En 1998, la sociedad venezolana prefirió el proyectil a la aspirina para aliviar el dolor de cabeza que provocaban los partidos. Fue cierto que el candidato triunfador sorteó las dificultades de su ascenso gracias a una alianza de organizaciones que –después- lentamente desflecaría, pero no menos cierto es que aprovechó, alimentó y administró el desprecio hacia la institucionalidad partidista, emblematizado el ya olvidado término de “cogollocracia”, para justificar finalmente la existencia de un partido único.
En largos ocho años, el régimen no ha podido dar con otra fórmula capaz de canalizar la imaginación cívica, llamándolos apenas “asociaciones con fines políticos” y quitándoles todo financiamiento público. Irreductibles, no hay democracia sin partidos y, cuando ella se convierte en una ficción más, el títular del poder automáticamente se convierte en un partido en sí mismo, bastando su definitiva constitucionalización con la sola idea de una reelección indefinida.
El beneplácito del sector militarista del MVR no tiene límites ante las corrientes más o menos civilistas que sobreviven en su seno, incluyendo a las otras entidades subsidiarias que conforman los espacios privilegiados del oficialismo. Estas creyeron superar el problema con el diferimiento de un debate lanzado por el Candidato-Presidente antes del 3D, planteando variaciones vistosamente etiquetadas: un frente o una coalición patriótica explicaría nada más y nada menos que una conveniente como larga transición, cuya primera virtud sería la de deshacer poco a poco la mortal amenaza, pero es el Jefe del Estado y Presidente del Gobierno, el Comandante en Jefe de la Fuerza Armada Nacional y Presidente del MVR, el que les ha propinado un “corren o se encaraman”.
De modo que no está en discusión la no menos genial idea monopartidista y quedará para los inquietos especialistas indagar en torno a las “exquisiteces” de una democracia participativa y protagónica vapuleada al interior de un oficialismo que –curiosamente- tiene no pocas correspondencias con la oposición. Exactamente, una de ellas pasa desapercibida por la opinión pública, pero se evidencia al examinar realidades como la de COPEI, empecinado Eduardo Fernández en las sombras con una reforma estatutaria a su medida que impida el cabal ejercicio democrático interno y pulverice el carácter real, frontal, convincente y diligentemente opositor al que aspiramos sus militantes.
Otras propuestas, como la de incluir nuevamente el financiamiento público de los partidos en una revisión constitucional, según lo ha manifestado el PPT, queda sepultada por la gravedad misma de un intento de reforma que trae a la mesa de debates lo que Pedro de Vega ha calificado de dramática o patética disyuntiva entre el principio político democrático y el principio jurídico de supremacía constitucional, pilares del Estado Constitucional. Además, zanjando la diferencia, frente a la democracia representativa está la democracia directa o de identidad que, por definición, no requiere de mediaciones y, mucho menos, partidistas: ¿es necesario decir quién es el beneficiario en Venezuela después de monopolizar sus grandes recursos petroleros, mediáticos y bélicos?.
Por consiguiente, si desean salir en la foto, deben correr y encaramarse lo mejor que puedan los partidos que rinden culto a la personalidad presidencial. El tesoro nacional los une y, de no recuperarse la oposición al reivindicar la existencia misma de la institución partidista, el tiempo les dará la razón alojados en las cumbres confortables del poder.
Punto Fijo y otros puntos
Advertencia previa, el autor señala que está por escribirse la historia de un país envuelto por la pugna entre dos modelos de conducta político-social: la concertación y el enfrentamiento. Naudy Suárez Figueroa apenas recoge y esboza una mínima parte de las reflexiones y datos que se encuentran en la bóveda de sus prolijas y detalladas investigaciones, a través de un breve estudio premilitar que la Fundación Rómulo Betancourt ha tenido a bien publicar bajo el título “Punto Fijo y otros puntos. Los grandes acuerdos políticos de 1958” (Caracas, 2006).
¿Hubo otra fórmula para superar el sectarismo, la intolerancia, el canibalismo y otros desencuentros, distinta a la tregua, la coalición, la moderación del esfuerzo opositor y el gobierno unitario, al caer la dictadura de Pérez Jiménez?. Obligadamente un “destilado ecléctico” y un máximo de convergencia programática (pp. 51 y 62), marcan al Pacto de Punto Fijo del 31 de octubre y a la Declaración de Principios y Programa Mínimo Conjunto del 6 de diciembre, ambos de 1958, gozando de una legítima representación las organizaciones partidistas y sociales, y suscitando el apoyo prácticamente unánime de una sociedad que muy bien expresaron textos como los de Rodolfo José Cárdenas, Domingo Alberto Rangel, Luis Herrera Campins y el propio José Vicente Rangel.
Los acuerdos manifestaron los intereses de diversas corrientes sociales y recogieron una abundancia de propuestas, muchas de ellas novedosas, como muy pocas veces se había visto en nuestra historia republicana. La “formidable coalición de fuerzas sociales coyunturalmente concertadas” (71 s.), supo de una “riada de documentos de carácter programático” (49) que forzosamente contrastan con la actual ausencia de un consenso básico en Venezuela y la radical orfandad de propuestas que se esconde en algo que llaman socialismo del siglo XXI, luego de haber confiscado la crítica liberal hacia el puntofijismo de mediados de los noventa para convertirla en una trinchera de estigmatizaciones que ya los está alcanzando, implacablemente.
Valga mencionar que los venezolanos somos acreedores de Suárez Figueroa: ojalá abra pronto su bóveda a las casas editoriales. Seguramente, serán valiosos, interesantes y estimulantes sus aportes.