Conducir, es un proceso que debe ser regido por normas adecuadas. Conducir un vehículo requiere de conocimientos prácticos sobre las bondades y posibilidades del mismo y de conocimientos teóricos sobre las disposiciones que regulan esa actividad.
Conducir una empresa exige una formación sólida, una definición precisa de los objetivos que se persiguen y una evaluación realista de los recursos con que se cuenta.
Conducir una familia, exige de los padres, una comunicación activa, entre ellos y con los hijos, para que todos tengan bien definido el norte y el camino a seguir en el desempeño de sus vidas; lo cual requiere de ocuparse de temas tan variados como la atención de la educación, la salud, la seguridad, le formación ética y religiosa y el respeto en las comunicaciones interpersonales.
Conducir un país exige y requiere, además de la acumulación de todas las características antes anotadas, una dosis infinita de comprensión hacia todos los sectores de la sociedad para lograr el equilibrio necesario que suministre a los gobernados la mayor suma de bienestar y felicidad.
Los procesos que venimos sufriendo durante los últimos años solo han servido para dividir y enfrentar a los distintos sectores de la sociedad, para indisponer a la nación en el concierto internacional, para armar un disparate jurídico que necesitaría muchos años para su corrección y que con toda seguridad agravará la inseguridad que nos coloca entre los sitios menos deseados por el mundo inversor.
En adición y por si fuera poco, se ha recurrido a la absurda asesoría, teórica y práctica, de personas de otras nacionalidades que lejos de aportarnos valores positivos, nos hunden en el océano de países que se sumergen en sus propias desgracias.
Venezuela tiene valores y recursos materiales y humanos que nos permiten otros destinos.
Llamar, a lo que esta sucediendo, estulticia nos parece piadoso, de lo contrario tenemos que pensar en la mala fe.
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