Caracas, Jueves, 24 de abril de 2014

Sección: Política

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La enfermedad nacional

Paulina Gamus

Miércoles, 13 de junio de 2012

Hace algunos años, si no me equivoco después de la salida de Chávez del poder y su retorno en abril de 2002, sus acólitos pusieron de moda el lema “Chávez los tiene locos” para referirse a las angustias que el susodicho provocaba en la oposición







   Foto: Google
 Y era absolutamente verdad: veíamos y oíamos cada cosa entre quienes militábamos en la contra del presidente renunciado y resucitado, que debíamos admitir -aún a nuestro pesar- que había muchos trastornados unos y definitivamente orates otros. No era para menos, vivíamos sumergidos en cadenas casi diarias de seis y siete horas llenas de insultos, amenazas y vulgaridades.

Y, para colmo, ese ser que había dividido a Venezuela en dos bandos irreconciliables, ganaba elección tras elección. Confieso que este último hecho me llevó muchas veces a pensar que nuestra locura, es decir, la del sector que adversaba al comandante golpista, consistía en no ser capaces de apreciar las virtudes de su gobierno, esas que la mayoría de electores siempre rondando el 60%, saludaba y aplaudía en cada ejercicio electoral para darle su voto de manera entusiasta. Para volver a la realidad recordaba aquel afiche magnífico que vi una vez en Nueva York y que rezaba: “Coma m….., 1.600.000.000 trillones de moscas no pueden estar equivocadas”

Pero ocurrió que en el mes de junio de 2011, hace apenas un año aunque parezca que han transcurrido siglos, el país entero quedó en estado de shock al enterarse por boca y figura del presidente, de la grave enfermedad que padecía. ¡!Cáncer!! El enfermo viajó a Cuba, se quimioterapizó, se hinchó, quedó calvo, volvió supuestamente curado pero con la maldad repotenciada expropiando, atropellando, encarcelando, insultando. Fue así como empezó entonces otro tipo de polarización: la de los que creyeron (y creen) que la enfermedad ha sido un invento estratégico y la de los convencidos de que el hombre está mal. Estos últimos subdivididos entre quienes aseguran que tiene un pie en la sepultura y aquellos que si bien no niegan la gravedad, creen que puede durar vivo meses y hasta años.

La situación de incertidumbre provocada por el misterio con que se rodeó el tipo de cáncer presidencial, dio lugar a otros fenómenos dignos de aparecer en el catálogo de Ripley: un periodista transformado en el oncólogo más leído, oído y creído del país y un grupo de médicos de diferentes especialidades opinando sobre un enfermo al que jamás auscultaron. Uno tuvo que irse del país, otro que se había ido hace años al Imperio, se transformó de la noche a la mañana en estrella mediática internacional dictando cátedra por aquí y por allá sobre el tipo de cáncer, el alcance de la metástasis y hasta la localización e intensidad de los dolores que padecía el presunto agonizante y su estado de ánimo.

 Vino entonces la recaída: otra vez Cuba, nuevos tratamientos, desaparición del presidente por semanas, interregno presidencial, quién gobierna aquí, Consejo de Estado como paso preparatorio de la sucesión, peleas internas en el chavismo por quedarse con el coroto, médicos brasileros que dejan colar sus informes con ignorancia de la ética de un colega griego llamado Hipócrates, más partes del periodista oncológico, nuevas opiniones de médicos desde pediatras hasta ginecólogos. Reapariciones fugaces del desahuciado y millones de televidentes tratando de verlo curado, unos y muriéndose los otros. ¿Te fijaste que tenía una mancha verde en la cara? ¿Viste cómo caminaba arrastrando los pies? ¿No te diste cuenta de que sudaba a chorros? En la Semana Santa hubo llantos y súplicas del doliente ante Jesús Cristo en la iglesia de Barinas, entonces bajó considerablemente el número de los que lo creían fuera de peligro y creció el de los que aseguraban que el desenlace fatal era cuestión de días.

Así llegamos al 11 de junio de 2012, día de la inscripción de su candidatura. El hombre no caminó ni dos metros, llegó en un camión igual a los que utilizan las reinas de carnaval, estaba más hinchado que nunca pero saludó, gesticuló, cantó, recitó, insultó, vociferó y discurseó por más de tres horas. ¡La debacle! Hasta personas serias, médicos respetables, periodistas sagaces, han escrito que la enfermedad es una farsa. Chávez se dejó hinchar a fuerza de esteroides, se afeitó el coco, practicó por horas el llanto patético y las súplicas al Altísimo con la asesoría del oscarizado actor Sean Penn, puso a llorar a su mamá y a sus hijas, hizo que todos sus cortesanos ensayaran caras de circunstancias. En fin, el culebrón más extraordinario de todos los tiempos.

La pregunta lógica que pocos se hacen es ¿con qué objeto? ¿cuál ha sido la motivación para ese teatro tan alambicado? ¿con que finalidad han fingido Chávez y su entorno un cáncer que no existe? Si su popularidad sigue rondando el 50% y si el abuso mediático le asegura un cuasi monopolio de la publicidad electoral, para qué tenía que acudir a esa tragicomedia tan riesgosa seguida por toda la prensa internacional?

La única respuesta que se me ocurre es que quizá el candidato a la reelección eterna esté sano pero ha logrado que los treinta millones de habitantes de Venezuela, incluyendo sus seguidores, estemos locos de remate. Ahora si no cabe duda, Chávez nos tiene locos y no se salva nadie.

gamus.paulina@gmail.com

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