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Opinión y análisis

Escondidos sobre la alfombra
Luis Barragán

 
Lunes, 27 de diciembre de 2004

De acuerdo a Fausto Masó, la recuperación de los partidos comienza por el anuncio y la celebración de sus elecciones internas. Al iniciarse el mes en curso, consignó algunas observaciones que ayudan también a una matriz de opinión necesaria de problematizar y, en buena medida, superar.

En efecto, la limpia y transparente selección del liderazgo partidísta constituye un requisito existencial para las organizaciones que dicen defender la democracia. No obstante, es dado reconocer una primera dificultad: al realizarla, apenas es noticia, siempre que exprese las miserias y traumas de una vida doméstica que, por una parte, es natural y deseablemente conflictiva, y, por otra, igual e indeseablemente se vale de sendos artificios como fórmula de una competencia desleal.

La atención dispensada a las desviaciones, sobresaturaciones y dislocaciones del conflicto, más que a su ordenado, constructivo y reglado procesamiento, dice de una determinada calidad del debate político que confunde interesadamente el trigo y la cizaña. El predominio de una noción ultraliberal de los partidos, la cual los hace innecesarios y, acaso, una obligada simulación para canalizar las ideas y los esfuerzos que pisan los linderos del Estado, encuentra asidero en una dirigencia que los toma o pretende tomar por asalto, fulanizándolos, creyéndolos como escenarios para resaltar dotes y cualidades absolutamente individuales, en lugar de las tareas compartidas que dibujen un mensaje, una estrategia y una estructuración de la imaginación cívica. Frecuentemente, la rivalidad interna de nombres y el acopio aventajado de recursos, tienden no sólo a ahogar las propuestas reales de innovación, sino a adulterarlas y confiscarlas en sintonía con la creencia reinante en un país que no reivindica todavía una visión lo más exactamente posible de la política, de lo político y de los políticos.

Ahora bien, si la recuperación de los partidos dependiese del anuncio y celebración de sus elecciones internas, podemos constatar que las hubo en unos, con distinta calidad y credibilidad, mientras en otros, sencillamente no, sin que se vieran afectados. Caso éste muy curioso, pues, el rebote verbal de los defensores más acérrimos de una democracia que no practican, logró difudir una suerte de pedagogía de la eficacia y de la eficiencia subordinada al iluminismo de unos cuadros estelares que, en última instancia, administran, por lo general mediáticamente, los intereses que se les imponen, por la incapacidad manifiesta de descubrirlos, interpretarlos y agregarlos. Además, la opinión pública no ha de fiscalizar y juzgar la calidad de los procesos políticos que hacen esa estelaridad, sino aceptarla y acompañarla aún cuando haya más gatos que liebres en la propuesta, olvidando que la crisis reventó muchos años atrás por el desconocimiento de los liderazgos naturales. Luego, la sola exigencia de los comicios internos en partidos acaso tolerados cuando arrecia más el actual gobierno, opera como un pretexto para combatir a ambos de manera simultánea: a la oposición que se realiza a través de los partidos y al gobierno que, paradójicamente, subestima la figura en una alianza de mera supervivencia y viabilidad política, en otro de los grandes trances de la anomia que nos aqueja.

Ojalá que la sociedad demandara la democratización y estabilización institucional de los partidos que sirven de inevitables espejos, aunque pretenda cubrirlos –cubriéndose ella misma- con un manto de indiferencia criminal. E, indipendientemente de las simpatías o afinidades que susciten, ella fuese capaz de ponderarlos, advertir sus realizaciones y omisiones, reconocer sus aciertos y sancionar sus errores, pero –sentimos- que la banalidad ha sido la más poderosa y menos comprometida de sus herramientas a la hora de sentenciarlos. Por ello, los hay evidentemente agotados, siendo de vieja o novísima data, donde pesan más las siglas por la escasez de militantes, mientras otros prometen una diferente experiencia que requiere de un contexto propicio, en el que la vocación histórica no surge de los estereotipos cronológicos, sean cortas o largas las biografías.

Masó igualmente aludió al rol cumplido por las organizaciones de la llamada sociedad civil, por renuencia o negación de los partidos. Acá ubicamos una segunda dificultad, pues, reconozcamos, esas organizaciones confrontaron, rivalizaron o compitieron deslealmente por alcanzar los espacios del poder, sin la satisfacción ni aceptación de todas las exigencias que se les hace a los partidos. Y, al fracasar el revocatorio del mandato presidencial, rápidamente abandonaron sus aspiraciones, como Fedecámaras, buscando un entendimiento con el gobierno, conceptualmente posible al tratarse de instancias socialmente intermedias, pero inconcebible por el tono y el volumen de un discurso que, a la vuelta de los meses, es radicalmente contrastante. Vale decir, sobre los partidos de oposición, por el pecado mismo de ser partidos, pesaría inmediatamente la condena ante cualquier gesto sospechoso de aproximación con el gobierno, así se tratara de cursar un trámite en el coso parlamentario, mientras reina la comprensión y condescendencia hacia los que pretendieron ser partidos, confrontando radical y, a veces, irracionalmente al gobierno, pero que volvieron a sus cauces naturales y, casi como Saulo en el camino de Damasco, descubrieron virtudes en el oficialismo y, concretamente, en la misión “Vuelvan Caras”, aceptada como una política pública donde únicamente cabe la resignada contribución. Por ello, urge un debate que reordene a los actores políticos en escena, desechando las piezas de un maniqueísmo portátil y caprichoso que todavía goza de estupenda salud.

Por último, coincidimos en la apreciación del ensayo realizado por Colette Capriles sobre la antipolítica, aunque una tercera dificultad nos viene al espíritu: la política concebida como espectáculo ya es una aproximación de muchos años, a la que faltan otros elementos como la sustentación social en el lumpen-proletariado o la propia y aguda informalización del ejercicio político, enfoque que nos ha inquietado desde los alrededores de un seminario internacional hecho por los socialcristianos sobre la materia, en el ya lejano 1997. El asunto estriba en que nociones, ideas o perspectivas que tienden a romper con las ya establecidas, no rozan siquiera a la opinión pública, contenta con aquellas sustancialmente arraigadas desde la década de los sesenta, en detrimento de la política como tarea de reflexión. Así, padecemos una supuesta revolución que condensa, a lado de la no menos supuesta contra-revolución, todas nuestras íntimas y peligrosas conformidades.

Creemos que no deseamos interpelarnos y a atrevernos a hacer un balance real de las verdades y mentiras que tejen la soga de nuestras angustias. Acudimos a los estereotipos para aceptar o rechazar al régimen, creyendo escondernos sobre las cumbres de una alfombra bajo la cual no caben más los miedos.

CIUDADES DE HIERRO COLADO

Nada más y nada menos que la reciente pérdida de una vida humana y la precipitación de dos vehículos en la caraqueña avenida Libertador, hincaron el dedo acusador de la opinión pública sobre el rostro anónimo de las autoridades. No había defensas, como no las hay en todo el país, cuando se trata de piezas de aluminio, u otros metales que iluminan la ávidez de los negociantes al mayor y detal de las dentaduras de la ciudad.

Funcionarios sin nombres, a los que la jurisdicción penal no toca por las irritaciones, lesiones y muertes provocadas por sus omisiones, leen desentendidos la prensa, si acaso constituyen noticia aquellos acontecimientos que normalmente provocan las calles y avenidas agujereadas, desmoronadas, acantiladas. Creemos haber leído que el alcalde Bernal respondió que no podía colocar un policía en cada esquina para evitar el saqueo de la ciudad, como si eso bastara, pues, que sepamos, en décadas atrás no los hubo y el desmantelamiento no alcanzó tamaña perfección gerencial. ¿Acaso bastó el hormigueo feroz del hojalatero desesperado y hambriento para trepar la escultura de Alejandro Otero y dejar su osamente a la vista de todos en Plaza Venezuela?, ¿no es posible sospechar de una exitosa operación de levantamiento de información y hurto sistemático del que pueden dar cuenta convincente los servicios de inteligencia policial?, ¿quizá alguna providencia sobre la exportación de chatarra o cualesquiera otras iniciativas de política pública no entorpecerá la criminal minería urbana?, o, lo que es peor, ¿el Estado, que también lo son las alcaldías, no consolida una cierta cultura de la supervivencia cuando sustituye el aluminio por piezas de hierro colado, elevando el costo de la coexistencia en nuestras ciudades?.

Encontramos, en efecto, el reconocimiento de la impotencia e ineptitud de las autoridades metropolitanas cuando sustituyen los dientes, defensas y barandales, más adelante placas y demás señales de la urbe, por materiales que, a lo mejor, algún día, encontrarán un mercado negro, reciclando el problema. Empero, lo más grave, es que el reemplazo guarda exacta correspondencia con la aceptación resignada de las rejas y enrejados de todas las casas y apartamentos, por más elevados que se encuentren, ansiando la seguridad que los servidores del Estado, los policías que pagamos, no garantizan. La prevención del delito es el mayor énfasis que se le hace al ciudadano, culpable de todo lo que pueda ocurrirle. La inducción ha tenido tanto éxito que estimula, en aras de la supervivencia, una respuesta favorable hacia el autoritarismo y legítima la incapacidad de los gobernantes, con tiempo para dedicarse a otras tareas consideradas como prioritarias. Sobran las propuestas y programas donde el burgomaestre de cualquier rincón del país confía más en los silbatos vecinales que sirven para ahuyentar al delincuente o en la tácita admisión de las alcabalas en urbanizaciones o –también las hay- barriadas, privatizados los espacios públicos, que en una acción comprometida y seria de la gendarmería.

De seguir colocando defensas de hierro colado, labradas luego en casetas, semáforos y plazas, se acortará la distancia cultural con el horrísono enrejado fascistoide que nos otorga un sentimiento temporal de resguardo, tranquilidad y seguridad en nuestros hogares. Mientras tanto, el problema de fondo persistirá intactas todas las vértebras de una civilidad que no es tal, sino mera supervivencia en ciudades anaquelizadas, departamentalizadas, aisladas y no menos desesperadas.

El trepidante comercio informal, en la era del control de cambio, y la galopante inseguridad personal, impermeable a los espasmódicos operativos oficiales, deriva en una ciudad de pasarelas y de pasillos enrejados. Una y otra alimentan la cultura del consumo y del autoritarismo, hasta donde el petróleo la subsidie.

LA COOPERATIVIZACION DE LA IRRESPONSABILIDAD

El gobierno se ha hecho de ideas, intenciones o proposiciones que años atrás concursaban en los programas políticos de diferente encaje para esbozar una alternativa de cambio. El cooperativismo no es nuevo en Venezuela, aunque su decidido impulso le concede visos de novedad. Sin embargo, la iniciativa cumple dos funciones destacadas: la de compensar la ausencia de propuestas concretas que, incluso, le concedan una necesitada identidad y originalidad, y como mecanismo distributivo que, inercialmente, ha reordenado los andamios del clientelismo en Venezuela. Luego, no se trata siquiera de estimular una cultura o ética alternativa al capitalismo, sino la de arraigar aún más los datos de un populismo prebendario que contribuye esencialmente a la legitimidad del régimen.

Parque Central ilustra muy bien el asunto, tratándose de un caso muy adecuado para el científico social que suele tratar en sus laboratorios otros que le facilitan más las tesis de ascenso, en la burocracia académica. Otrora emblema de Caracas, la vigilancia de todos sus espacios, fue confiada a un entramado de cooperativas que, por definición, no utilizan armamento alguno y es de suponer por única credencial, su adscripción al gobierno, pues fueron muy activos en el sabotaje de los reparos y en el intento de revocar el mandato presidencial, exhibiendo y utilizando gases lacrimógenos y otros artefactos, según el testimonio angustioso de los habitantes del lugar.

El caso está en que hubo una protesta de los integrantes de una de las cooperativas, porque sus administradores no cancelaron los salarios y las bonificaciones de fin de año, escapándose. Abandonaron la vigilancia y elevaron sus quejas, reafirmando su filiación política. Otras cooperativas cubrieron el trabajo y, junto al Centro Simón Bolívar, encubrieron una realidad trepidante: propietarios e inquilinos de apartamentos y locales comerciales, escandalosamente no tenían velas en ese entierro, porque no administran luego de treinta años, los edificios del conjunto residencial, aunque la ley teóricamente les concede fórmulas de participación largo rato más perfectas que el de las cooperativas, como copropietarios.

Omitamos que los edificios ocupados por los despachos ministeriales y otras dependencias, no pagan puntualmente sus cuotas de condominio, hinchada una deuda que –presumimos- no debería existir, por la razonable aparición en el presupuesto de gastos del Estado, o que las juntas de condominio nada valen ante la preeminencia del Centro Simón Bolívar que no propone y dispone. Empero, la seguridad de cada edificio es precupación y ha de ser también competencia de cada uno de los que lo habitan, por lo que es luce obvia la participación en la decisión de quiénes deben garantizarla en todo lo posible. Quizá a través de una transparente licitación, tratándose además de contratos millonarios, permitiendo la concurrencia de empresas calificadas o ayudando a calificar a las cooperativas, si cupiera, porque hay dudas muy lógicas sobre la posibilidad de que puedan experimentarse en una materia tan delicada.

Lo cierto es que el gobierno ha cooperativizado la irresponsabilidad y no porque a alguien se le antojó huir con el dinero ajeno, algo tan frecuente, sino por la impunidad de una concesión decidida en la jerarquía oficial, en detrimento de los habitantes del coso arquitectónico, todavía una promesa en caso de rescatarse de las manos de un Estado que se ha hecho –acá- absurdamente inmobiliario y fue capaz de instalar una batería antiaérea, tres o más años atrás, en el sitio. Habitantes que no son, por cierto, expresión de la oligarquía, estribillo favorito de un régimen evidentemente oligarquizado.

A LA BUSQUEDA DE BELEN

Presentimos el Nacimiento decembrino. Se hará realidad cuando todos y cada uno busque a Belén en su interior. Valores y principios que digan de nuestra humanidad al invocar el Milagro. Pronto, los Reyes Magos harán el Anuncio. Podemos hacer, desde ya, el nuestro si nos disponemos a compartir la Buena Nueva. Se trata de un recorrido difícil y sugerente. Y aunque el otro y los otros digan no creer, ofrezcamos con nuestro testimonio el itinerario hacia Belén. Les deseamos a nuestros amables y pacientes lectores que 2005 sea escenario seguro de fructíferas realizaciones, inspirados en la Buena Noticia.

luisbarragan

 

 

 
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