Las navidades han cambiado tanto su concepto original que ha terminado en sólo una acción de comprar en centros comerciales y hasta buhoneros, olvidándose de dar gracias y celebrar un año vivido por la buenaventura de Dios y el esfuerzo de la familia.
Será acaso que en un mundo globalizado e interdependiente que se sustenta a través del mercado, pueda haber tapiado los rasgos que caracteriza al ser humano, de un simple animal que camina erguido en dos patas; O será acaso que la evolución de la sociedad va hacia el consumo por el consumo, y los nuevos valores se sustentan en el que más consuma; Parece tonto, pero cualquier persona hoy por más humilde que sea, puede vivir en mejores condiciones tecnológica y sanitaria que cualquier príncipe de la época feudal; pero el más rico de nuestra contemporaneidad puede ser un simple mendigo de espíritu, de cualquier periodo antes de la guerra fría.
El gravísimo problema que vivimos, estriba en que cada día somos mas interdependiente de todo aquello que nos nutre la tormentosa soledad globalizada, producto de una súper información inimaginable apenas hace más de una década, pero que a la vez nos aísla físicamente entre un tablero de computadora y una fría pantalla con trillones de imágenes.
Hay algo que no puede dar la tecnología, ni el Internet, ni el mundo de la información galopante, y es el refugio del calor humano, la fragancia de flores de azares, la mirada tierna de unos ojazos negros, la dulzura de la sonrisa de la abuela o los berrinches de los sobrinos.
La navidad como las de nuestra niñez jamás volverán ni serán iguales, el tiempo vivido es un tiempo consumido que se refleja en nuestra memoria histórica, llegándose a sublimizarse; lo que sí debe de ser una reflexión es que el tiempo por venir traiga con sigo la valorización del hombre, de su entorno, de su habitad, de su acción connatural, y que tendamos a valorizar mas la interdependencia de los afectos, que la de los obsequios materiales.
Ojalá que Venezuela deje de ser una nación ¡tan rica! ¡pero tan rica! que se hunde en su miseria, que llega a ser tan grande como su basura, y que los hombres que conduce nuestro destino desaceleren el carro de los obsequios para los vecinos, y le den a su pueblo lo que es de ellos por derecho.
Ojalá que las navidades no siga la vía de extinción del mercado, parecido a la espada de Damocles, como Venezuela con su riqueza.