Mañana es Navidad. Termina otro año terrible. Cierra un quinquenio en el que Venezuela ha sido destruida por la corrupción y la mediocridad de Hugo Chávez y su gobierno. Resistidos a no reconocer el rechazo del pueblo, temen al juicio histórico que política y judicialmente seguirá al más terrible e inmoral fracaso de que tenga memoria el continente americano. Hicieron de la vida pública un pantano, desprestigiaron a buena parte de la izquierda decente y democrática, a esa que consciente o inconscientemente ha servido de marioneta a la barbarie. Embaucó a los más pobres y deshilachó las instituciones públicas y privadas. Se ha dicho que los países nunca quiebran, pero Venezuela está quebrada económica y moralmente, aunque siempre existirá y enormes siguen siendo sus reservas humanas y materiales. Pero lo que no mata fortalece y estamos vivos. En cambio, el régimen muere irremediablemente. Hasta ahora los principios constitucionales han sido burlados por un Presidente ajeno a las obligaciones que ellos le señalan. Llega irremediablemente al final con la voluntad popular concretada institucionalmente ante el CNE. No hay forma de impedir la caída. El manipulador de ingenuos no podrá apelar a irregularidades inexistentes y hechos desnaturalizados cínicamente. El último recurso que le queda es la violencia abierta y la represión indiscriminada. Más le vale no intentarlo nuevamente. Oramos por la paz sobre la base de la justicia, pero si el gobierno sigue por este camino, el pueblo venezolano ejercerá su derecho a la legítima defensa. Nadie podrá cuestionarlo.
El 2004 se acerca esperanzador. Un fuerte abrazo solidario para los hombres y mujeres del petróleo y la marina mercante, los militares disidentes dentro y fuera de los cuarteles, para sus familias y para las de las víctimas del crimen organizado, político o hamponil, da lo mismo. Nada quedará impune, los victimarios serán ajusticiados y el orden esencial de la vida finalmente se impondrá. Está amaneciendo.