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Eppur si muove Rómulo Ruiz Martes, 30 de junio de 2009
Uno de los mayores vicios que han acusado los gobiernos Venezolanos a lo largo de nuestra historia Republicana, es la vieja costumbre de intentar abolir la historia y decretar que el progreso y la modernidad comienzan con el gobernante de turno. Esto va más allá de una simple cláusula de estilo donde se señalan errores del pasado y la manera de corregirlos, distanciándose de gazapos anteriores. En realidad la triste práctica nacional va más allá de eso. Aquí se destruyen las bases del pasado, y se intenta borrar de los libros todo avance que no sea propio.
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Hoy en día el ataque indiscriminado al periodo conocido popularmente como IV República es costumbre tanto de oficialistas como de gran parte de la oposición. Esta generalización no solo es incapaz de resistir el más mínimo análisis histórico, sino que evidencia una gran deshonestidad intelectual con el único cometido de alcanzar por la vía fácil un mayor capital político. Con esto no pretendo glorificar una época de altos y bajos, sino dejar en claro la necesidad de un análisis lo más objetivo posible. Logros hubieron muchos, como la alfabetización nacional, la reforma agraria, la masificación de la educación (de 2 centros Universitarios en 1935 pasamos a los cerca de 100 que existen hoy), la nacionalización del petróleo, la creación de PDVSA, las grandes obras de infraestructura, y un largo etcétera. Por supuesto, los grandes vicios como la corrupción y el clientelismo, junto a la mala planificación y la sobre-estatización de la economía llevaron al colapso del sistema socioeconómico, pero los logros siguen a la vista, solo un ciego o un hipócrita serían incapaces de reconocerlos. La historia siempre estará ahí aunque intenten borrarla, su veracidad no podrá ser puesta en duda por mentes reaccionarias. "Y sin embargo se mueve", como dijera Galileo. Y es aquí donde pasamos de la negación de la historia a una vertiente más peligrosa aún: la negación del adversario, característica de las cruentas guerras religiosas que han desangrado a la humanidad por siglos. Simplificar a una masa de más de 5 millones de personas como burgueses, oligarcas, pitiyankees y cachorros del imperio no es más que desconocer la realidad, que vivimos en un país dividido, no en lo económico sino en lo político. Y si no conseguimos que todos rememos en la misma dirección, no vamos a alcanzar el tan ansiado progreso y seremos devorado por la vorágine de cambios originados por el proceso globalizador. Es hora de unirnos, oficialistas y opositores, o resignarnos al fracaso. La batalla no debe ser por el corazón, sino por la mente de los venezolanos. Debemos ir más allá del sentimentalismo barato, de la manipulación rastrera. Debemos elevar el nivel del discurso, aún sabiendo que ese es el camino más largo. La única manera de unir a los venezolanos es alrededor de un verdadero proyecto político, que amalgame las inquietudes de todos sectores de la vida nacional. Un nuevo plan de Barranquilla, que trace la ruta que debemos seguir para levantarnos de las cenizas de la historia. Si queremos verdaderamente revolucionar a Venezuela, debemos apelar a algo más que al mínimo común denominador, debemos elevar la barra, apostar por la demostrada capacidad de los ciudadanos de asimilar un proyecto. Unidos, lo podemos hacer. No tengo la menor duda.
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Fernando Estrada Gallego
Francisco Alarcón
Alfredo C. Angel |
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