La telefonía en Venezuela -¿quién lo duda?- ha protagonizado un salto descomunalmente cuantitativo y cualitativo, que democratiza su presencia en el ámbito del universo psíquico y gregario del hombre contemporáneo. El concepto de monopolio ya no la rige. Expresado en términos populares, esto traduce que usted se puede enganchar desde donde quiera, con quien quiera o prefiera, y hacia donde quiera; vía telefónica claro.
Ante esta realidad -que coloca en su sitio la discusión entre quienes se oponen a la globalización y aquellos que la defienden como una panacea- se verifica la imagen de la carrera de la tortuga, pero vista desde otra óptica: No importa si liebre llega de última o si la tortuga es más astuta. Al final la meta es compartida por ambos competidores. Así, el hombre avanza sobre sí mismo y va dibujando la forma que lo define y explica. Yo sé que esta visión es un tanto positivista, y que sirve de pasto para los escépticos. A ellos, les aclaro que mi tesis no es la de que el hombre es bueno y la que postula, maniqueamente, que sus productos son totalmente malos. Al contrario, el lobo del hombre nace con él, y lo que produce su inteligencia bien puede ser éticamente neutro o pérfido, según sea el grado de cinismo de su autor.
Ahora, el objeto de este Aló, Niño Jesús no es el de invadir terrenos exclusivos a la metafísica y a la escolástica. Al contrario su propósito es más terrenal, no obstante la solicitud de comunicación que establece con el hijo de Dios. En todo caso responde o tercea en el dime que te digo del Gabo y nuestro canciller, sobre el realismo mágico. Porque si algo aclara la “composición química” de este género literario al que Alejo Carpentier bautizó de manera tan funambulesca, es el uso que le damos al teléfono en Venezuela y por extensión la que practica el conglomerado que José de Vasconcelos llamó La Raza Cósmica, que, muchos confunden con la raza cómica: verbi gratia Cantinflas.
Y es que más allá del uso normal del teléfono, en Venezuela este aparatico sirve para todo. Usted puede recibir a través de su hilo los insultos más descarados, y los chistes más chuscos. El abanico, en este sentido, es inmenso y alberga en sus pliegues cantidades ilimitadas de variables. Unas más insólitas que las otras. Por ejemplo si usted tiene la suerte que un domingo cualquiera lo atienda el presidente Chávez a través de su programa Aló presidente, su vida, no solo pude cambiar sino dar un vuelco que ni el más escéptico podría imaginar. Desde conseguir un empleo hasta obtener una casa o, cuando la burocracia se comporta como acostumbra, una decepción que sumar al rosario de chascos que ha coleccionado el venezolano en estos últimos 42 años de democracia. Ahora si la llamada se la realizan desde uno de esos programas de televisión donde regalan planchas, lavadoras o x cantidad de millones de Bolívares, la alegría puede alcanzar límites insospechados, tanto que con el premio bien pudiera agenciarse, el “afortunado”, un infarto si por casualidad no responde correctamente preguntas como: ¿de qué color era el caballo blanco de Simón Bolívar?
En mi caso, la llamada que hago al Niño Jesús es más previsible. Intenta hablarle al carajito, con el perdón del tuteo, de respeto a los Derechos Humanos, defensa del medio ambiente y los animales, de sinceración ante las recientes cochinadas con la que se enlodan discursos y acciones que se pretenden revolucionarias, de crecimiento de la conciencia del ser ciudadano y de la responsabilidad que ello representa. Otras cosillas le comunico al Niño, pero como son demasiadas personales me las reverso. En todo caso, feliz navidad mis desocupados, como yo, lectores.