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Contribución a la crítica de la razón sectaria
Rafael Rattia

Jueves, 25 de diciembre de 2003

¿De dónde proviene esa oscura ansia de destrucción que anida en los registros perceptivos de intelección del sujeto político que protagoniza el espectro nacional venezolano?, ¿qué extraña mutación alteró el ADN social del connacional que inoculó en nuestra psique una fe carbonaria que nos predispone al exterminio recíproco entre habitantes de un mismo espacio territorial y de una misma cartografía espiritual? Una terrible falla geológica resquebrajó los cimientos de una cierta “unidad nacional” que hacía las veces de cemento axiológico que por centurias garantizó la coexistencia pacífica entre venezolanos de procedencias sociales y culturales tan disímiles como heterogéneas. Hay que decirlo sin cortapisas de ninguna índole: el sectario se cree legatario de la verdad única y absoluta. Obviamente, es un transmisor de esa peste que en materia política se conoce con el nombre de dogmatismo. La razón sectaria no admite la democracia como un natural juego de tensiones dialécticas que debe necesariamente desplazarse desde y hacia el topos poder-oposición. La mentalidad sectaria está enferma de milenarismo; cree que una providencia la seleccionó para gobernar hasta el final de las edades, hasta el fin de los tiempos, el sectario está totalmente convencido de su papel principalísimo en la ópera bufa del teatrillo del poder. Ellos mismos fijan sus lapsos otoñales de gobernabilidad, establecen fechas que indican el delirium tremens de una cronología desquiciada y una noción de la Historia blasonada por una visión sin referentes externos, es decir un concepto del devenir absolutamente autárquico y mezquino. La visión sectaria de la política impregna toda la acción pragmática de su huella con un odioso “nosotros” que en el fondo lo que esconde es un pedantesco y egolátrico YO. Así actúan también los caudillos y los dictadores y quienes tienen el alma agujereada por la desesperación de ser venerados como próceres de la Independencia. ¡Que manía, qué obsesión por la Historia la de esos fugados hacia delante, tránsfugas del presente! Por una estatua son capaces de las más inimaginables felonías contra sus congéneres.

El sectario siente un particular orgullo de emparentarse con la abominable raza de los Ceaucescu, de los Fidel, los Saddam; en la noche de sus más íntimas aspiraciones sienten que debieron ser hijos de Atila o de Gengis Khan. Cuánta razón tenía el amigo que decía: “el zoológico más pequeño del mundo es el uniforme de un militar”. El sectario es un genuino cofrade que siente afinidad únicamente hacia aquellos que piensan y actúan como él; manifiestan una ostensible animadversión hacia toda disidencia y perciben toda heterodoxia como un pecado capital que debe ser sancionado con la exclusión y en el peor de los casos con su aniquilación o exterminio. Cada sectario lleva su cementerio particular en su cabeza. El sectario tiene, por supuesto, muchos más enemigos que aliados, pues para él nadie tiene derecho a “pensar con cabeza propia” porque pensar con autonomía de criterios es ya un crimen de lesa patria. Es que el sectarismo político está indisolublemente ligado a la hegemonía ideológica del pensamiento único. Para el espíritu sectario, blasfema y comete apostasía quien osa pensar distinto a los preceptos que dicta el Gran Hablador. Sólo los registros de racionalidad de los obedientes militantes de la secta política son válidos para entender lo que debe ser “políticamente correcto”; aquello que escapa al diktat de la nomenclatura partidocrática no puede ser bien visto para la causa que le da razón de ser a la secta.

rrattia@cantv.net

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