A veces las ironías vienen en paquete. Por ejemplo, uno de los pocos economistas que desde principios de año pronosticó una caída sustancial del índice de desempleo, acaba de quedarse sin trabajo. Adicionalmente este nuevo aspirante al Seguro de Paro Forzoso es una víctima de la intolerancia ideológica y la cacería de brujas, pero el victimario (he allí lo irónico) no es el Gobierno revolucionario —que tiene tan mala prensa respecto a estos dos renglones— sino el Instituto de Estudios Superiores de Administración, el librepensante IESA.
No es de extrañar que Felipe Pérez Martí sea un imán para las ironías, pues él, en sí mismo, es una ironía andante. Apareció como una rara avis, como la travesura de un gen mutante, en la árida escena de los economistas, dominada por los profetas del desastre y los estimagtizados “profesores venenito”. “¿Un Chicago and IESA boy que, al mismo tiempo, es chavista furibundo y comeflor?”, se preguntaban incrédulos y escandalizados sus congéneres académicos “normales”, elefantes de una sola trompa, mientras abrevaban sus conlechitos y sus teorías de última generación en el cafetín del búnker de San Bernardino.
Al principio se lo tomaron a broma. Verbigracia, el Latero Ilustrado, eminente graduado del PAG, remedaba al comandante: “¿Qué está pasando, Dios mío?”, cada vez que leía los artículos y declaraciones del mutante; y también le dedicó un chiste: “Mira si serán fuertes las enseñanzas marxistoides de pregrado que aprendió con los libros de Armando Córdova y Silva Michelena, que sobrevivieron a un posgrado en Chicago University y otro en el IESA”.
Pero al poco tiempo dejó de ser un simple fastidioso, un error muestral o el hazmerreír de la hora del recreo. Ocurrió el día que dejó de filosofar sobre el efecto benéfico del amor en la economía y propuso nacionalizar un banco de los grandes. En otras palabras, cuando dejó de meterse con el santo y se metió con la limosna. Ese día en el IESA reaccionaron como cabe a un gerente en caso de hallar piezas sueltas en las estructuras corporativas, sobre todo si dañan la imagen de marca: lo despidieron sin remordimientos.
“¿Por qué no habrá venido el profesor Felipe?”, se preguntarían seguramente sus alumnos el día que lo pusieron de patitas en la calle. Qué ocurrencia la suya, esa de faltar justo cuando finalmente varios de sus discípulos habían logrado resolver el ejercicio de aplicarle el dilema del prisionero a la compra de La Electricidad de Caracas.
El Latero Ilustrado llamó a su novia, quien se encontraba en plena sesión de spinning, para contarle el chisme: “Chica, a Pérez Martí se lo volaron porque era un infiltrado del Cendes, un loquito imbuido de un optimismo irracional, que hablaba a nombre del IESA. No se podía permitir esa guachafita porque afectaba tanto a nuestro público externo como al interno”.
“Sí, ¡uf!, pero eso no deja bien parado al IESA, ¡uf!, por aquello de, ¡uf!, la libertad de expresión y de cátedra, ¡uf! [los uf son por el spinNing]”, señaló la muchacha, preocupada. “¡Uf! más parecen cosas de una escuela bolivariana o de la ¡uf, uf!, UCV”.
“¡Tranquila, chama!, que para nosotros este caso es una amenaza pero también una oportunidad. Nada que no se resuelva con una aplicación más del teorema de la profecía autocumplida”. Y la chica ya no dijo más nada porque perdió el resuello. Por el spining, claro.