En el pasado el desgaste institucional y la erosión en
la credibilidad en las promesas rotas, avanzó
lentamente sostenidas esas expectativas falsas por la
envidiable abundancia de recursos fiscales. La
credibilidad en el liderazgo -dentro de las
circunstancias populistas que imperaban en Venezuela-
estaba mucho más en función de los recursos y no de la
capacidad efectiva de los gobernantes.
Paradójicamente, Hugo Chávez el más regresivo de los
líderes políticos venezolanos de todas las épocas, ya
en las postrimerías del siglo XX produjo en el fervor
popular la convicción, de que no sólo estaba
comprometido con cambios profundos para la
transformación de las frágiles estructuras del Estado,
sino que poseía la fortaleza y la iluminación divina y
terrena para técnicamente lograr enrumbar al país de
una sociedad desigual, de una economía ficticia, de
una justicia corrupta y de gobiernos incompetentes,
hacia las metas de un desarrollo equilibrado y con
equidad, con restauración de la honestidad política y
la respetabilidad internacional. Su desafío- para
mayores señas de su cinismo- en la conquista para
superar la crisis de la "falsa" democracia y alcanzar
la prosperidad, se haría sin sacrificar la libertad.
La farsa por fortuna está siendo detenida en seco, y
lo que no parece tener marcha atrás luego del exitoso
paro del 10D, es que Chávez o se democratiza
sometiéndose a la ley y a la Constitución o corre o
termina por encaramarse. Tienen razón los que
argumentan que el no va a cambiar, pero exigen mucho
los que piden tanto, es suficiente obligarlo a ser el
que no quiere ser, y eso puede lograrse, pues el
enorme mérito -que sería una injusticia inexcusable
saboteársela-, es que la extravagancia chavista ha
fortificado como un milagro inimaginable, a las
virtudes cívicas de los ciudadanos como el factor
crucial de nuestro desarrollo sociopolítico actual.
"Cuanto es sublime en política", fundamentada en
auténticos valores bolivarianos y republicanos cuya
identidad se reconoce en el ejercicio de la soberanía
popular, la división y el equilibrio de los poderes,
la libertad civil, de conciencia, de imprenta
arraigadas como banderas de lucha en la conciencia
civil venezolana, va a ser un hueso muy duro de roer
para las pretensiones decimonónicas de una revolución
cada día más fofa, de objetivos colectivistas
imposibles, y con un líder con plomo en el ala de su
verbo para convencer al mentir.
El método de manejar el país subordinando la razón a
los instintos, ha sido derrotado. De no entender
Chávez, como seguramente no lo va a entender, pero
alguien tendrá que decírselo, es que "el paro" le
indica, que debe abandonar la idea de la política como
conflicto ideológico y pugna de intereses, y debe
centrarse en una política de compromiso con la
convivencia, declinando someter al país a los
caprichos de su voluntad cumpliendo las reglas del
juego. De no hacerlo quedará expulsado del juego, así
de simple.
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