Caracas, Domingo, 20 de abril de 2014

Sección: Política

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Encarar al miedo

Germán Gil Rico

Viernes, 3 de agosto de 2012

El miedo, esa angustia que nos atrapa ante un peligro real o imaginario. El sabernos indefensos frente a las fuerzas de la naturaleza, a bestias feroces o a un acontecimiento que a nuestra psique se le antoje catastrófico. Todos lo hemos sentido en algún momento







   Foto: Google

Los habitantes esta “tierra de gracia”, desde cuando el Almirante se la tropezó en el camino, hemos estado condicionados por el miedo. Quienes desembarcaron en 1492 ante un mundo que, acertadamente, percibieron hostil. Quienes los vieron llegar, asombrados ante seres que no obedecían a la tipología conocida por siglos.

Salvo en cortos intervalos de libertad democrática, los venezolanos hemos vivido muertos de miedo. La muerte siempre acechante, encontró en las guerras endémicas vía libre y derecho para diezmar la población a tiro limpio o con la secuela de enfermedades y hambrunas que fue dejando a lo largo del interminable Siglo XIX.

Por lo prolongado del último intervalo democrático de un poco más de 40 años (1958-1999) creímos habernos liberado a perpetuidad del chafarote y del miedo; síntesis del sistema político que imponen la bota y las bayonetas. En algún tranco del camino olvidamos que los pueblos son de frágil memoria y lo necesario de la prédica constante de los valores democráticos, apuntalándolos con políticas de inclusión social. De la más profunda caverna emergió el monstruo. Capturó el poder y allí está destruyéndolo todo mediante la insania de su prédica enaltecedora del odio social y racial, abonado con incompetencia administrativa y corrupción generalizada, verdaderos tacos de dinamita en la base moral de la nación.

Así, tenemos por gobernante a un desadaptado social que, sin querer queriendo, mira para otro lado mientras los delincuentes toman las calles y amedrentan la población, como si de un pacto se tratara. Por eso la gente sale en estampía del trabajo a refugiarse en su casa donde cree estar seguro. Porque caminar por nuestras calles, pasear por bulevares, disfrutar parques, ir al teatro, al cine, a restaurantes o acudir a cursos nocturnos es tan suicida como desplazarse por campos minados… Y el miedo se nos está metiendo en el cuerpo. Porque no sabemos cuando toparemos con el asaltante que podría asesinarnos o si seremos alcanzados por los disparos hechos desde un vehículo que se perderá en las sombras de la noche a la caza de nuevas víctimas.

Peores desgracias han ocurrido en otros países y la ciudadanía ha derrotado la maldad. Los venezolanos no somos mejores ni peores que otros habitantes de la tierra. Tenemos fuerza moral y coraje como para, en colectivo, encarar el desmadre delincuencial y pararle el trote. Es cuestión de determinación. Es menester que las alcaldías, las ONG y las comunidades organizadas, al tiempo que reclaman protección policial, convoquen a la población para reconquistar las calles y todos los espacios públicos de nuestras ciudades que los delincuentes han tomado por asalto. Una opción sería SALIR DE NUESTRAS CASAS, de día o de noche y comenzar a hacerlo, en grupos, todos los días y todas las noches, para que el malandro se entere de lo que somos capaces, que no le tenemos miedo y que lo vamos a sacar de nuestras calles.

 

gergilrico@yahoo.com

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