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Opinión y análisis

El Inquilino Permanente
Orlando A. Nieto Willett

 
Miércoles, 15 de diciembre de 2004

El viejo general camina en silencio por las estancias vacías del palacio de Miraflores, su caminar es pausado. Levanta y adelanta su bastón de madera, agarrado con la mano derecha enguantada. Lleva su traje de militar de color caqui, con correas de cuero. Gorra del mismo color. Pasea sin detenerse. Piensa. Salió anoche de Maracay, dejó su mausoleo y en su caravana fantasmal, se vino por la carretera vieja. Desconoce que existe una autopista. Aún de noche llegó a palacio. No ha visto a Juancho, con su bata de dormir, ensangrentada y con cortes de arma blanca. Juancho siempre está demacrado, como si por su cuerpo no corriera gota de sangre. Como tantas veces, no camina se desplaza.

El viejo general, sabe que su sucesor está de viaje. Que vista a un anciano decrépito y senil. Pero que en los momentos de lucidez aconseja a su pupilo de cómo enfrentar los asuntos del estado, los proyectos para el continente. Ya las luchas políticas las tiene a su favor el presidente. Hizo lo que le vino en gana en el referendo y en las elecciones. Ahora con su asamblea dócil y servil, remata leyes y termina de instalar su entramado legal que permitirá un “Reich por mil años” ese es su sueño, pintado de rojo. Mientras tanto, por unos días seguirá fuera del país para vender su imagen de estadista con visión global, además obtuvo el premio más codiciado de los defensores de los derechos humanos el M.Cadaffi, es candidato al premio Nóbel de la Paz. Con esos trofeos en su armario tendrá gloria eterna, quizás hasta se convierta en dios como tanto emperador romano, que hicieron en una vida menos de lo que ha logrado en seis años de revolución bonita.

El viejo general, se tropieza con juancho, como éste nunca sale de palacio pues desconoce su real condición, está siempre enterado de los últimos acontecimientos internos de la vida en Miraflores. Pero como nadie lo percibe solo le puede contar lo que escucha al viejo, aunque lo hace como por suspiros exhalaciones. Ni siquiera mueve las manos pues las lleva a los costados con las palmas pegadas a los muslos. De todas maneras poco importa lo que diga o trate de decir, el viejo general que domina este país desde principios del siglo XIX, no necesita que nadie se lo cuente. Sabe de las debilidades y miserias de todos los que han habitado el palacio, aunque sea por lapsos breves.

Lo sabe porque cuando viene a Palacio, cuida de cerca el sueño de los durmientes, les aproxima una oreja a las narices y escucha con claridad el ritmo respiratorio. Usualmente es agitado, en todos, pues las acciones y pensamientos del día provocan el agite y el sofoco de culpa nocturno. Después, les habla, entreabren los ojos, el viejo general, penetra por ellos a las profundidades del cerebro y ve como en cine, como se reproducen una y otra vez los sucesos del día. Inclusive tiene la impresión que ve películas pues el cerebro suena igual que las máquinas en las que le pasan películas mexicanas en Las Delicias en Maracay.

Del presidente sabe de las angustias permanentes por su vida y su salud, se descontrola con facilidad, se torna irritable. El en su época tenía un transcurrir más tranquilo, pues llegó a conocer de tal modo la naturaleza del hombre, que se cuenta que un día en una caballeriza o vaquera en Maracay, algunos valencianos habían contratado a un pistolero para que lo eliminara, él se le acercó, le miró fijamente a los ojos, le pidió el arma, el hombre se quedo paralizado y en silencio, lo único que se oía eran los orines bajando por el pantalón y cuando caían al piso. Le pasó el arma al indio colombiano que siempre lo acompañaba, con grado de coronel y con un -¡ocupàte de él! Fue suficiente para que nadie más nunca supiese de aquel lance. Por ello aceptaba de buen grado las proclamas de adhesión y respeto. Hoy se piden esas proclamas con otras formas pero con idéntico sentido servil y adulador.

El viejo general, quizás tuvo un maestro en el cabito, pero en algún momento ha dejado entender que no era cierto, que él lo despreciaba, pues su problema eran las mujeres, y eso es privado, no todo el mundo debe saber quien viene en la noche ni el porqué viene. El viejo general se hizo solo, desde agricultor en La Mulera, entre San Antonio y Capacho, hasta su vicepresidencia, su espera y su ascenso a la primera magistratura. Se vanagloria que usó a los mejores y los dejó hacer, hasta donde les diera la cobija, sin deudas. Buen militar, guerreó, sitió. Llegó al poder y también se enriqueció, pero transformó al país a su imagen rural.

Por el contrario el actual no tuvo maestro, no fue exitoso campesino, ni buen militar, habla hasta por los codos, derrocha el dinero que antes era escaso. Lo regala o invierte en empresas de alto riesgo. Ni Bolívar se embarcó en aventuras de tan difícil resultado.

El viejo general, antes del amanecer regresa todos los días al mausoleo de Maracay, la puerta siempre queda entreabierta, como en el Panteón. Allí vista a algunos amigos de vez en cuando y en agradable tertulia hasta el amanecer, tratan de enderezar el rumbo de este siempre torcido país.

oanw@hotmail.com

 

 

 
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