Desde el puente Temor al futuro Oswaldo Alvarez Paz
Lunes, 20 de diciembre de 2004
Para la generación de venezolanos incorporada a la política a la caída de la dictadura en 1958, esta es la Navidad más incierta y triste de todas. No por el hecho de la Natividad del Señor, en cuya conmemoración buscaremos fuerzas para seguir adelante con fe y coraje para no caer en las debilidades a la vista, sino porque después de casi medio siglo de combate por la libertad y la democracia, jamás había estado tan reducido el espacio para la vigencia de sus principios fundamentales. Venezuela está dominada por el temor al futuro. La construcción acelerada del marco legal para criminalizar la disidencia y acelerar la revolución castro-chavista, una vez concentradas en manos presidenciales todas las ramas del poder público y el dinero y el crédito del país, los anima a arremeter contra todo y contra quienes se opongan al régimen o tengan cuentas pendientes de los últimos seis años. No es malo recordarles, a estos últimos, que en los gobiernos totalitarios quienes buscan perdón por arrepentimiento terminan siendo víctimas seguras.
Todavía es temprano para juicios definitivos, pero nuestra generación no quedará bien ante la historia. La mayoría de las democracias se derrumban cuando no trasmiten sus valores de una generación a otra. La pobreza no es la única razón, ni la más importante. Son muchos los sentimientos encontrados cuando pensamos en la Navidad de los presos, de los exilados, de los perseguidos, de las víctimas de la violencia física o institucional. O en la nobleza de la gente del petróleo y la marina mercante, de los oficiales disidentes, de los familiares de los muertos y heridos del pasado reciente y de este año de tragedias sin fin. La dictadura avanza. Se propone confiscar fincas en plena producción de acuerdo a recientes decretos. Cierra para el ciudadano común el aeropuerto de La Carlota, ordena la salida inmediata de los aviones y no sabemos que hará con las mil millonarias inversiones privadas en bienechurías y, tan grave como eso, restringe la libertad de circulación al eliminar las aduanas y puntos de control migratorio existentes en los aeropuertos privados con el solo afán de controlar todo y a todos. Es el final. Los venezolanos que no estamos presos vivimos en libertad condicional. Estamos bajo sospecha de ser contrarrevolucionarios, nuevo delito de grave sanción aunque no este aún tipificado, ni la pena establecida abiertamente. A pesar de todo no nos rendiremos. Jamás aceptaremos un gobierno castrista en Venezuela. Así el continente permanezca indiferente, el mundo en silencio y muchos desconcertados se limiten a sobrevivir aún a costa de pedazos de dignidad. En el control absoluto del poder político y económico está la debilidad del régimen. Apela al terror y a la represión no porque esté muy seguro de su estabilidad, ni de gozar del respeto ciudadano. Perdió toda autoridad moral. Es difícil aceptar y vivir en un nuevo régimen de terror en pleno siglo XXI.