El hombre, centro y finalidad de la acción política Reinaldo Ramírez Méndez
Martes, 9 de diciembre de 2003
Se impone transformar la sociedad. Hay que cambiar la sociedad. En pos de ese primordial objetivo, juega papel de especialísima importancia el hombre. La tarea de edificar una sociedad sobre pilares diferentes a los actuales, esto es, cuando se habla de la transformación social, en sentido integral, evidentemente no puede soslayarse la acción política. En esa actividad la política también debe adquirir una dimensión diferente a los criterios tradicionales en las actividades propias de la conducción del gobierno y demás funciones inherentes al Estado. Nos referimos, en otras palabras, al ejercicio de la política orientado al servicio del hombre; a la actuación en pos de una política humanista. No se puede entender la política si no está caracterizada por este signo: no se debe actuar en política sino a favor del hombre, en función del hombre, de su progreso y bienestar integral, esto es, tanto material como espiritual.
Para esta concepción, se sostiene que el supremo valor que debe signar y caracterizar la praxis política es el hombre, esencialmente como persona; por tanto, sólo el hombre constituye el centro y la meta del orden social.
Para nosotros, pensamos, este planteamiento no es novedoso; estuvo presente en la mente y acciones de los grandes paladines de nuestra forja como país independiente. En los albores de la patria, prohombres como Miranda, Bolívar, Bello, Rodríguez y Roscio, por apenas citar los más conspicuos, plantearon –desde el ángulo de su pensamiento para la época- la necesidad de actuar en política sólo al servicio del hombre, tanto individualmente considerado como en sociedad. Sería motivo para un análisis exhaustivo buscar los elementos claves del humanismo en el pensamiento y acción políticos de cada uno de estos grandes venezolanos. Por nuestra parte, nos permitimos señalar, estamos adelantando un trabajo investigativo en función de este planteamiento, en especial en torno al actuar de Bolívar como político, legislador y gobernante. De igual modo, valga significar, el pensamiento humanista en la política no fue dejado a un lado por grandes intelectuales e dirigentes patrios tales como, por ejemplo, José María Vargas, Juan Vicente González, Fermín Toro, Cecilio Acosta, Augusto Mijares, Rómulo Betancourt, Luis Beltrán Prieto, Alberto Adriani, Mariano Picón Salas, Jóvito Villalba, Domingo Alberto Rangel, Arturo Uslar Pietri y Rafael Caldera, entre otros, claro está, cada uno desde la corriente de pensamiento, vertiente ideológica o posición política que profesaron.
En las circunstancias de caracterizan nuestro país en la hora presente, no es vano sugerir la conveniente urgencia para tomar todo lo positivo que nos ha legado el mensaje de esos prohombres: por ello, lo que más concita nuestra atención en este breve comentario se traduce en recalcar la necesidad de enrumbarnos hacia la concepción y puesta en práctica de un perfil humanista en la acción política contemporánea de nuestro país, máxime si tomamos en consideración el significado de las recientes jornadas que el pueblo ha librado en función de desterrar todo amago de autocracia y totalitarismo en nuestro medio; y ante la perspectiva de echar las bases de gobernabilidad en el período de transición que se avecina, así como ante la posibilidad, real y tangible, de establecer las premisas primordiales que encaren la solución de los grandes problemas que afectan la nación, sobre todo en el plano de lo económico-social.
Se trata de un nuevo tiempo, de circunstancias muy distintas a las que identificaron los grandes momentos de nuestro pasado reciente; estamos en los años iniciales del siglo XXI; el mundo avanza a pasos agigantados por nuevas sendas de progreso y desarrollo en los ámbitos de la ciencia y la tecnología; es otra la realidad político-económico-social que se nos presenta. Venezuela, nuestro país no puede estancarse en sistemas o modelos obsoletos, anacrónicos e inviables, mucho menos en lo que a la conducción política se refiere. Atrás quedaron los esquemas de dominio cesarista y tiránico que motivaron y caracterizaron los moldes de la autocracia y el autoritarismo nazifascista y estalinista. No cabe en una mente moderna arroparse con las mantas del castrocomunismo ni mucho menos amparar maniobras de sectores fundamentalistas, aun en el campo religioso, o aupar tretas o amaños trajinados por oscuros intereses terroristas a todas luces contrarios a la paz y concordia entre los pueblos, máxime cuando la idea de intercambio creciente, de todos los signos, se hace cada vez más presente en un mundo globalizado y contrario a toda señal de exclusión o aislamiento en el terreno de la economía y los ámbitos cultural, tecnológico y político.
Una sociedad edificada sobre la base de esos indicadores requiere, ahora más que nunca, una concepción de la política al servicio del hombre; reclama y exige, cada vez con mayor ahínco y renovados bríos, una praxis política caracterizada por la cooperación entre los pueblos, el estrechamiento de los vínculos de solidaridad, de ayuda mutua y de acciones mancomunadas que busquen y solidifiquen todo aquello que pueda unir a los pueblos y eviten, por consiguiente, todo elemento proclive a la perturbación, la anarquía, el desorden y la división entre los hombres. La guerra, el odio y la desintegración también pueden ser objeto de prédica, siembra y expansión como elementos claves para continuar la explotación del hombre por hombre y crear las mejores condiciones de opresión, miseria, atraso e incultura.
Una política humanista y solidaria es, al mismo tiempo, instrumento para la forja y perfectibilidad de la democracia como sistema de gobierno y forma integral de vida cívica. La concepción de la política al servicio del hombre es, por consiguiente, premisa fundamental y básica para el mantenimiento de una sociedad pluralista en su más amplia acepción, pilar para la instauración de un Nuevo Orden Social, en el que el hombre tenga acceso a mejores y más justas formas de existencia.
La nueva dirigencia política del país, si quiere construir patria como lo soñaron nuestros Libertadores, debe, a nuestro modo de ver, deslastrarse de los vicios del pasado; y para acabar con los horrores del presente, enrumbarse por el camino de una acción política que esté, sin duda alguna, al servicio del hombre. La nueva dirigencia política del país debe tener presente que ese empeño fervoroso, con el propósito de enaltecer el sentimiento nacional, debe estar dirigido y dedicado a todos aquellos que, al decir de Eduardo Frei: “…sufren las injusticias y la mediocridad presente, y desafiando el sacrificio, la pobreza y aún el fracaso, están dispuestos a luchar con fe, por una Patria grande..!”.