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Sección: Política
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Juegos prohibidosPedro LastraViernes, 13 de noviembre de 2009
Su última ocurrencia: bravuconear ante los colombianos. Desde la televisión, en una guerra permanente que de tan avisada no ha matado un solo soldado. Entre tanto, van más de 14 mil venezolanos asesinados en estos meses de un año en paz. Que juegue a la guerra. Saldrá trasquilado. “Guerra avisada no mata soldados”
¿Qué esperaban de un teniente coronel, formado para matar, destruir y arrasar? ¿Qué trajera al mundo más vida en lugar de más muerte, construyera pueblos en lugar de devastar ciudades y creara nuevos mundos en lugar de aniquilar todo lo que existe? ¿Qué trazara autopistas gigantescas que nos unieran con nuestros vecinos para llevar la paz y la prosperidad en lugar de romper todos los puentes que nos unen? ¿Qué hermanara al continente en una oleada de progreso en lugar de introducir la discordia, la odiosidad y la miseria? Ahí lo tienen, once años después de haberle puesto el país en bandeja de plata en un rasgo de inconmensurable irresponsabilidad ciudadana: lo ha arruinado, devastado, empobrecido, ensangrentado, esquilmado y saqueado sometiéndolo al menosprecio de los hombres de buena voluntad del planeta entero. Cumplió a cabalidad el único rol que conoce un teniente coronel tropero, ambicioso, inculto y zafio: provocar tierra arrasada. Para que luego vengan los generales. Y vean modo de enderezar los entuertos. El problema, en nuestro caso, es que ya no hay generales. Generales, los de antes. Los de ahora se han sumado gozosos al carnaval de la concupiscencia. Que se apronten a asumir la histórica responsabilidad que les cabe por la destrucción de la patria que hoy avalan y que un día no tan lejano juraran honrar y defender. Crímenes de la magnitud de los que han cometido no prescriben. Para eso se acordó el Estatuto de Roma. Ante su ominosa traición sólo cabe la civilidad, como cuando Miguel Otero Silva y García Márquez se comprometieran a llevar la bandera de la paz a Bogotá y Caracas si algún día llegaban a resonar los tambores de la guerra. Otro grave problema: Otero Silva está muerto. Y el Gabo ha dado muestras suficientes y abundantes de servilismo y abyección, postrándose ante el mayor tirano que haya conocido la historia de América Latina. Para eso el Nóbel: para cantarle loas al déspota del Caribe. Para convertirse en el bufón del castrismo. Para mostrar que su moral no está a la altura de su talento. La guerra se ha llevado a más de un tirano por los cachos. Desde los generales argentinos que creyeron que ocupar las Malvinas era juego de niños hasta el chino Fujimori, que creyó que metiéndose con Ecuador le sacaba las castañas a la indignación de la civilidad peruana. Pagó con el cargo y hoy comparte el destino de Abimael Guzmán. Los generales están muertos o presos, Fujimori encarcelado. Y ese pasado, ya presente, es el futuro que les espera a todos los uniformados que se aliaron al teniente coronel para enriquecerse a manos llenas. Tendrán que dar cuenta hasta de su último centavo. En la cárcel, no en una playa de Bahamas. Que es lo que además les espera a muchos más civiles de los que se imaginan. De la corrupción, los estupros y crímenes no se salvará nadie. De los primeros en la fila, el responsable por el asesinato del fiscal Danilo Anderson y sus compinches. Innecesario llamarlo por su nombre. Lo conocen hasta las gallinas. Es un ladrón, hijo de ladrón y padre de ladrón. Su última ocurrencia para salvarse de la paliza que le espera y ya se avecina: bravuconear ante los colombianos. Desde la televisión, en una guerra permanente que de tan avisada no ha matado un solo soldado. Entre tanto, van más de 14 mil muertos en estos meses transcurridos de un año en paz. Que juegue a la guerra. Saldrá trasquilado. |
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