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El ministro del BCV Fernando Luis Egaña Martes, 3 de noviembre de 2009
En teoría, Nelson Merentes no tiene el cargo de ministro sino de presidente del Banco Central de Venezuela. Un organismo que de acuerdo a la letra de la Constitución de 1999 es "persona jurídica de derecho público con autonomía para la formulación y ejercicio de las políticas de su competencia"... ¿Autonomía de quién? Pues del Ejecutivo Nacional, y muy particularmente del Presidente de la República.
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Pero en la práctica, Merentes se desempeña como un ministro más del señor Chávez, y es tratado por éste de esa manera. Su jefe de hecho, que no de derecho, le imparte órdenes televisivas y se ufana de manejar al BCV como si fuera un apéndice de la tesorería nacional. Ello, desde luego, no debería de sorprender a nadie, porque la autonomía del Banco Central quedó sepultada hace varios años ante el poderío fáctico de la satrapía bolivarista. No obstante, el desparpajo público de la situación lleva a recordar un par de asuntos. El primero es el más gravoso: en el fallido proyecto de reforma constitucional del 2007, el señor Chávez propuso la supresión oficial y radical de la autonomía del BCV, y aunque el pueblo venezolano lo desaprobó, el régimen "revolucionario" no se dio por enterado y lo ha continuado sometiendo a sus urgencias financieras, por cierto cada vez más apremiantes. El segundo tiene que ver con las ejecutorías de Merentes cuando ocupó, por vez primera, la cartera de Finanzas. En esa oportunidad, el Gobierno literalmente sustrajo varios miles millones de dólares ahorrados en el Fondo de Estabilización Macroeconómica (FEM) y los dilapidó en gasto corriente. No tenía autoridad legal para hacerlo, pero lo hizo con la soberana impunidad de quien controla a los demás poderes públicos y, por lo tanto, no se siente obligado a rendir cuentas. Visto el precedente, luce "natural" que sea el mismo Merentes quien ahora tenga la tarea de repetir la encomienda con los recursos del Banco Central. La reforma de la ley respectiva tiene la finalidad de terminar de transmutar al BCV en una especie de Banco Industrial, o caja chica lista para enjugar las troneras fiscales. "Banco socialista", le llama la diputada Hiroshima Bravo. ¿Y quién gana y quién pierde? A corto plazo, gana el señor Chávez quien podrá abultar su petro-chequera con adicionales reservas internacionales, así como disponer de más bolívares inorgánicos producidos por las maquinitas del "instituto emisor". Y de todas, todas, pierde la nación y la República por partida doble: más inflación e incertidumbre para los venezolanos, y la destrucción final del principal órgano financiero del Estado Nacional, que no, repito, del Gobierno. Desde que abriera sus puertas en 1940, el BCV se convirtió en la más solvente y acreditada institución económica de la República de Venezuela. En su larga trayectoria llegó a tener algunas temporadas de mengua, es cierto, pero logró recuperarse. El señor Chávez, en cambio, se ha empeñado en acabarla y lo está consiguiendo sin contemplaciones con la ayuda siempre expedita de su ministro Merentes.
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Ramón Azócar
Carmen Cristina Wolf
Alfredo C. Angel |
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