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La oposición y su idea de pueblo
Ibsen Martínez - El Nacional

 
Sábado, 12 de mayo de 2001

Una fracción importante de mis lectores tomó al pie de la letra lo que, pese al cariz ostensiblemente chusco y ficcional de mi artículo del pasado 28 de abril, no ha debido tomar más que como un chiste cuya premisa era una inverosímil entrevista entre el hombre más buscado de Suramérica y este servidor y que aparecería en el semanario Primicia.

Pero lo que sí encontrará quien eche un vistazo a la edición de Primicia de esta semana es una entrevista concedida por el periodista estadounidense Jon Lee Anderson al siempre incisivo colega Ewald Scharfemberg. La entrevista es relevante al tema del pésimo desempeño de la oposición venezolana que abordé en otro artículo, el 21 de abril (“Indice de desempeño de la oposición”).

Allí sugería yo que “la estimativa del país, de sus riesgos y de sus perspectivas futuras, se vería refinada si contásemos con algo digno de llamarse ‘índice de desempeño de la oposición’”. Es obvio que un tal índice de desempeño debería contar con la “idea del pueblo” y del papel que hacen quienes de buena fe aspiran a construir una oposición verosímilmente capaz, al menos en principio, de arrebatarle a Chávez la iniciativa política y la agenda de los tiempos por venir.

Mi argumentación de entonces quedó en suspenso justo en ese punto donde hoy la retomo y a la que traigo a colación al señor Jon Lee Anderson. Actualmente The New Yorker mantiene a Anderson en su cuadra de exclusivas firmas. El semanario neoyorquino le ha encomendado un trabajo de indagación “en profundidad” en torno a Hugo Chávez y el momento político que atraviesa Venezuela. Si bien su contrato le impide adelantar nada sustantivo de lo que será su reportaje, Scharfemberger habilidosamente logró arrancarle agudos comentarios acerca de la perspectiva y conducta de parte de lo que Diego Bautista Urbaneja llama “oposición social” a Chávez.

Es así como nos enteramos de que el entrevistado acudió a la “concentración” que los opositores al Decreto 1011 convocaron en la Plaza Brión de Chacaíto el 31 de marzo pasado.

Ofrezco fragmentos de su apreciación: “Me hizo recordar —comenta Anderson— la época de la cruzada cívica contra Noriega en Panamá, que era como un festín de gente bien que salía para gritar contra Noriega en la hora del almuerzo. Imagínate que en Chacaíto se agruparon frente a un McDonaldsMcDonald’s en donde aparecían los arcos dorados con una hamburguesa gigante, no recuerdo bien, dando vueltas. Yo salí con la convicción de que ellos ni siquiera se dieron cuenta de cómo lucieron. Nosotros, en la clase media —y yo me incluyo en ella— siempre pensamos que somos los que decidimos, que somos los que tenemos que ser incluidos en la ecuación política y que, aun más, la suerte de los condenados de la tierra, de los miserables, depende de nuestra conciencia social. Pero aquí, en este país, la clase media es una ínfima minoría. La mayoría es, en una democracia, la que lleva la batuta y, en el caso de Venezuela, la gente de la clase media quizás ni se ha dado cuenta de que la mayoría de la gente es pobre, la gente de los cerros. Esa manifestación fue un ejemplo más de la gente que se opone a un proceso predicándose a sí misma”.

Anderson, quien es insospechable de chavismo, no tiene mejor opinión de lo que, de nuevo haciendo la distinción que propone Urbaneja, ocurre en la “oposición política”: “Me ha sorprendido la pobreza de ideas en la atmósfera política venezolana —admite el periodista gringo—, me he llevado una imagen bastante mala. Si se trata de la oposición, me parece que está con ideas fijas de cómo es el presidente Chávez, y no va a salir de allí. En muchos casos, pareciera que esas percepciones son de origen casi clasista, y en algunos casos diría que hasta racista”.

2

Estas observaciones del señor Anderson, que yo mismo comparto y he escrito a mi desmañada manera durante más de dos años, pueden ofrecer una de las claves del angustioso fracaso de la oposición a la hora de constituirse por lo menos en elemento de contención al sectarismo, la arbitrariedad y la tentación autoritaria que crispa cada día más el clima del llamado “proceso”.

Quizá resulte valioso ponerlas en relación con las que ha hecho un empresario venezolano, el doctor Carlos Oropeza Zubillaga autor de un libro que no debería pasar inadvertido a la dispersa y desconcertada oposición venezolana puesta en trance de formular un plan de acción que ya luce, más que necesario, urgente. En La marginalidad sin tabúes ni complejos el doctor Oropeza Zubillaga acomete un ejercicio intelectual infrecuente, por decir lo menos, en su medio social: pensar al Otro, con mayúscula; en este caso, pensar desprejuiciadamente al marginal, sus determinantes, sus horizontes mentales, y sus pareceres.

Distingue Oropeza Zubillaga dos Venezuelas, la que él llama “dominante”, la poseyente, y la Venezuela marginal, la mayoritaria, la que en gran medida da forma y soporte humanos al fenómeno chavista.

Oigámosle (y hagamos más: leamos y difundamos su singular libro): “En este momento —comenta Oropeza—, el típico habitante del país dominante está perplejo y se pregunta: ‘¿qué está sucediendo aquí que me tiene tan confundido, que me hace sentir como un extranjero en mi propio país y me produce una especie de malestar de estómago cuyo origen no puedo identificar?’”.

Lo llamativo del approach de Oropeza es que no arroja una idea muy halagadora del país dominante al que él mismo pertenece: “El país dominante es moderno, pero no es culto —precisa Oropeza—, es ‘acomodado’ pero mediocre. ‘Ni huele ni hiede’, como dirían en mi pueblo. Su ‘modernidad’ y su ‘acomodo’ son solo signos externos y superficiales, que disfrazan carencias culturales que están emparentadas con las carencias del país marginal. Quizá por eso ignora y no comprende al otro país: por miedo a desenmascarar su propias carencias”.

3.

Embarazado de este modo por sus falsas ideas de sí mismo, y por sus consoladoras fantasías de que pueda en el futuro inmediato advenir, por arte de magia, un país sin Chávez, descaminado por sus fantasmas y sus prejuicios, ¿cómo puede el país de la elite actuar en un ambiente político en el que durante más de un cuarto de siglo las grandes masas estaban ausentes, pero que han vuelto ahora atraídas por Chávez? ¿Cómo cooptarlas?

Traigo a esta página, por último, la voz de otro observador, en este caso un poeta venezolano cuya modestia gusta de describirlo meramente como historiador del arte. Mi admiración por su trabajo, que suele discurrir con elegante erudición en torno a las representaciones colectivas y el arte, se nutre también en el hecho que es uno de los pocos factores de nuestra élite intelectual cuyo articulismo de prensa, lejos de desfogarse en histeria apocalíptica, suele cascar la nuez de lo primordial.

Hace más de un año publicó en El Universal un artículo titulado “El pueblo y los expertos”. En él, Luis Pérez Oramas fustigaba la tendencia —¿posmoderna?— a que el llamado “experto” sustituya a la antigua figura del filósofo o del sabio. De ese trabajo comparto hoy con el lector algunas de sus consideraciones. Todas indeciblemente valiosas, ahora que todo parece indicar que Chávez ya no se fía del encanto que solía ejercer sobre las masas. Y cuando muchos en la oposición se sienten tentados a prescindir de ellas en sus planes de acción: “...la posibilidad de que una idea política medianamente aceptable pueda encarnarse en el pueblo se ha perdido —advierte el poeta—. En otras palabras, el pueblo ha sido enajenado; lo popular ha sido acaparado por el resentimiento y la demagogia”.

Mas para Pérez Oramas,

    ningún sistema político es viable sin el pueblo. No hablo yo de esa segmentación demagógica del soberano que, en el imaginario chavista, supone al pueblo donde está la desposesión y despoja al resto del cuerpo social del atributo y del derecho a lo popular. Pero con hablar del pueblo hablo, evidentemente, de la posibilidad de encarnarse en mayoría, en dinámicas mayoritarias, una idea política.

    Gran parte —si no toda— la responsabilidad de esta enajenación de lo popular que hoy padece Venezuela recae en lo que la “lengua tiesa” de los expertos llama “la elite”. Nosotros todos, pequeños y grandes burgueses de esta nación, hemos despreciado a lo popular. Nosotros hemos creído que el país podía resumirse en la suma escasa de nuestros privilegios. Nosotros todos somos culpables y —habría que subrayarlo— de haber perdido el idioma del país, la lengua que nos permita asimilar las expectativas y la cultura de las mayorías y el lenguaje que lleve a nuestras ideas y nuestras expectativas a hacerse también realidad en el pueblo, a hacerse figura popular.

    La burguesía venezolana, insólitamente obtusa, no ha dejado de estar conscientemente de espaldas al pueblo. Esa es la cruda verdad y la causa de todas sus presentes angustias. La burguesía venezolana no ha dejado otro espacio que no sea el del resentimiento que hoy le pasa, en detrimento de todos, las facturas explicables y absurdas, la cuentas reales y falsas del estado de la nación.

    La consecuencia de todo esto es un país que no se habla, un país sin idiomas comunes; un país que solo grita, y se grita el improperio de sus miserias en idiolecto de trinchera.


Ibsen Martínez en La BitBlioteca
IM, Índice de desempeño de la oposición

 

 

 
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