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Sección: Política
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¿Por qué tanto miedo?Freddy LepageLunes, 26 de enero de 2009
Las dos últimas derrotas (porque diga lo que se diga lo fueron) sufridas por Chávez han dinamitado la confianza y seguridad en sí mismo. Tiene el síndrome de los campeones de boxeo que después de perder el invicto, nunca vuelven a ser los mismos. Necesitan de tratamiento psicológico, de terapias dirigidas para recuperarse y seguir en la pelea. Ya no confía ni en sus más cercanos colaboradores. Esto ha quedado plenamente demostrado en sus últimas apariciones públicas. Lo acosan sin tregua los demonios de la traición y la deslealtad. Está frágil, desarticulado. Por eso apela a su expediente favorito: la violencia irracional contra sus adversarios, las amenazas a sus más genuflexos “felicitadores”. Reparte plomo parejo a diestra y siniestra para darse ánimo, sentirse fuerte, poderoso… Sin embargo, su cacareado carisma y la fuerza destructora de su inflamable discurso han perdido efectividad. El uso y abuso reiterados de estos recursos histriónicos (son dones perecederos) han causado cansancio, hastío en la gente. Las mayorías nacionales quieren vivir en paz, tranquilidad. Se nota un rechazo (todavía distante en algunos) a tanto antagonismo y división de la sociedad. Han pasado 10 largos años y la perorata lacerante es la misma. Con el añadido perverso del deseo manifiesto de la reelección indefinida para toda la enquistada casta dirigente; caudillo incluido, por supuesto. Pero, retomemos el planteamiento inicial de la inseguridad y el culillo de Chávez a no salir airoso en este nuevo desafío, que su codicia enfermiza de poder le ha impuesto. Se muestra atormentado, irritable. Tiene la piel de bebe, por eso reacciona de manera airada, desmedida ante quienes se atreven a disentir. Le horroriza ser rechazado por el pueblo. Se encabrita, grita, ofrece más intimidación, basada en su infinita capacidad de insultar, de propiciar el terrorismo de estado y aupar las acciones primitivas de sus matarifes armados que actúan a la luz pública, ante la mirada cómplice, complaciente, distraída de las autoridades. La presencia en el escenario de los estudiantes democráticos le causa urticaria, piquiña de la buena… No sabe como quitársela, o, al menos aliviársela. Su talante antidemocrático no espera: represión y gas del “bueno” para los jóvenes contestatarios, rebeldes, pero depositarios de una gran conciencia cívica. ¡Ah!, pero hay algo interesante: también arremete contra los jefes de los organismos de seguridad que no cumplan fielmente sus ordes (¿recuerdos ingratos de abril de 2002?). ¿Acaso presagia un desacato a sus instrucciones de parte del estamento militar? ¿No son de fiar? Quizás por allí van los tiros… Criminalizar la protesta estudiantil es un acto de desesperación. Representa una nueva vuelta de tuerca hacia el aberrante despotismo del siglo pasado. Chávez debe cuidarse de ello, porque produce exactamente el efecto contrario: a mayor brutalidad animal mayor desobediencia civil. Amén del desgaste e insatisfacción de quienes se ven compelidos a ejercer (la mayoría de las veces) en contra de su voluntad tan brutales procedimientos represivos, violatorios de los derechos humanos. La sevicia, la prepotencia, el miedo, son condimentos persistentes de la provocadora y peligrosa hipérbole a que nos tiene acostumbrados el verbo incendiario del Presidente. Otra vez, Chávez juega con fuego… Últimamente las cosas no le están saliendo del todo bien. No sería malo recordarle la masacre Tlatelolco (México, octubre de 1968), donde perdieron la vida centenares de jóvenes, por el simple hecho de reclamar un país distinto, un país mejor. El ejercicio de la opresión no da réditos… |
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