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Opinión y análisis

Lo que el pueblo quiere
Paulina Gamus

 
Viernes, 15 de diciembre de 2006

“La mayoría del pueblo quiere que a esa señal se le de un uso distinto”, así justifica el ministro de las comunicaciones, William Lara, el propósito del gobierno de no prorrogar la concesión a Radio Caracas Televisión y, por consiguiente, de incorporar ese canal al combo de medios oficialistas en cantidad que nunca antes tuvo gobierno alguno en este país. Que esta parodia de revolución que sufrimos decida a su antojo despojar a alguien de sus bienes ya no extraña, lo que de verdad merece un análisis es la pretendida justificación: !el pueblo quiere!. ¿Cómo sabe William Lara lo que el pueblo quiere? Hasta ahora lo único que podemos concluir, dados los resultados electorales del 3 de diciembre, es que el 63% de quienes decidieron votar, lo hicieron por Chávez. Podemos llegar incluso a pretender interpretar la motivación de esos votos: que a esas personas les gustó lo que Chávez en tanto que Presidente de la República, hizo desde febrero de 1999 hasta el 3 de diciembre del presente año. Pero de allí a deducir que esos electores (que no son el pueblo sino una parte de él) le dieron carta blanca a Chávez para que haga lo que le venga en gana, es un exabrupto.

Si le concediéramos credibilidad a las encuestas profesionales que se hacen en el país, observamos el deseo mayoritario de que se respete la propiedad privada; cada quien que sea dueño de cualquier cosa llámese rancho, parcelita, bodega, moto, peñero, bicicleta o patines, quiere seguirlo siendo y no admite que en nombre de ningún socialismo del siglo que sea, esa propiedad le sea arrebatada. ¿Pueden entonces decidir los diputados y otros especimenes viudos de Stalin -ahora encargados de buscarle un contenido al socialismo del siglo XXI- que el pueblo que votó por Chávez lo hizo también por la abolición de la propiedad privada? Imaginemos que con el ego crecido por esos siete millones de votos, Chávez decide que ha llegado la hora de instaurar la pena de muerte (es decir legalizarla, porque instaurada está desde hace tiempo) ¿Podría hacerlo con una simple orden girada a los diputados de la Asamblea Nacional porque eso es -según Willian Lara- lo que el pueblo quiere?

Tratar de interpretar lo que pasó por la mente de cada elector que votó a favor de la reelección de Hugo Chávez, no es solo un ejercicio tramposo sino hasta peligroso. Por ejemplo, la capital del país, esa que tiene la desgracia que sus alcaldes sean por un extremo Freddy Bernal y por el otro J.V. Rangel el hijito; es un territorio en el que se han cebado todas las desgracias: criminalidad, caos vial, anarquía generalizada, contaminación visual y ambiental, basura, desaparición de la vialidad e indigentes, sin techo y orates esparcidos por todas las calles. ¿Significa eso que el pueblo que votó por Chávez lo hizo también por ese estado de cosas y que esos alcaldes no merecen ni un regaño del padrecito presidente? Las encuestas los culpan, al igual que a otros miembros del equipo presidencial, de ineficiencia absoluta pero hasta ahora Chávez se salva de esa culpa ¿Por cuánto tiempo más, es decir cuántos más desastres puede soportar la gente, incluso aquella que asume el chavismo como una religión?

Pretender que los votos que recibió Chávez responden todos a una misma motivación o a iguales sentimientos y aspiraciones, es algo que ni el mismo reelecto ni nadie de su entorno cree seriamente. Al lado de los contumaces que seguirían votando por Chávez aunque éste ordene flagelarlos en una plaza pública (que sin duda son los menos) están los pobres que reciben dádivas gubernamentales o aspiran recibirlas en un futuro. Están los beneficiarios, por diferentes vías, de la danza de los millones que promueve el régimen.

Están los empleados públicos temerosos de perder su puesto si gana la oposición o si se descubre que votaron en contra del Presidente. Y están los que prefieren seguir soportando un régimen que lleva ya ocho años en el poder cometiendo desafueros que ensayar con lo impredecible. Estos últimos sufren el llamado síndrome de Estocolmo. ¿Puede el señor Lara afirmar sin que se le crezca la nariz que todas esas personas -de distintos niveles educativos y socioeconómicos- quieren que se le retire la concesión a RCTV ahora, y luego a las demás televisoras privadas?

Mucho se ha escrito en los últimos tiempos sobre un fenómeno relativamente nuevo: las democracias autoritarias. Son gobiernos que usan el mecanismo electoral para ejercer el poder sin respetar los principios elementales del sistema democrático. Pero también se habla hoy de democracias totalitarias: aquellas que utilizan el sufragio universal y directo como plataforma para transformarse en dictaduras abiertas, sin escrúpulos ni rubores. Sería exagerado decir que el poder ejercido por Chávez en estos últimos ocho años encaja en el molde de la democracia totalitaria, corresponde más bien al de la autoritaria ya que atropella las normas y formas de una democracia real pero conserva algunos rasgos de ésta. Por lo visto eso no complace ni basta al dictador en estado embrionario: el afán de gobernar a perpetuidad requiere asegurarse de que ninguna voz discordante pueda llegar a los oídos de sus súbditos.

Pasar de la democracia autoritaria a la totalitaria significa, entre otras cosas, perder la vergüenza ante el mundo, actuar con absoluto descaro. Hoy muy pocos en el continente americano y en Europa se tragan el cuento de que Chávez sea un demócrata. Ni siquiera el baño de popularidad recibido por los votos del 3 de diciembre permite que cambie la percepción mayoritaria que se tiene de su talante. Acabar con la única libertad que aún se mantiene aunque acosada -la de expresión- también liquidará cualquier duda acerca de su vocación tiránica.

paugamus@intercable.net.ve

 

 

 
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