De las “virtudes” útiles en política carezco de una, la hipocresía. Palabras más, palabra menos, las tomo de algún texto de Andrés Eloy Blanco leído hace mucho tiempo. La recuerdo cada tanto, especialmente cuando las caretas se multiplican en esta farsa infinita en que han convertido la política venezolana. Esta Navidad es una de las más preocupantes que pueda recordar. Mirando de frente el futuro inmediato no veo nada que pueda abrirle espacio al optimismo. Estoy profundamente pesimista, aunque también haga mío aquello de que un pesimista no es otra cosa que un optimista realista. No hay nada que me indique que las cosas puedan ir para mejor y muchas que señalan lo contrario… a menos que enfrentemos la dura realidad con la claridad, la mística y el coraje que impone una verdadera labor de liberación nacional.
Escribo el día de Navidad, con el sentimiento de tener cerca muchos seres queridos. Algunos de los hijos y nietos, unos cuantos amigos íntimos y el repaso mental de las jornadas cumplidas a lo largo del año. Hemos retrocedido en la lucha por los principios fundamentales del estado democrático. Estamos en mayores dificultades que al inicio del año que concluye. El pensamiento y el corazón vuelan hacia los presos políticos, los exilados por cualquier causa legítima y hacia quienes sufren persecución y acoso, violencia física e institucional por no doblegarse ante un régimen canallesco y bribón. Fuimos formados en una familia de luchadores. Sabemos lo que significa pasar la Navidad y recibir el año nuevo junto a los presos y sus familias. Siete años de nuestras vidas, con sus correspondientes martes en la mañana de todas las semanas, cumplimos con ese ritual. Ese tiempo selló nuestro tránsito de la infancia a la juventud, sembró en nosotros el sentimiento de rebeldía frente a la injusticia y una vocación libertaria que no se mezcla con desviaciones ideológicas porque está referida a derechos naturales inalienables de todo ser humano por el simple hecho de serlo. Mi familia no fue la única. Fueron muchas más, algunas quizás con mayores dificultades para enfrentar las exigencias de la vida y la educación de los más jóvenes. Han transcurrido más de cincuenta años desde entonces y ahora, en pleno siglo XXI, en nombre de la revolución castro-chavista que avanza torpe pero firmemente, la situación se repite pero con una perversidad tal que logra enrojecer de vergüenza a los pocos socialistas honrados que van quedando en nuestra patria.
Ésta tendría que ser la primera bandera de la resistencia frente al régimen. La liberación de los presos y la libertad más plena para todos los que la tienen restringida. Las Iglesias son fundamentales para alcanzar el objetivo. A la nuestra, a la católica, le recordamos que no basta con enunciar el pedimento, con preocuparse. Hay que ocuparse de manera directa y eficiente. Si eso es hacer política, pues… ¡hagan política! La Justicia Divina se cumple en la tierra a través de los seres humanos.