Ha transcurrido medio siglo desde que Laureano Gómez acusó a Alberto Lleras de ser un oligarca por haber traído al país un vehículo después de desempeñar un cargo diplomático en Washington.
Lo curioso es que Lleras jamás negó haber sido un oligarca; no porque fuera un hombre de fortuna –pues su pobreza fue ancestralmente franciscana– sino porque, tal como él lo dijera en alguna oportunidad, la oligarquía no necesariamente implica poseer un gran patrimonio. ¡Y Lleras lo sabía bien!
Son oligarcas los individuos de una determinada clase social que han sido privilegiados. Por eso recordaba Lleras que él era orgullosamente
oligarca al haber tenido esos privilegios:nacer en buena cuna, haberse educado y haber aprendido buenos modales al lado de sus parientes que, para principios del siglo,aleccionaban a los jóvenes bogotanos en algunos colegios de la capital.
Por eso no debe desvelar a nadie el hecho de que el chafarote presidente de Venezuela se haya referido a nuestra clase dirigente como una clase de oligarcas. Claro que lo son y jamás deben arrepentirse por ello.
Nuestros dirigentes son educados, cultos, bien criados. Chávez, a diferencia de los oligarcas colombianos, no tuvo la oportunidad de haber nacido en buena cuna. Todas sus carencias las quiere satisfacer usando ampulosamente sus churriguerescas insignias buscando encontrar en las filas del Ejército venezolano la clase, el status y las normas de urbanidad que la madre naturaleza le negó.
Las expresiones y ademanes de Chávez no se caracterizan propiamente por su moderación, gentileza y buen gusto. Desde cuando asumió la
Presidencia del vecino país, ha demostrado con creces que sus modales se aprenden más en un taller de mecánica que en un buen colegio. Este
personaje, porque su talante no le alcanza para señor, ha optado por dejar literalmente plantados a sus colegas latinoamericanos: Lo hizo con el presidente del Ecuador hace unos días cancelándole una visita por tener, supuestamente, su agenda ocupada; sin embargo apareció un par de horas después en Nicaragua. Lo mismo hizo con el presidente Pastrana –en la cumbre de jefes de Estado latinoamericanos celebrada en Panamá– a quien le canceló un desayuno a la una y media de la mañana por estar parrandeando con Fidel Castro.
Chávez, y me da pena decirlo porque no quisiera aparecer ante los lectores como un clasista, es un descastado: y es un descastado no sólo porque actúa como tal, sino porque les está haciendo un peligroso juego a los delincuentes de la guerrilla colombiana que tanto daño le han hecho a nuestro país. Chávez con su actitud coadyuva implícitamente con los secuestros, con el narcotráfico, con la destrucción que a diario es cometida por las Farc. Resulta preocupante que en Venezuela haya un presidente con muy poca vocación democrática. El coronel se vislumbra como un dictador más, de esos que se perpetúan en el poder, violando sistemáticamente los derechos humanos y cuyos gobiernos acaban cayéndose sobre el pueblo cubiertos por las más profundas acusaciones de desdoro y corrupción.
Flaco favor les está haciendo este militarazo a las futuras generaciones de latinoamericanos al compararse con Simón Bolívar. Si el Libertador
alguna vez se hubiese imaginado que su ideal libertario acabaría en manos de un excéntrico, seguramente jamás habría desatado del yugo
español a estas sufridas e inestables repúblicas. (Y la verdad que eso hubiera sido preferible, antes que aguantarse a esta calaña de pretenciosos opresorzuelos en tierras suramericanas).
Los venezolanos que conozco son gente excelente y de primera línea. Ellos, obviamente, pertenecen a lo que Chávez llama los oligarcas. Son personas bien educadas, discretas, sensatas y distan de parecerse a este personaje. Muchos, incluso, se muestran avergonzados por las
ramplonerías de su presidente. Sin embargo, no deben excusarse por ello; los ciudadanos no siempre logran conocer las trastiendas de los
gobernantes que se muestran como líderes. Y en muchos casos resulta que sólo llevan en el alma sus odios, miserias y frustraciones, que ni
siquiera los uniformes militares logran disimular. La falta de cuna y clase nunca se podrá encubrir bajo los imponentes soles, las pomposas ceremonias o las floridas condecoraciones.
fzuleta@hotmail.com