Al igual que la “bestia” el 666, el teniente coronel Chávez Frías lleva la derrota marcada en la frente. Porque, aunque diéramos por buenas las cifras suministradas por el CNE, que tan sólo son una relativa de los buenos ciudadanos que concurrieron al acto de votación, la administración de los negocios públicos no variará, en absoluto, su dinámica como para sorprender favorablemente a los venezolanos.
Todo va a continuar igual de malo y hasta peor. La demagogia, elevada a potencias inimaginables patente en la catarata de ofrecimientos incumplidos, lanzados al aire en cada perorata; la negligencia que ha permitido el deterioro, hasta niveles de escombro, del sistema de salud con instalaciones hospitalarias mugrientas y sin dotación, inhabilitadas para tratar a quienes requieren de atenciones que superan las posibilidades de Barrio Adentro; la indolencia palpable en el desinterés por aprobar y poner en marcha un sistema de seguridad social eficaz y eficiente; la voluminosa y sólida incompetencia presente en todos los actos gerenciales del Estado constatable en la lentísima y casi inexistente recuperación del derruido Estado Vargas, incluido el viaducto de la autopista; y la corrupción, la escandalosa corrupción generalizada que corre pareja con los demás vicios y golpea la dignidad del venezolano aunado al control absoluto del poder, exaltan su debilidad.
El tiempo transcurrirá paciente e inexorable. El colectivo despertará dolorido por el mal que le aqueja habiendo acumulado experiencia y rabia, decisivas para el momento del reclamo. Los pueblos son pacientes pero no olvidan agravios. A la hora de cobrar no los detiene 100 ni 200 mil kalashnikov y enfrentan al signado con el 666. La derrota del triunfador se materializa.
Por eso no hay espacio para la congoja en el espíritu de los seres libres.