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Sección: Política
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Carcoma BolivarianaCarlos BlancoViernes, 20 de noviembre de 2009
La epopeya chavista vive un momento de inmenso agotamiento. Tanto pujar y pujar por la gloria, por la historia y la posteridad para obtener, al final, esta lombriz roja. Tanto esfuerzo para que la era pariera un corazón y sólo ha alcanzado a parir un ratón. Tantas palabras vertidas por la primera garganta de la República para que terminara en esas lamentables parodias en las cuales regaña a la Viceministra Dominga, tartamuda por la furia inútil de quien es responsable de su descalabro. Tanta guerra contra Colombia para terminar con ese desangelado “¿Quién dijo guerra? ¿Yo? Yo no fui” No comprende que el fracaso de sus subordinados es irrevocablemente suyo, y que el peligro más inmediato de su mando no viene de afuera sino de los intestinos bolivarianos. Lo presiente, por eso está como está. La congoja tiene sus razones, más aún cuando la “Operación Honduras” se le transformó en fiasco y Zelaya termina acurrucado y empollado por el águila imperial. Lentamente los aliados del ALBA colorada tuercen su mirada y algo parecido al crepúsculo se les insinúa. Liderazgo Hueco Chávez tiene una vieja e inservible noción de lo que es el líder. Cree que es una condición de su genio o de su personalidad, producto de traviesas combinaciones genéticas. No sabe a estas alturas que se ejerce el liderazgo cuando se interpretan adecuadamente las situaciones y se logra movilizar a un grupo de seres humanos para el logro de determinados objetivos. El liderazgo depende del entorno, la naturaleza y comprensión de los problemas, así como de las habilidades para combinar esos factores. La mala noticia es que cuando se pierde “el tanto de bola”, cuando la sensibilidad se entumece de tanto que la roza el halago, cuando se sube demasiado alto y el oxígeno escasea, la persona que ha ejercido las funciones de liderazgo ya no las puede ejercer indefinidamente, al menos en el éter mortífero del exceso de poder. La enfermedad de Chávez no es la gripe, ni un tracto digestivo rebelde, ni la guerrilla neurológica que le ataca por mampuesto y por los polos, sino la anestesia de la estructura que lo ha empinado. Una de sus mayores incomprensiones es la referida al debate. El debate no sólo es esencial a la democracia sino también a los autoritarismos estables, la diferencia es que la democracia lo hace en la plaza pública y los comunistas en el Comité Central, pero se debate aunque sea entre los escogidos miembros del politburó. Chávez no entiende que los comunistas cubanos, los mismos que reprimen la discusión abierta, muchas veces se han fajado en discusiones sobre diversos asuntos de Estado; hay límites no traspasables, pero hay discusiones. En el caso de los autoritarismos personalistas ese forcejeo no es posible porque se asume como un cuestionamiento al autócrata. El resultado es que el jefe acierta mientras interpreta correctamente el momento, pero cuando los sensores se le entumecen viaja en las sombras y sin instrumentos. Puede que divise el aeropuerto si el cielo se despeja, pero si no, aterriza de barriga si es que la impericia no lo lleva a la compañía de los ángeles negros y del propio Lucifer. Nadie puede decir nada que contradiga a Chávez. No es de buena educación darle malas noticias. No está tolerado decir, “mira Hugo, no seas torpe, no sigas por ese camino”. Ni siquiera asomar “señor Presidente, ese ministro es un inútil” o “ese funcionario hay que sustituirlo”. Nada. Él es infalible hasta el momento en que él reconoce un error que sólo él puede reconocer, envuelto en un tramposo “nosotros…” que lo encubre. Y cuando lo admite sustituye a inútil A por inútil B que a su vez ha sido sustituido por inútil C. Nadie debe saber nada sino ser obediente. El mérito se hace insultando al “enemigo”, jamás desafiando la sabiduría convencional, incluida la del caudillo. No es que todos sean lerdos o brutos. Hay gente inteligente entre los colaboradores de Chávez, sólo que sobreviven si disfrazan esa característica o la usan para el halago. Como el caso del diplomático que le dice: “permítame que discrepe de usted Presidente, pero usted no se da cuenta de su propia estatura histórica y universal”. Esa “discrepancia” equivale a un templón con baranda y columpio incorporado. El tinglado está montado para evitar decirle a Chávez que el fracaso de sus colaboradores es el resultado de sus decisiones. El Desafío Chávez tampoco entiende que el desafío más inmediato que tiene le viene de las entrañas de su movimiento. A nadie le es admitido disentir ni criticar, entonces el descontento se convierte en bilis y la bilis en veneno. Sus propios seguidores, inclusive tarajallos como Jorge Giordani, Guillermo García Ponce o Nicolás Maduro, son también víctimas de la ausencia de libertad de expresión; no pueden chistar no vaya a ser que su Divina Majestad entre en cólera. La ausencia de canales e instrumentos hace que el descontento se consolide, paradójicamente, en las figuras que se ven como más cercanas y con más poder al lado de Chávez. Inicialmente fue Luis Miquilena quien era de los pocos que le cantaba las cuarenta; a su alrededor se nucleó la desilusión inicial. Una vez salido del gobierno por su propia voluntad, pareció que la persona que iba a recoger ese enfado era José Vicente Rangel, quien trató, pero jamás pudo siquiera articular una protesta ante Chávez y ahora menos que nunca. Jorge Rodríguez tuvo el atrevimiento de hacer un amago y fue rápidamente conminado a volver a su cubil. Salvo Miquilena, ninguno tenía la voluntad de desafiar a Chávez pero se convirtieron en el polo de atracción de los que querían constituir una alternativa (el famoso “chavismo sin Chávez”). Desde hace algún tiempo los decepcionados se le van pegando a Diosdado Cabello, quien tiene mayor poder militar, financiero y administrativo que cualquier otro funcionario del régimen después de Chávez, y con una pelea casada y sin regreso con la tribu que regenta PDVSA. Cabello ha sido el más obsecuente seguidor de Chávez, lo que es difícil en una competencia tan brava, con tantos rivales, y ha recibido de éste las oportunidades para construir su propio sub imperio bolivariano; pero exactamente esa condición lo ha colocado como el atractor fatal de los quejosos dentro del aquelarre. Así se explica por qué Chávez rítmicamente lo eleva y lo hunde, lo ensalza y lo critica; le da posiciones para que haga el trabajo sucio y le pone límites para que no se crea más de lo que es. El garrote y la zanahoria, o el garrote y el atún, o el garrote y las aduanas. A veces Chávez pareciera harto de éste y otros colaboradores, tal vez alguna voz caritativa debería aconsejarle que en el contexto de su decadente dominio siempre habrá alguien que reciba el susurro de los susurrantes. Sin instituciones, sin diálogo, sin debate, Chávez no puede sino luchar contra la marea que exige su relevo, la azul y la roja. Una abrasa desde afuera y la otra quema desde adentro. |
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