Caracas, Viernes, 18 de abril de 2014

Sección: Política

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Es otro el gallo que canta

Eliécer Calzadilla

Martes, 3 de julio de 2012

La ingeniería del poder que Chávez ha construido debe ser estudiada con presencia de ánimo; la irracionalidad y la incesante animosidad visceral de un grueso sector de la oposición le han dado ventajas al chavismo que de otro modo jamás habría obtenido







   Foto: Google

 Mientras Chávez nos distraía con sus excesos verbales, su laboratorio de perpetua confrontación y sus histriónicas extravagancias (cantar, recitar y bailar), trabajaba duro en las emociones de los que se sentían excluidos o sin representación política, y se dedicó -ayudado por el dinero de la bonanza petrolera- a reelaborar y reimplantar el modelo populista de gobierno, paso a paso, hasta llevarlo a la cumbre con el culto a su persona como la representación emocional de la patria, la reencarnación de los héroes de la Independencia y como operador de Cristo en Venezuela. M

ientras nos entretenía con su amistad con Fidel Castro, con la jerigonza del socialismo del siglo XXI y otros señuelos que provocaban respuestas corales de los opositores, que se devanaban las neuronas para ver quién le respondía mejor sus travesuras verbales y financieras, Chávez consolidó un régimen con piel democrática y tuétanos dictatoriales de un solo poder público: la Presidencia de la República, al que solo el populista Berlusconi se le asemejó en estos comienzos de siglo.

Chávez, cuya gestión pública es un fracaso, lo mejor que ha conseguido es la creación de una neodictadura populista, tan bien elaborada que los políticos venezolanos y latinoamericanos, prisioneros de viejas teorías que aprendieron hace decenios, se pelean con quien llame dictador a Chávez solo “porque no ha hecho lo que Pinochet, Videla y Fidel Castro hicieron, y porque nadie ha sido lanzado vivo desde un helicóptero en vuelo propiedad del gobierno y a ningún opositor le han puesto picanas en los testículos”.

En el tiempo que describo Chávez obtiene otras ventajas derivadas del abuso que hace de los medios: sus adversarios y opositores políticos compitieron con él en notoria desventaja; se concentraron en los programas de radio y televisión y ruedas de prensa, más para responderle reactivamente a Chávez que para crear y trasmitir políticas, y se olvidaron de la calle, de organizar a los sectores sociales, de encausar y representar el descontento y de impedir la fragmentación, disolución, desconcierto, desmovilización y desmoralización del movimiento obrero venezolano, el otro gran logro político de Chávez. Hasta que irrumpe Henrique Capriles (ayer nomás) en el escenario político nacional y le disputa a Chávez lo que parecía imposible: la presidencia, la calle, el barrio, los excluidos, los desempleados y el afecto de las venezolanas (decisivas a la hora de cualquier victoria electoral).

Con la táctica de campaña evidenciada en sus primeros pasos, Henrique Capriles ha sorprendido no solo a Chávez y al chavismo sino a gente que como yo, lo confieso, descreía de la posibilidad que surgiera, frente al continuismo abusador del gobierno, una poderosa candidatura popular como la que Capriles ha estructurado en los escasos días de campaña.

Son tan exitosos la imagen del candidato Capriles y su plan de movilizaciones y contactos personales, que ha dejado fuera de distancia -como dicen en el boxeo cuyo argot es tan del gusto de Chávez-, al plan electorero de la milagrosa curación del presidente, al enigmático cáncer, y ha obligado al candidato continuista a salir a la calle aunque sea en carroza. Es tal el éxito de Capriles que Chávez, inexperto en soluciones y experto en poner sobrenombres o apodos, no ha podido ponerle uno a Capriles que se llama así mismo “el flaquito” para contrastarse con la obesidad del otro candidato.

Capriles, con los hechos, en el terreno, está probando que es el político que más ha estudiado los trucos del populismo prototalitario del régimen. Ha ido tan lejos Capriles que ha resucitado con éxito el mitin político en todo el país y el abrazo a la mujer y al hombre del pueblo, que Chávez había sustituido por las cadenas de radio y televisión, sentado en una silla y tomándose cafecitos.

El asunto ahora no es si Chávez gana sino que es muy difícil que Capriles pierda.

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