Estos días navideños son de obligado optimismo. La tradición y el bombardeo consumista nos hacen creer, por momentos, que todo puede ser diferente. Y es posible: el hombre siempre puede cambiar su entorno. A veces para mal. Pero para intentar transformarlo tiene que saber con qué cuenta. Desde dónde puede empezar.
La frase bien intencionada y quizás hasta ingenua que el candidato derrotado de la oposición dijo después de las elecciones (“Esta es una victoria política en medio de un revés electoral”) ha querido ser usada como caballito de batalla por su equipo más cercano, para justificar cualquier descuido o impericia observado en la campaña. Pero si el primer paso para vencer una dificultad es evaluarla, la realidad se impone: de victoria política, nada.
La derrota de la oposición el 3-D tiene unas dimensiones mayores a las que el candidato y su comando están dispuestos a reconocer. En primer lugar, la votación asignada por el CNE a la opción opositora es menor que la obtenida por Arias Cárdenas en 2000 y por el SÍ en el fallido referendo revocatorio de 2004. Los cuatro millones doscientos mil votos (36,88%) que el CNE sumó para Rosales son proporcionalmente menores a los porcentajes que el CNE permitió al saltimbanqui Arias (37,52%) y al Sí en el referendo (40,64%). Entonces, la primera conclusión –si se hace caso a las cifras oficiales- es que la oposición no crece, al contrario: ha disminuido.
Las comparaciones electorales casi siempre se hacen en base a porcentajes, porque se supone que al crecer la población electoral –en condiciones normales- todas las opciones políticas tienen la misma oportunidad de sumar votos. Dirán algunos que las condiciones electorales no fueron normales. Es verdad, pero el comando de Rosales y los grupos que lo apoyaron aceptaron esa enorme desventaja. Por lo tanto, es un discurso manipulador fijarse en los cuatro millones que da el CNE y no en el retroceso relativo con respecto a la votación de anteriores eventos.
Y es que la otra gran derrota ha sido precisamente en el terreno de la denuncia del sistema electoral venezolano. Al aceptarse un CNE compuesto por cuatro rectores chavistas y uno de oposición “light”, se ha convalidado toda la opacidad posible. Manuel Rosales y su comando no hicieron caso a quienes exigían movilizaciones de protesta por el grosero ventajismo oficial, el censo electoral viciado y en contra de la automatización que impide el escrutinio manual. La idea era, como lo han manifestado los dirigentes de la oposición participacionista, conjurar la abstención: no hablar de las condiciones que hacían del ejercicio del voto algo dudoso e ineficiente.
Por lo tanto, a pesar de las quejas que ahora se hagan, la consecuencia de la participación electoral ha sido la legitimación de todo el parapeto electoral del régimen. No verlo así y seguir contestando, con irresponsable intemperancia, las dudas y denuncias que hacen los votantes frustrados no hará otra cosa que levantar de nuevo el escepticismo electoral. Además, como todo asunto de importancia, incluida la reforma constitucional que promueve Chávez, terminará en una decisión electoral, sería necio no enfilar todas las energías en la creación de un nuevo registro electoral, un nuevo sistema de identificación ciudadana que reduzca a su mínima expresión el fraude de las cédulas clonadas, en el escrutinio de todas las mesas electorales y en la implementación de unas normas de equidad publicitaria de estricto cumplimiento.
Quienes todavía repiten que a Chávez le interesaba la abstención, hay que remitirlos a cualquiera de las frases que ha dicho después de su victoria. La abstención fue un enemigo al que el régimen se enfrentó y, admitámoslo, venció. El 4-D de 2005 marcó un récord de no participación que mostraba, en su casi totalidad, el rechazo a la trampa electoral que en mayor o menor grado aplica el chavismo desde 1999. No haber sabido explicar esa posición a los amigos extranjeros y -lo que es peor- no haber podido generar una acción política fundamentada en tan extraordinaria victoria, hizo que la oposición cayera –de nuevo- en el juego electoral, sin tomar previsiones.
Para quienes pensamos que Rosales sería más prudente en el reconocimiento de una posible derrota y establecería controles para desnudar las trampas electorales, su rápida entrega es inexplicable. Los asesores que le empujaron a que aceptara la paliza envenenada por el CNE parecieran desconocer cómo funciona el sistema: en el momento de “reconocer la derrota” todavía habían mesas electorales que no habían comenzado siquiera las auditorias.
Sobre el liderazgo opositor de Rosales hay que decir esto: así como quienes lo avalan niegan que el pueblo venezolano haya votado por el socialismo del siglo XXI, el 3-D tampoco se elegía al líder único de la oposición venezolana. Rosales, con sus evidentes limitaciones, hizo una gran campaña electoral, acopió recursos importantes y los invirtió en la promoción de su nombre y su propuesta, pero el ejercicio de la oposición será liderizado por quien en este tiempo (seis años, si no ocurre algún imprevisto) demuestre estar en sintonía con la esperanza del electorado que se opone a Chávez y con la idea de buscarle salida al desastre imperante. Aquí nadie legitimó a un jefe de la oposición, si Rosales quiere serlo tiene que demostrar día a día que está dispuesto a asumir una oposición que no se conforma con el aval del gobierno. Tiene que rechazar ser jefe de una oposición bonsái, que no crezca y que sea podada a su antojo por las tijeras del poder.
Si no, el pueblo opositor le seguirá cobrando –como puede ya verse en los foros de Internet y oírse en las conversaciones callejeras- que ni siquiera presentó la factura del fraude continuado al chavista CNE.