Entre Colin y Condoleezza: la administración Bush y el régimen chavista Fernando Luis Egaña
Jueves, 21 de diciembre de 2000
El presidente-electo de EEUU, George W. Bush, no perdió tiempo para anunciar sus dos primeras designaciones de gabinete. El general Colin Powell para la secretaría de Estado y la profesora Condoleezza Rice para dirigir el Consejo Nacional de Seguridad. Las dos principales posiciones de la política exterior norteamericana en manos de sendos halcones. Ambos, por cierto, muy distinguidos representantes de lo que allá se conoce como "minoría afro-americana". Lo de "halcones" significa que son partidiarios de una actividad beligerante de Washington en materia internacional. La joven académica todavía más que el veterano militar. Al parecer se acabaron los tiempos de la paciencia clintoniana para darle paso a un nuevo activismo global de la potencia del norte.
En un artículo para la prestigiosa revista Foreign Affairs en la edición enero-febrero de 2000, la profesora Rice explicaba que el "internacionalismo de una administración republicana procederá del campo firme del interés nacional, y no de los intereses de una ilusoria comunidad internacional". En otras palabras, primero lo que nos convenga y después veremos lo demás. A Condoleezza le gusta la llamada
"no-nonsense policy", o políticas públicas sin tonterías. No en balde es una de las principales figuras del Instituto Hoover de la Universidad de Stanford, suerte de "sanctum sanctorum" del academicismo conservador.
En el referido ensayo, la novel sucesora de H. Kissinger advertía que "la democracia política y la libertad de los mercados económicos constituyen el corazón del interés norteamericano en el mundo". Principio aplicable a todas las regiones y, en especial, a los vecinos de América Latina. Los conceptos y las palabras indican que la nueva Casa Blanca asumirá un papel más militante que en los pasados ocho años de la época Clinton. Aunque sería impropio preveer una reedición de la ortodoxia reaganiana --entre otras razones porque hace una década culminó la Guerra Fría-- , si es esperable que Bush junior sea un mandatario más ideológico y menos pragmático que su antecesor.
Esas no son buenas noticias para el régimen chavista instalado en Venezuela. El canciller Rangel viene declarando que la victoria presidencial del gobernador de Texas es positiva, porque se trata de un petrolero que conoce bien los problemas de nuestro país. Opinión harto superficial que, desde luego, se entiende dadas las circunstancias. Pero nadie cree que el secretario de Estado Powell --planificador decisivo de la Guerra del Golfo en contra de Sadam Hussein-- será igual de "comprensivo" hacía el "proceso revolucionario" del comandante Chávez, que, por ejemplo, el ex-embajador John Maisto, quien llegó a comparar el chavismo con una "verdadera democracia de sabor tropical".
En la medida que el régimen venezolano intensifique en lo interno su afán hegemónico y en lo externo prosiga su no-tan-discreto sabotaje al proceso de paz colombiano, amén de sus carantoñas libio-iraquesas y su operación de salvamento fidelista, no puede esperar de la administración Bush un aplauso colectivo y contínuo. Todo lo contrario. La condición petrolera de Venezuela no le confiere --a los ojos de los escépticos republicanos-- una carta blanca a su gobierno para enguerrillarse con Estados democraticos de la región e imponer un despotismo caudillista a su sociedad, y al mismo tiempo exigir un respaldo inequívoco desde las riberas del Potomac.
Entre Colin y Condoleezza deberá moverse la diplomacia chavista para tratar de impedir que se agrieten aún más las relaciones con EEUU. Hará falta algo más que un ramo de orquídeas para la profesora Rice y una réplica de la espada limeña del Libertador para el general Powell, a fin de mantener un "modus vivendi" confortable. Ojalá y el "quid pro quo" no sea entregar intereses vitales de nuestra soberanía económica a cambio de la neutralidad norteamericana hacia los delirios de la V República.