igualitario y democrático inobjetable ya que mantiene sometida y aplastada, a la inmensa mayoría de la población. En todo sistema político y económico-social, democráticamente masificado y culturalmente castrado por sus creencias o su falta de participación, lo más democrático que se comparte es la pobreza y la cultura emergente se manifiesta a través de la anomia, de la deserción política y de la sumisión ideológica a todas aquellas ideas que justifiquen la degradación moral de aceptar como representantes legítimos del Pueblo a los representantes apócrifos que les imponen desde “arriba” a causa de que las bases no generan genuinos representantes que tuvieran la capacidad y los méritos necesarios para asumir esa representatividad. En un sistema representativo y federal, depender del “Dedo de Dios”, no puede ser tomado como el libre ejercicio de la Democracia. Contrariando a quienes - por haberse muerto - se han convertido en “Paladines de la democracia nacional”, podríamos decir que en Argentina hay “CONSENSO” aunque de ese consenso difícilmente pueda salir la superación democrática del corrupto verticalismo político que nos aplasta, nos desalienta y nos degrada. |
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