Los cambios que vienen en la relación Cuba-EE UU ya están influyendo en los movimientos internacionales de Chávez. La jubilación forzosa de Fidel Castro parece darle paso a un equipo de gobierno un poco más pragmático en La Habana. Y no se piense que Fidel no lo era, sólo que razones históricas y retóricas le impedían hacer pública la intención de entenderse con el vecino norteño. Allí están, como prueba de ese pragmatismo -que violaba el supuesto bloqueo-, las compras millonarias de granos a los granjeros norteños, pagadas al contado, y la recepción del turismo y de las remesas de cubanos-gringos.
Con la capilla ardiente del cadáver de Castro, su heredero fraterno ha avanzado la oferta de entenderse con el “diablo” Bush, el mismo que chistosamente fue ofendido por el portador de la chequera que camina. A pesar de todos los miles de barriles que en nombre de los venezolanos Chávez regala a Cuba, no podrá el caudillo sabanetero impedir un cambio en las relaciones cubano-estadounidenses. Otra vez, Venezuela será convidado de piedra en los negocios de quienes ayuda. Así como Argentina, que le chupa dólares pero a la hora de las chiquiticas no le hace caso a la estrategia chavista.
En su manipulación ilimitada, Chávez planteó el debate electoral que finalizara el 3 de diciembre pasado como una lucha desigual contra el emperador George W. Bush. En los meses de la campaña, ni siquiera mencionó por su nombre al candidato opositor Manuel Rosales, desincorporado por tres meses de la Gobernación del Zulia. Le había asignado a éste el papel de procónsul apenas. El verdadero candidato de la oposición, según Chávez, era el presidente Bush, el nieto de Prescott e hijo de George .
Pero ya Chávez cogió seña. Si los cubanos harán sus negocios con los gringos solos, no va a quedarse él fuera de la fiesta. Ya hemos visto cómo el encargado de los asuntos latinoamericanos del Departamento de Estado ha bendecido la victoria de Chávez. El funcionario Shanon, a nombre de la Casa Blanca, ha olvidado agravios y ha dado paso a los intereses. El gobierno de EE UU puede mirar para otro lado y no darse por ofendido por la catajarria de necedades que ha dicho Chávez, si éste no ha dejado de vender ni un solo barril de petróleo al mercado estadounidense. Ni le ha cerrado las puertas a las transnacionales yanquis. Igualmente, las importaciones provenientes de EE UU han llegado a un nivel récord, sobre todo las provenientes del “odiado” estado de Florida, tan visitado por la boliburguesía.
Hasta la promesa de reducir la producción venezolana es recibida con escepticismo por los socios de Venezuela en la OPEP. El desgobierno chavista no puede darse el lujo de cerrar el grifo petrolero con tantos compromisos clientelares en el país y en el extranjero. La verdadera producción no llega a los 2 millones y medio de barriles diarios y el alto consumo interno no puede ser moderado con un alza en los precios, porque la demagogia inherente al chavismo no lo permite.
En este cuadro de realidades, el discurso antiimperialista no pasa de ser un saludo a la bandera. Ya vimos al embajador Brownfield asistir a una reunión con el canciller Maduro en la Casa Amarilla. El antiguo chofer del Metro no saltó del balcón -como Cipriano Castro en episodio sísmico registrado- al ver el espectro del embajador del diablo. Al contrario, en reunión cordial comenzaron a explorar cómo limar asperezas y poner al día los negocios. Como debe ser. Sólo algunos inocentes, de lado y lado, creyeron que Bush, al verse derrotado en las elecciones “más transparentes”, mandaría el portaviones Eisenhower a las aguas de La Guaira para que las tropas especialistas en guerra asimétrica –comandadas por el octogenario general reactivado Müller Rojas- repelieran su ataque. Ya Maduro también olvido el ultraje del aeropuerto neoyorquino.