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La oposición en su laberinto
Ramón Piñango - El Nacional

 
Jueves, 10 de mayo de 2001

Es más que evidente que Hugo Chávez está enredado en su rol como Presidente de la República. Sus palabras se contradicen, sus acciones se entorpecen unas con otras, sus declaraciones dificultan su trabajo. Él es el mejor saboteador de su gestión. No entiende lo que pasa con su gobierno, y se desespera. Dice estar hasta la coronilla con la corrupción y no sabe que su ignorancia gerencial la cultiva. No sería de extrañar que llegue a estar hasta la coronilla con sus funciones presidenciales y hasta de sí mismo. Como dijo alguien, Chávez está perdido en su laberinto. ¿Y a la oposición antichavista qué le pasa?

Por ahí anda, fragmentada todavía, compitiendo para ver quién crea la frase más tremendista, más osada, más lacerante, sobre el peculiar Presidente que tenemos y su no menos particular Gobierno. Si a los artículos de prensa y las declaraciones públicas del antichavismo nos atenemos, lo que se observa es un infinito volver sobre las mismas frases, un aburrido llover sobre mojado que no logra avanzar más allá de disimulados lugares comunes. Ocurre, con creciente frecuencia, que alguna persona amiga nos dice “tienes que leer lo que fulano o sutana escribió sobre Chávez”, uno busca el periódico, revisa el recomendado artículo y nada nuevo encuentra a no ser una frase ingeniosa o divertida, pero, a fin de cuentas, absolutamente predecible. La oposición no logra trascender las palabras, tomar la iniciativa política.

Lo que se puede celebrar como triunfo opositor se debe más a las torpes iniciativas del Gobierno que al actuar proactivo y audaz de quienes lo adversan. Lo ocurrido en la Universidad Central es un clarísimo ejemplo de ello. Mucho hay que enderezar en la educación superior venezolana desde hace mucho tiempo. No nos podemos sentir orgullosos de que de la transformación de las universidades el país haya escuchado hablar primero a unos exaltados irresponsables que, obviamente, actuaban como patéticas marionetas del Gobierno. Da pena que ahora, después de la acción de los tomistas, es cuando se esté hablando, con alguna fuerza, de cambios que debieron haberse iniciado hace larguísimo tiempo.

La oposición se enreda también en sus argumentos. Por ejemplo, no logra aclararse ante sí misma y ante el país algo de inmensa trascendencia: cuán legítimos son poderes como el electoral, el ciudadano, el moral y el Tribunal Supremo, ocupados por personas designadas por procedimientos definitivamente cuestionables. Por una parte se dice que se les nombró de manera arbitraria, irrespetando la Constitución; pero ahora muchos predican que habrá que convocar un referendo revocatorio, que el fiscal debe iniciar un juicio contra el Presidente, sobre el cual el Tribunal Supremo tendría que pronunciarse. ¿Quiere decir, entonces, que lo que nació de manera seriamente cuestionable y cuya actuación favorable al Gobierno se presenta como evidencia de su parcialización, se convertiría en algo bueno, imparcial y legítimo si actúa en contra del Gobierno, especialmente si actúa para defenestrar a Chávez?

Eso es lo que parecen decir —tal vez sin darse cuenta— muchos actores de la oposición. Peculiar manera de pensar no se percata —o no quiere percatarse por temor a las consecuencias— de que estamos ante poderes cuya ilegitimidad no puede ser lavada actuando contra el Gobierno. Creer eso es echar en la basura los principios y consagrar la peor politiquería. Tal género de pobrísimo razonamiento arrasó con el proyecto democrático que nació en 1958. En la Quinta República las neuronas funcionan de igual modo. Así piensan nuestros grupos dirigentes. Es la misma forma de razonar que observamos en la campaña electoral de 1998, cuando, ante el clarísimo avance de Chávez, se comentaba con pasmosa prepotencia: “no hay que preocuparse, Chávez no va a ganar porque los pobres que lo apoyan no votan”. Increíble, que gente autoproclamada demócrata despreciara a los pobres y basara sus esperanzas en la abstención electoral de parte importante de la población.

La oposición también está perdida en su laberinto de argumentos, palabras y falta de iniciativa inteligente. Parece que ya concluye la etapa de las frases arrechas, efectistas, que no pasan de convencer a los ya convencidos. Hay que dejar atrás la pregunta “¿qué decir?” para preguntarnos “¿qué hacer?”. En esta interrogante está la clave de la salida del laberinto. No hay otra. Si no reconocemos esto nos pasará lo mismo que a Chávez: quedaremos atrapados en el laberinto de la verborrea. Ese sería el peor castigo que nos puede dar la irónica historia.

 

 

 
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