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Opinión y análisis

Autistas o idiotas
Román José Sandia

 
Domingo, 19 de diciembre de 2004

Hay gente que quiere vivir en otra dimensión. Estar en Venezuela pero no enterarse de lo que pasa. Desean que lo que nos sucede no les afecte. Ante cualquier comentario político, responden que no leen la prensa o que no ven las noticias de televisión y que sólo oyen música en la radio.

Después de estos años de intensa confrontación, una buena parte de quienes se han opuesto al régimen chavero ha decidido, por razones de salud (para hablar de manera genérica), tratar de desplazar de sus mentes la tragedia que vivimos. Quieren entregarse al trabajo o a sus aficiones con mayor dedicación, para disminuir el tiempo en que se piensa o se habla de este largo e infame gobierno, ya de seis años.

Pero tal deseo es imposible de concretar. La realidad nos interpela a cada segundo. No podemos evadirla.

Es imposible no verse afectado por lo que pasa, porque este régimen ha logrado asfixiar a todas las instituciones, dejando las libertades públicas al albedrío de quien llegó al poder por los votos pero lo ha ejercido como si hubiese triunfado con las balas. Y en el diseño maestro de una democracia castrada, ha hecho del abuso de los medios de comunicación, con la transmisiones en cadena, un instrumento de proselitismo para mantener cierta adhesión popular mediante la manipulación pura y dura.

Que haya libertad de prensa, ahora amenazada y mediatizada por el esperpento de la ley mordaza, no significa que las críticas al poder tengan un efecto corrector o siquiera sirvan para fundar el debate público. Nunca como ahora el gobierno se ha dedicado a torpedear cualquier intento de establecer la verdad sobre cualquier tema. Al apenas aparecer una denuncia, el aparato mentiroso del gobierno responde con una versión totalmente falsa y a veces desprovista de toda lógica. José Vicente Rangel no es el vicepresidente ejecutivo, sino el especialista en montar “ollas” periodísticas que desinformen sobre todas las actuaciones del régimen. Ese es su verdadero papel: tratar de embrollarlo todo para que la verdad se difumine y el debate se reduzca a un sectario intercambio de consignas.

En la inalcanzable aspiración de ser autistas (quienes sufren de esa terrible enfermedad que los aísla del mundo), bloqueamos los canales oficiales (“de todos los venezolanos”) en nuestro televisor. Al apenas aparecer la figura del infladísimo ego del primer locutor, saltamos a los canales extranjeros. Al pasar raudamente por CNN, quisiéramos que su corresponsal nos diera la noticia increíble de la renuncia más solicitada de todos los tiempos en ese lejano país suramericano donde se comen hallacas en Navidad.

Pero el régimen es omnipresente, si no nos topamos con una carísima valla publicitaria en la que aparece el nuevo padrecito de los pueblos oprimidos, lo hacemos con las pintas callejeras que los revolucionarios a sueldo han esparcido por las ciudades venezolanas para remarcar su abandono y suciedad.

Ya se está volviendo a escuchar con mucha frecuencia una frase que siempre he considerado equivocada y el epítome de la idiotez: “yo no me meto en política porque no como de ella”. Y cuando digo que quien hable así es un idiota, lo hago teniendo en cuenta la tradición griega de donde viene ese vocablo y que significaba desinterés por los asuntos públicos, por los problemas de la polis. Para los antiguos demócratas, un idiota no era merecedor de mayor consideración puesto que sólo estaba inmerso en sus asuntos particulares.

Y esa actitud es irresponsable porque, como se ha repetido siempre, si uno no se mete en política, la política siempre se termina metiendo con uno. Es del mayor conformismo esperar que las cosas cambien solas o con un improbable milagro. En una democracia (o en lo que queda de ella), políticos somos todos, como lo ha dicho Savater.

Ante el dilema de volvernos autistas o idiotas, la decisión no puede ser otra que rechazar ambas opciones, para entonces organizarnos y participar.

rjsandia@hotmail.com

 

 

 
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