“La mayoría del pueblo quiere que a esa señal se le de un uso distinto”,
así justifica el ministro de las comunicaciones, William Lara, el propósito
del gobierno de no prorrogar la concesión a Radio Caracas Televisión y, por
consiguiente, de incorporar ese canal al combo de medios oficialistas en
cantidad que nunca antes tuvo gobierno alguno en este país. Que esta parodia
de revolución que sufrimos decida a su antojo despojar a alguien de sus
bienes ya no extraña, lo que de verdad merece un análisis es la pretendida
justificación: !el pueblo quiere!. ¿Cómo sabe William Lara lo que el pueblo
quiere? Hasta ahora lo único que podemos concluir, dados los resultados
electorales del 3 de diciembre, es que el 63% de quienes decidieron votar,
lo hicieron por Chávez. Podemos llegar incluso a pretender interpretar la
motivación de esos votos: que a esas personas les gustó lo que Chávez en
tanto que Presidente de la República, hizo desde febrero de 1999 hasta el 3
de diciembre del presente año. Pero de allí a deducir que esos electores
(que no son el pueblo sino una parte de él) le dieron carta blanca a Chávez
para que haga lo que le venga en gana, es un exabrupto.
Si le concediéramos credibilidad a las encuestas profesionales que se hacen
en el país, observamos el deseo mayoritario de que se respete la propiedad
privada; cada quien que sea dueño de cualquier cosa llámese rancho,
parcelita, bodega, moto, peñero, bicicleta o patines, quiere seguirlo siendo
y no admite que en nombre de ningún socialismo del siglo que sea, esa
propiedad le sea arrebatada. ¿Pueden entonces decidir los diputados y otros
especimenes viudos de Stalin -ahora encargados de buscarle un contenido al
socialismo del siglo XXI- que el pueblo que votó por Chávez lo hizo también
por la abolición de la propiedad privada? Imaginemos que con el ego crecido
por esos siete millones de votos, Chávez decide que ha llegado la hora de
instaurar la pena de muerte (es decir legalizarla, porque instaurada está
desde hace tiempo) ¿Podría hacerlo con una simple orden girada a los
diputados de la Asamblea Nacional porque eso es -según Willian Lara- lo que
el pueblo quiere?
Tratar de interpretar lo que pasó por la mente de cada elector que votó a
favor de la reelección de Hugo Chávez, no es solo un ejercicio tramposo sino
hasta peligroso. Por ejemplo, la capital del país, esa que tiene la
desgracia que sus alcaldes sean por un extremo Freddy Bernal y por el otro
J.V. Rangel el hijito; es un territorio en el que se han cebado todas las
desgracias: criminalidad, caos vial, anarquía generalizada, contaminación
visual y ambiental, basura, desaparición de la vialidad e indigentes, sin
techo y orates esparcidos por todas las calles. ¿Significa eso que el pueblo
que votó por Chávez lo hizo también por ese estado de cosas y que esos
alcaldes no merecen ni un regaño del padrecito presidente? Las encuestas los
culpan, al igual que a otros miembros del equipo presidencial, de
ineficiencia absoluta pero hasta ahora Chávez se salva de esa culpa ¿Por
cuánto tiempo más, es decir cuántos más desastres puede soportar la gente,
incluso aquella que asume el chavismo como una religión?
Pretender que los votos que recibió Chávez responden todos a una misma
motivación o a iguales sentimientos y aspiraciones, es algo que ni el mismo
reelecto ni nadie de su entorno cree seriamente. Al lado de los contumaces
que seguirían votando por Chávez aunque éste ordene flagelarlos en una plaza
pública (que sin duda son los menos) están los pobres que reciben dádivas
gubernamentales o aspiran recibirlas en un futuro. Están los beneficiarios,
por diferentes vías, de la danza de los millones que promueve el régimen.
Están los empleados públicos temerosos de perder su puesto si gana la
oposición o si se descubre que votaron en contra del Presidente. Y están los
que prefieren seguir soportando un régimen que lleva ya ocho años en el
poder cometiendo desafueros que ensayar con lo impredecible. Estos últimos
sufren el llamado síndrome de Estocolmo. ¿Puede el señor Lara afirmar sin
que se le crezca la nariz que todas esas personas -de distintos niveles
educativos y socioeconómicos- quieren que se le retire la concesión a RCTV
ahora, y luego a las demás televisoras privadas?
Mucho se ha escrito en los últimos tiempos sobre un fenómeno relativamente
nuevo: las democracias autoritarias. Son gobiernos que usan el mecanismo
electoral para ejercer el poder sin respetar los principios elementales del
sistema democrático. Pero también se habla hoy de democracias totalitarias:
aquellas que utilizan el sufragio universal y directo como plataforma para
transformarse en dictaduras abiertas, sin escrúpulos ni rubores. Sería
exagerado decir que el poder ejercido por Chávez en estos últimos ocho años
encaja en el molde de la democracia totalitaria, corresponde más bien al de
la autoritaria ya que atropella las normas y formas de una democracia real
pero conserva algunos rasgos de ésta. Por lo visto eso no complace ni basta
al dictador en estado embrionario: el afán de gobernar a perpetuidad
requiere asegurarse de que ninguna voz discordante pueda llegar a los oídos
de sus súbditos.
Pasar de la democracia autoritaria a la totalitaria significa, entre otras cosas,
perder la vergüenza ante el mundo, actuar con absoluto descaro. Hoy muy
pocos en el continente americano y en Europa se tragan el cuento de que
Chávez sea un demócrata. Ni siquiera el baño de popularidad recibido por los
votos del 3 de diciembre permite que cambie la percepción mayoritaria que
se tiene de su talante. Acabar con la única libertad que aún se mantiene
aunque acosada -la de expresión- también liquidará cualquier duda acerca de
su vocación tiránica.