Más que para esperanzados soñadores como quien suscribe, el asunto bien podría ser materia de investigación para estudiantes de periodismo o de ciencias políticas, pero confieso que de cuantos he vivido y padecido es este el único gobierno que ha carecido de luna de miel.
Hasta fines de 1998 acostumbraban las llamadas fuerzas vivas del país a proveer a cada nuevo gobernante, tan pronto tomaba posesión o más bien desde que era candidato de presentes de rosa y aguamiel, tiempo en el cual todo era carantoñas, encomios, aprobaciones, apologías, exultaciones, abrazos, aleluyas... y recomendaciones. Muchas de estas últimas, huelga decirlo, eran aceptadas con fruición por el ungido por lo que acto seguido conspicuos personeros o recomendados de aquellas fuerzas ocupaban curules, ministerios, gobernaciones o embajadas. Ver sus nombres y averiguar a qué grupos económicos o qué intereses representaban podría ser ejercicio útil para entender parte de nuestra historia contemporánea.
Bien visto, todo ello era comprensible. Aquellos gobernantes, antes que nuestros, eran sus gobernantes.
Desde diciembre de 1998, sin embargo, todo parece haberse trastocado, dislocado, trabucado, conturbado, descoyuntado y desconcertado para ellas.
¿Por qué tal salto endiablado?
¿Qué habrá hecho Hugo Chávez para que tanto pudoroso negociante, tanto infuso economista, tanto seráfico obispo, tanto furtivo o pantallero palangrista, tanto intelectual de humo o metralla, tanta señora empingorotada y tanto niño bien hayan echado a volar día tras día, hora tras hora, sus desconsuelos, aprensiones, prejuicios, grescas, tramas, maquinaciones, denuestos, difamaciones y falsedades? ¿Será que el atrevido comandante desenterró las viejas querellas de aquellas cédulas de gracias al sacar de los tiempos coloniales que tanta turbación causaran a los amos del valle porque permitían a la chusma parda y mestiza parecer gente?
Confieso que cuando he estado a punto de protestar por los errores y omisiones de este Gobierno, me reconcilian con él las manifestaciones de aquellas fuerzas vivas y la carencia de ética de ciertos (y no pocas veces sus) medios de comunicación. Es entonces cuando me sale escribir más bien este Somari del tiempo nuevo:
Lo que uno llama nuevo es siempre viejo
Pero algunas cosas han cambiado
El reloj ya no hostiga
Menos agria
es la calle
Desoladas o impúdicas las plañideras resignáronse a flujos
Los viejos políticos naufragan en congojas y sus discursos
parecen cada vez más póstumos
El loro ya no se burla de nosotros.
Y la gente que sale del trabajo disimula una extraña sonrisa que comparto.
Gustavo Pereira en La BitBlioteca