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Opinión y análisis

A la caza de oligarcas
Guido Grooscors

 
Jueves, 21 de diciembre de 2000

Después de las “cúpulas podridas” y el “puntofijismo corrupto” ahora el comodín de las arengas presidenciales son las oligarquías, recurso obligado de cuanto asunto es abordado públicamente por el jefe del Estado. Así, las tradicionales salutaciones de fin de año en los establecimientos castrenses han pasado a ser el escenario de agresivos monólogos contra cualquier sector de la población que sea contrario al “proceso revolucionario” y cuyo desprestigio se consagra mediante el endoso del calificativo de oligarca complementado con las consabidas expresiones hirientes y sarcásticas de uso frecuente en el léxico del primer magistrado.

La cruzada que comenzó contra las oligarquías políticas y financieras del patio, bien pronto se extendió a la vecindad tachando a la tradicional clase dirigente bogotana de “oligarquía salvaje y asesina” (esto último por aquello del atentado septembrino contra el Libertador) y ahora ha avanzado hasta otros campos como son, entre ellos, el religioso, el sindical y el educativo en nuestro país, y también extrafronteras, puesto que, según el decir presidencial, gracias a las “intrigas políticas” en el seno de la comunidad andina el proceso de integración subregional se encuentra detenido y no fue posible que los jefes de Estados del área pudieran reunirse en Santa Marta con motivo del 170 aniversario de la muerte de Simón Bolívar atendiendo la iniciativa que, en ese sentido, había asomado el mandatario venezolano.

Así, el Presidente ha encontrado, por de pronto, un nuevo y acomodaticio blanco para sus descargas verbales. No importa que el significado de la palabra oligarquía sea otro: “gobierno dominado por un grupo de personas poderosas que forman una clase social privilegiada” y también: “esta misma clase social, que controla los grandes negocios e industrias de un país”. (Diccionario comprehensivo de la lengua española). De ahora en adelante, la jerga revolucionaria aplicará la expresión a quienquiera discrepe del “proyecto” y pasarán a ser identificadas como oligarcas personas que nada tienen que ver con el verdadero sentido del vocablo.

Mientras tanto, el país seguirá esperando que el titular del Ejecutivo Nacional se resuelva a gobernar, para lo cual ciertamente fue elegido, en tanto que no lo fue para distraer su valioso tiempo en un interminable discurso destinado a promover como siempre la división del país en dos segmentos irreconciliables, esta vez entre oligarcas y patriotas, siendo que el presente y el futuro de Venezuela nos interesa por igual a todos, cualquiera sea nuestra ubicación política o condición social. Lo cual pareciera no entenderlo el primer magistrado, pues hasta ahora su conducta ha estado dirigida a fortalecer un régimen autoritario y hegemónico, bien alejado de las bases que sirven de sostén a una auténtica democracia y no a la de fachada, presuntamente “participativa y protagónica”, versión Constitución de la República Bolivariana de Venezuela que, tal como va, quizás pasará a ser el texto constitucional en nuestra historia política que acumulará en el más breve lapso el mayor número de violaciones.

grooscors@asesorac.com

 

 

 
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