Editorial
Política
Economía y Petroleo
Internacionales
Global y Social
Arte y Cultura
Venezuela en la prensa internacional
Síntesis de Noticias
Bitblioteca
Analítica Premium
Mujer Analítica
Zona Empresarial
Zona Light
Links recomendados

 

Opinión y análisis

San Simón de los basureros
Antonio Sánchez García

 
Jueves, 18 de diciembre de 2003

Este miércoles 17 de diciembre se han cumplido 173 años desde la muerte de Simón Bolívar Palacios acaecida en la Quinta San Pedro Alejandrino, en Santa Marta. No ha logrado desde entonces descansar ni un minuto. Seguramente abrumadas por el peso de su grandeza todas las generaciones que le sucedieran han debido cargar a la rastra con sus huesos mal liados. Ni él ni todas ellas han podido descansar en paz. Lastra a la esencia de los venezolanos el duelo más irresuelto, el arreglo de cuentas peor saldado, el luto más insoportable de la historia de América Latina. Y uno de los peores sobrellevados del mundo, en este siglo y medio de desastres, que en su país de origen están a punto de terminar de la mano de un zafio teniente coronel que ha terminado por rizar el rizo de la veneración convirtiéndole en una suerte de San Simón de los basureros.

Dijo alguna vez Vittorio Gasmann, ese extraordinario actor italiano, que la naturaleza es injusta: el talento no es hereditario. Si se necesitara el testimonio de una historia completa para demostrar la certeza de juicio tan macabro y lapidario, la de Venezuela sería, sin duda, la primera en servir de prueba irrefutable. Casi sin temor a equivocarnos podemos decir que no ha habido un solo mandatario venezolano que le sucediera en el difícil trámite de gobierno que haya estado verdaderamente a la altura de su educación y su cultura. Y que me perdonen los mejores, que sin duda también los ha habido, aunque en dramática escasez. Le sucede un hombre valiente y honorable, pero analfabeta: José Antonio Páez. Y es tanta la seducción que sienten los venezolanos por los sables, las lanzas y los machetes, que el presidente José María Vargas, , un médico del que nos quedara la imagen triste de un hombre reservado y caviloso y que aparentemente fuera el único hombre culto entonces a mano de los restos de oligarquía como para sucederle, no soporta algunos meses de gobierno y debe dejar el poder humillado por el bochinche que, según el prócer Miranda, constituye la esencia de la venezolanidad.

Desde Páez, un peón criado en los llanos por un mulatón de suficientes palmos de altura como para montar su cabalgadura pasando simplemente la pierna por sobre la montura y que le hiciera hombre ordenándole se lanzara al Orinoco a salvar unas reses, sabiendo que el rubicundo e ingenuo adolescente aún no sabía nadar, hasta este teniente coronel de miserables rendimientos académicos, el país sería gobernado por tramposos, ladrones, capataces, hacendados, troperos y sobre todo fainéants sin otras cualidades que la ambición desmedida y la crueldad sin cortapisas, de los cuales dos sobresalen por su carácter verdaderamente macondianos: Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. Éste último gobernaría 27 años. Si no continuó gobernando hasta la eternidad se debió a que la naturaleza es el peor estorbo a los delirios garcíamarquianos. Si Gómez hubiera poseido el elixir de la inmortalidad, la capital de Venezuela se encontraría todavía hoy en Maracay, a poco más de cien kilómetros de Caracas, como en 1935. Fue quien terminaría por asentar en el alma del venezolano el remordimiento bolivariano que nos acongoja, elevándolo a religión de Estado. Era la única herencia que tenía a mano: siendo Gómez un dictador digno de los Cien años de Soledad y la república un erial sin principios, Bolívar terminaría por convertírsenos en el muro de contención de todas las ideas y anhelos republicanos que él conociera e incluso importara a América antes que nadie. Es su más terrible castigo: haberse convertido en la figura que reivindica al hombre fuerte, al matón político, al soldadero. Precisamente él, de quien se puede decir casi sin temor a equivocaciones que era el venezolano más culto de su época y uno de los suramericanos más ilustrado de todos los tiempos.

Tuvo en vida la clarividencia de comprender lo que le esperaba en cuanto cavaran su fosa. Para que tuviera suficientes pruebas y no requiriese de presagios, el año de su muerte Páez termina por acuchillarle el proyecto de la Gran Colombia, es proscrito de la constituyente colombiana, Ecuador termina por separarse y seguir tras Flores su propio destino, y sus enemigos asesinan a Sucre, a quien amara como un padre a su hijo a pesar de llevarle apenas una docena de años. Exactamente un años antes de su muerte, en carta del 6 de diciembre de 1929 al clásico parvenue que le esperaba a su malhadada república, Antonio Leocadio Guzmán, tan tramposo, chaquetero, arrivista y ladrón como su hijo Antonio Guzmán Blanco, le confesaría desde Popayán: “si algunas personas interpretan siniestramente mi modo de pensar y en él apoyan sus errores, me es bien sensible, pero inevitable; con mi nombre se quiere hacer el bien y el mal, y muchos lo invocan como el texto de sus disparates”. Por entonces, posiblemente los únicos dos venezolanos que admirara de verdad porque además de estar a su altura intelectual habían sido sus preceptores, Simón Rodríguez (Robinson) y Andrés Bello, se encontraban lejos y no podrían acompañarle en esa travesía hacia la muerte, que sabía próxima. Entre la pluma y la espada, que dominara como nadie en su desangelada patria, había terminado rodeado sólo por espadachines. Latinoamérica, su obra, se había hundido en el pantano de sus delirios convirtiéndose en cuna de macheteros, lanceros y soldados. Para su inmensa y perdurable desgracia, la espada había primado sobre la pluma. Los militarotes de a caballo ornarían para siempre los sitios de honor de las plazas de armas de un continente extraviado en los desastres de las guerras, las revoluciones y los motines. Hasta el día de hoy. Y él convertido en nombre de pompas fúnebres, farmacias, peluquerías, fruterías, panaderías, abastos, entidades geopolíticas y cuando negocio detallista y de mayoreo es imaginable en la que fuera su patria de nacimiento.

Debe pesarle un mundo en donde se encuentre. Pues Bolívar no era un pistolero como el cubano que a ciento cincuenta años de distancia se reclama de su herencia. Ni muchísimo menos un analfabeta, como el sabanero que en el colmo del descaro y la impostura, se declara su primera reencarnación. Sin ningún rasgo de modestia de la que necesariamente y como todo buen héroe carecía, le confesaba al general Francisco de Paula Santander, uno de sus subordinados, que contrariamente a lo que afirmaba un tal Mr. De Mollien: “no es cierto que mi educación fuera muy descuidada, puesto que mi madre y mis tutores hicieron cuanto era posible por que yo aprendiese: me buscaron maestros de primer orden en mi país. Robinson, que Ud. conoce (Simón Rodríguez), fue mi maestro de primeras letras y gramática; de bellas letras y geografía, nuestro famoso Bello; se puso una academia de matemáticas sólo para mí por el padre Andujar, que estimó mucho el barón de Humboldt. Después me mandaron a Europa a continuar mis matemáticas en la academia de San Fernando; y aprendía los idiomas extranjeros, con maestros selectos de Madrid; todo bajo la dirección del sabio marquéz de Ustaris, en cuya casa vivía. Todavía muy niño, quizá sin poder aprender, se me dieron lecciones de esgrima, de baile y de equitación. Ciertamente que no aprendí ni la filosofía de Aristóteles, ni los códigos del crimen y del error; pero puede ser que Mr. De Mollien no haya estudiado tanto como yo a Locke, Condillac, Bufón, Dalambert, Helvetius, Monstesquieu, Mably, Filangieri, Lalande, Rousseau, Voltaire, Rollin, Berthot y todos los clásicos modernos de España, Francia, Italia y gran parte de los ingleses.” De San Martín a O’Higgins – para que hablar del Dr. Francia, de Rosas y de los herederos de su obra política - ninguno de los libertadores ni de los próceres que asumieran su obra tuvo su cultura. Pueda que allí radique la tremenda desgracia de un continente en ruinas de la mano de ladrones, saqueadores y aventureros que le llevaran a solicitar en sus enfebrecidos desvaríos de la agonía el concurso de “la razón de los hombres sensatos”.

Cayó, para su desgracia y la nuestra, en las manos de insensatos sepultureros de la cordura. No hay, seamos francos, ni una gota de diferencia en el gesto que lleva a este pobre infeliz que hoy nos desgobierna a convertirlo en un San Simón de los basureros con el que lleva al espantoso dictador Juan Vicente Gómez a elevarlo al altar de la patria. Pues la patria, hoy, es un basurero.

No seremos lo que él hubiera querido que llegáramos a ser hasta que lo volvamos a su tumba y lo dejemos reposar en la paz de sus cenizas. Una Venezuela ahíta y fatigada de tanto caudillo, tanta ignorancia y tanta zarrapastra pide por el descanso de su alma. Para dedicarse a su propia crianza y desarrollo. Un Bolívar civil, culto y ponderado espera por nosotros. Lo llevaremos en nuestros corazones sin necesidad de alabarlo hasta el escarnio. Y así cuando un niño pregunte en el futuro por el padre de la patria, antes de responderle guardaremos un profundo silencio.

sanchez2000@cantv.net

 

 

 
Home Contáctenos Regístrese ¿Quiénes Somos? Foros Chat Bitácora
 


Copyright © 1999 - 2006 por Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos.
Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado de fuentes externas.