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Opinión y análisis

Chávez: entre Allende y Pinochet
Luis Sánchez

 
Sábado, 20 de diciembre de 2003

Los intentos por confundir la figura de Allende con la de Chávez han sido recurrentes entre los voceros de la Revolución Bolivariana. Se ha hecho un esfuerzo explícito, deliberado, que ha ido desde la insinuación hasta la comparación descarada. Allende es un mito y Chávez aspira a ser un mito. Por ello quienes dan soporte al Presidente no renuncian a establecer analogías, en aras de conseguir la tan ansiada inmortalización: reducir todo al terreno épico de la batalla entre un Dios y los sacrílegos. La más reciente tentativa estuvo a cargo de Vladimir Villegas, en la muy interesante entrevista que le hiciese por el canal televisivo del Estado a Teodoro Petkoff, quien por cierto se resistió a convalidar la tesis. Para Villegas las semejanzas eran forzosas: un Presidente que trabajaba para los desposeídos, una oligarquía que se resiste a los cambios, una Nación que defiende su soberanía y el gobierno de los Estados Unidos que interviene a través de su agencia de inteligencia. Por supuesto, es cuestionable que una historia simplificada a tal extremo fuese lo que ocurriera en Chile, y mucho más, que sea lo que ocurre actualmente en Venezuela.

No obstante, a pesar de que lo fundamental es el antagonismo, sí existen semejanzas entre los dos presidentes, aunque no las que les gustaría resaltar a los defensores del Chávez Allende.

Allende no ayudó a la conciliación de Chile. Luego de una larga confrontación política que dividía seriamente al país desde la década de los 30, Allende llega a la presidencia en noviembre de 1970. Una vez en ejercicio de sus funciones, inicia, al igual que sus predecesores, un gobierno que impone de manera unilateral su visión de sociedad, radicalmente distinta con la que congeniaba el resto del país. Ese desconocimiento del otro, ese intento por imponerle su modelo societario sin considerar la validez y la legitimidad de la perspectiva de quienes no compartían su doctrina, sin duda facilitaron el derrocamiento de su gobierno por medio de la fuerza, precisamente por otro gobierno sectario que parecía defender los intereses de quienes no estaban siendo escuchados. Chávez no recibió un país con diferencias significativas en cuanto a la noción de la población sobre cómo debía organizarse la vida social; más aún, se valió en gran medida de esa promesa no cumplida de sociedad, propia del discurso político de la democracia venezolana, que tan efectiva se había mostrado para movilizar a la población: capitalismo moderado dentro de un fuerte estado social. Sin embargo, basa su propio discurso político en la necesidad de desplazar y anular a la dirigencia nacional tradicional, para posteriormente hacer más difuso dicho mensaje, de modo que la exclusión se extiende a gremios y sectores sociales completos, con lo que crea una confrontación social que amenaza con llegar a los niveles del Chile allendista.

Otra semejanza es que ninguno de los dos presidentes aprendió del pasado. Los dos gobiernos de izquierda que precedieron a Allende en Chile, fueron desplazados de manera violenta como resultado de su propensión a controlar todos los cuerpos de representación social, sustrayendo de ellos a la oposición. A la postre, el gobierno de Allende también sería desplazado abruptamente por repetir el error de excluir por completo a sus opositores de las decisiones políticas. En Venezuela, el gobierno de la Junta de Gobierno del trienio, presidido por Rómulo Betancourt, se esforzó por monopolizar para su partido todos los cuerpos de representación social, negándole el reconocimiento a quienes le hacían oposición. El resultado de esa arrogancia política fueron los diez años de la dictadura perezjimenista, y cientos de muertos y encarcelados. Chávez ha ignorado esa lección, y aún hoy continúa negando la legitimidad (e incluso la existencia) de la oposición, cerrándole cada vea más los espacios para lograr consensos políticos. Ya una vez corrió la suerte de ser desplazado del gobierno, y ciertamente esa amenaza aún no se disipa.

Tanto Allende como Chávez han propiciado un uso político del trabajo. En el primer caso, la nacionalización que se hizo de importantes empresas chilenas fue seguida de un control estratégico de la nómina, basado en la filiación política del trabajador. El control llegó a tal extremo que los partidos que habían llevado a Allende a la Presidencia, agrupados en la Unidad Popular, se disputaron el manejo de las empresas para su beneficio particular. En cuanto a Chávez, este no tuvo que pasar por las nacionalizaciones puesto que las principales empresas del país pertenecen al Estado. Pero si impulsó el surgimiento de un sinfín de cooperativas que básicamente están vinculadas a dichas empresas, y en general, al sector público. Ya se trate de las propias empresas del Estado como de las cooperativas, la identificación del trabajador con el proyecto político del presidente es clave para tener acceso al trabajo. Las numerosas denuncias sobre el despido o la no contratación de servicios para aquellos quienes respaldaran la convocatoria al RR, son sólo una pequeña muestra. Pero aún más elocuente fue el despido de los directivos de PDVSA en los días previos a los hechos del 11 de abril de 2002, sin ningún otro argumento que el que no compartían el proyecto revolucionario. La lucha partidista entre los grupos políticos que apoyan al presidente, por lograr el control de las empresas bajo la influencia del Estado, también se ha dejado ver en el caso venezolano. Algunas pruebas de ello son las escaramuzas que los adeptos al presidente han escenificado por lograr el acceso a PDVSA, las obras del Metro de Caracas, e incluso esa nueva empresa que ha mostrado sus dividendos para la revolución: las invasiones.

Pero son las diferencias entre los dos presidentes lo culminante. Bástese sólo un par de ellas para ilustrarlo: Allende tuvo una dilatada carrera política antes de lograr la Presidencia de la República. Fue presidente del gremio médico, secretario general y presidente de su partido, fue electo repetidas veces senador y ocupó la dirección de ministerios, además se postuló a la presidencia en diversas oportunidades. En otras palabras, guió su acción política dentro del marco democrático, aprovechando las posibilidades que este le ofrecía. Chávez llegó a la política a través de un intento de golpe de Estado, y sólo accede a conformar un partido para competir por la presidencia, según él mismo lo ha reconocido, después de un arduo proceso de convencimiento acerca de la factibilidad de llegar a Miraflores por la vía electoral.

Y mucho más importante: Allende fue un civil a quien los militares conminan, por medio del uso de las armas, a separarse del cargo. Chávez es un militar a quien los civiles, en una multitudinaria marcha y haciendo uso de sus derechos ciudadanos, le exigió la renuncia, siendo él quien los conminó a abandonar su demanda a través del uso de la fuerza militar. La diferencia va más allá del simple juego de palabras. Hoy los militares que ejercieron un terrorismo de Estado en Chile, Pinochet a la cabeza, huyen de la justicia internacional por violación a los derechos humanos. Hoy es a Chávez, y no la población o la dirigencia de la oposición venezolana, sobre quien pende un juicio por la misma causa. Que sea la Corte Internacional Penal una de las cortes que considere el juicio, habla de lo consistente de los elementos que inculpan al Presidente. Chávez persigue la gloria de los defensores de los derechos humanos, pero ha seguido los pasos de los dictadores. Su inminente enjuiciamiento confirmará que si a alguien de la política chilena se asemeja, es a Pinochet y no a Allende.

luisantoniosanchez@yahoo.com

 

 

 
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