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Opinión y análisis

Café del Día
Nosotros y el presente
Roger Vilain

 
Lunes, 11 de diciembre de 2000

Decía Aristóteles que el hombre es un animal político, y mire usted que, ya desde aquel pasado, nada más moderno que esa sentencia. Se refería el filósofo a un ser que vive en la ciudad, que “hace” ciudad, que la construye, la piensa y la mejora cada día. Una ciudad en la que sus habitantes vislumbran la perspectiva del lugar común, digno para vivir y cultivar la excelencia humana a través de una concepción, desde todo punto de vista, integral. En fin, la ciudad entendida como el nicho o caldo de cultivo indispensable para lograr esa tan ansiada autosuficiencia, esa “autarquía”, que fue como la llamaron los griegos, a través de la que el hombre alcanzaría la plenitud en su devenir social.

Hoy en día, quizás como nunca, el hombre es y debe seguir siendo un animal político; pero también hoy en día, paradoja entre paradojas, nuestra participación en los asuntos públicos (en la “res” pública) carece del calor y de la emoción que la antigüedad griega supo imprimirle. Lamentable y tristemente, el “ser político” sufrió una prostitución tremenda, casi irrefrenable, que poco tardó en echar a la luz sus macabros resultados: no hemos construido una ciudad (o un país) sustentado en el esfuerzo, en la participación individual; no hemos logrado que la idea y la sed de democracia se cuele hasta las mismísimas entrañas de nuestro pueblo (de allí la justificación social de un caudillo, de un gendarme, de un Supermán o un Batman o un Robin, de regímenes que incluso atenten contra el mejor sistema de gobierno que hemos tenido); no hemos otorgado a la educación el lugar que indiscutiblemente le corresponde en una sociedad que se dice libre, progresista y que prepara para la vida.

La cultura (eso intrínseco en nosotros que nos define y expone como hombres de esta tierra) en consecuencia, ha sido tratada como un elemento aparte de nuestra condición humana. El problema radica esencialmente en que lo cultural, lo que en realidad nos identifica como especie y lo que algún día podrá elevarnos hacia alturas mayores como país, se concibió tal y como se concibe el problema de las cloacas, el problema del agua o el problema de los huecos en la calle. Es decir, la cultura pasó a ser “un problema de Estado”, uno más, y no uno humano. Y ya sabemos, por las infinitas bofetadas recibidas, que todo lo que toca el Estado lo transforma en miseria, en porquería. Éste se transformó así en el gran dispensador de cultura, en el gran subsidiador de cultura, en el gran regalador de cultura, toda vez que en esta Polis de la “¿modernidad?” la gente recibía (no podía ser de otra manera) sus pobres y casi inútiles migajas.

La tarea requerida para salir del foso en el que nos lanzamos, hace ya tiempo, en picada, es gigantesca, y lo peor es que el camino emprendido para escapar de él se parece cada vez más al pasado: centralismo, paternalismo, controles indiscriminados, caudillismo vernáculo repotenciado, autoritarismo, militarismo, locura megalómana, diatribas innecesarias entre sectores que hacen vida social, odio generalizado, politiquería, endeudamiento injustificado, desempleo, gasto público acrecentado, inseguridad, cúpulas podridas, chavismo fanático, y el más largo bla-bla-bla en la historia de las lenguaradas humanas. Se me ocurre pensar que es lícito, en función de lo dicho hasta aquí, preguntarse acerca de nuestra condición actual: ¿somos premodernos? ¿modernos? ¿posmodernos?. Resultaría interesante hacer un esfuerzo e intentar seguir las huellas, por ejemplo, de ese hilo conductor que es el mestizaje hispanoamericano, lo que en particular pudiera hacernos suponer, pienso yo, que en buena medida somos un compendio extraño, un poco de los tres. Quién sabe. Pero lo cierto es que nuestro “ser” todavía no se empapa de civilidad, de ciudadanía.

El impostergable deber que tienen los venezolanos del presente es, nada más y nada menos, crear condiciones que permitan la irrupción de un nuevo y diferente país. La idea es burlar el tremedal y ser capaces de producir riqueza en democracia, cuestión para lo que cultura y educación, como es obvio, son fundamentales e imprescindibles. Dolorosamente todavía estamos muy lejos, a juzgar por lo que nos rodea, de seguir ese camino.

rvilain@ucab.edu.ve

 

 

 
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