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Opinión y análisis

La incapacidad de los cogollos
Claudio Fermín

 
Martes, 21 de diciembre de 2004

La conducción de los partidos desde los cogollos ha restringido los espacios de toma de decisiones. En vez de constituirse estas organizaciones en centros de participación colectiva, han conformado un sistema de monopolio político que genera rechazos de parte de la población que se sabe excluida, que percibe que los asuntos que le afectan son resueltos por otros, a sus espaldas y sin tomar en cuenta para nada los pareceres de las comunidades.

Resulta incomprensible que después de fuertes embestidas contra la política y contra los partidos, sus directivas se cierren cada vez más, en vez de abrirse y convivir con las comunidades que representan. Igualmente, está fuera de toda lógica que en vez de crecer en militantes, lo que se logra estimulando la incorporación de las masas, se comprueba un sistemático empeño en cerrar las puertas a nuevos miembros, en cultivar el desentendimiento con viejos simpatizantes y en aislarse de interlocutores, tales como otros partidos, asociaciones vecinales, laborales, académicas o productivas.

Algunos entienden que el mantenimiento de cúpulas partidistas es un acomodo de quienes desean ser los únicos con derecho a ser postulados a cargos de representación pública, tales como gobernadores, alcaldes, concejales, diputados y Juntas Parroquiales. Desde esta perspectiva, es el egoísmo lo que explica esa conducta. Creo que eso es tan solo una parte de la explicación. La conformación de cuadros de dirección cerrados y sin vínculos con la ciudadanía está impulsada por una variedad de factores. Va más allá de la mezquindad que lleva a apartar a otros del partido. Tiene que ver con la incapacidad para vincularse con la sociedad; con el desconocimiento de la problemática de los demás; con la falta de elaboración de alternativas para liderar la representación de los sectores más necesitados, lo que produce una permanente inhibición de esos dirigentes que terminan aislándose de la compleja red social que hoy empuja la agenda política, en especial en los grandes centros urbanos.

La población, al constatar que carece de vínculos con esos partidos, los borra de su lista de intereses. ¿Para qué buscarlos si no les intereso? ¿Para qué respaldarlos si no me toman en cuenta? Y así, en un examen directo y franco de su relación con ese tipo de organizaciones políticas, la gente se les va alejando, bien para respaldar otras opciones, bien para abstenerse, por lo que el ausentismo electoral debe comprenderse no sólo como una mera desaprobación a tales o cuales candidatos, sino también como el resultado de un largo proceso de desconocimiento mutuo en el que el partido no tiene parentesco con la gente y el electorado, en consecuencia, no lo toma como su representante real sino como una referencia ocasional, en época de elecciones.

Los cogollos acaban con los partidos, en general, y con los dirigentes en particular ya que estos últimos se van alejando sistemáticamente de las bases al constatar que los reconocimientos, el ascenso y el éxito “dentro del partido” lo determina la adscripción a determinados grupos de poder (cogollos) y no el servicio a las tesis programáticas o el trabajo reivindicativo en obsequio de los vecinos. La preferencia de algunos medios de comunicación no es sustituto de la endeble relación directa con la ciudadanía, tal como ha quedado demostrado en recientes consultas. Por tanto, es necesario insistir en el desmantelamiento del modelo de cúpulas, de direcciones políticas personales y familiares, para dotar al país de herramientas modernas de participación. Esa es una urgencia nacional. Es un reto que hay que enfrentar con determinación porque, además, está visto que el deterioro de los partidos lo suple el mesianismo y la arbitrariedad. Por eso, las elecciones internas de los partidos son de importancia real para el país.¡Vamos a trabajar!

 

 

 
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