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Opinión y análisis

Fuerza Armada ¿para qué?
José Rafael Ramírez

 
Martes, 31 de diciembre de 2002

Volvemos sobre el tema por su importancia, representada en las múltiples manifestaciones que en tal sentido hemos recibido desde la publicación del artículo anterior.

Hay una vieja discusión en torno de la pertinencia de que en nuestros países subdesarrollados tengamos ejércitos que para nada bueno nos han servido. Guerras estúpidas, gobiernos dictatoriales, consumo de ingentes recursos, dominio de los países industrializados, semillero de actos de corrupción en las compras de equipos y armas, son sólo algunos de los males que nos ha acarreado la manutención de estas fuerzas, y aún haciendo muchos esfuerzos no hemos podido dar con ningún beneficio.

Costa Rica es el único país latinoamericano que se quitó de encima esa carga eliminando el ejército. Y nada mal le ha ido; es una próspera nación sin conflictos de ninguna naturaleza.

Nuestra milicia tuvo mucho sentido para lograr la libertad, y eso porque estuvo en las manos de hombres con una gran visión de trascendencia, que no flaquearon ante la tentación de utilizarla para hacerse de beneficios personales o grupales. Y hasta pudiera decirse que se justificó en manos de Juan Vicente Gómez, porque entonces se le usó para pacificar a Venezuela, sometiendo a múltiples caudillos enguerrillados que amenazaban la unidad y la paz del territorio. Pero después de haberse consolidado la integridad territorial y haberse sometido a todos los caudillos regionales dejó de tener sentido la existencia de ese ejército. A nosotros nos quitaron ese inmenso territorio Esequibo, a todas luces ya irrecuperable, y de nada nos ha valido tener esa costosa estructura bélica. Los roces con Colombia ni han sido ni serán escenario para una confrontación armada. A estas alturas de la modernidad y de la mancomunidad internacional eso no es posible; cuando mucho habrá ligeras escaramuzas que rápidamente serían sofocadas por la ONU.

Ahora que hay organismos multinacionales, foros de debate mundiales, tribunales internacionales, fuerzas de paz, las guerras entre nosotros, los subdesarrollados, no son otra cosa que el aliciente impuesto por los perros de la guerra, especie de buhoneros de armamentos que atizan un conflicto cada vez que pueden para vendernos aviones, helicópteros, barcos, tanques, fusiles, misiles, y toda clase de artefactos que luego necesitan de mantenimiento, repuestos, repotenciaciones y modernizaciones que se llevan gran parte del presupuesto.

De nosotros no haber tenido ejército nos habríamos ahorrado, por ejemplo, la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, los sangrientos levantamientos de Puerto Cabello y Carúpano, así como los crueles intentos chavistas de golpes de estado del 4-F y del 27-N, donde murió tanta gente.

Hugo Chávez ha planteado en varias cumbres mundiales la creación de un fondo económico que se crearía reduciendo un porcentaje de los presupuestos militares de todos los países, y esa es una buena idea. Pero hay una mejor, que es la de eliminar las fuerzas armadas en estos países hispano americanos tan destruidos por dictaduras que se han montado al amparo de fanfarrias inútiles y charreteras inmerecidas. En la historia reciente podemos ver cómo los ejércitos de Chile, Argentina, Uruguay, Nicaragua, Panamá, Perú, Bolivia República Dominicana, lo que han hecho es sojuzgar a sus pueblos, malgastar y robar sus dineros, instaurar terribles dictaduras, implantar atraso y atentar contra el progreso.

Otro ingrediente de este análisis lo constituye el hecho de que el viejo concepto de soberanía está siendo revisado cada vez con mayor énfasis por sociólogos, políticos, juristas y pensadores en general. Vivimos en un mundo cada vez más integrado en una globalización que no reconoce fronteras. Las comunicaciones han alcanzado un grado tal de desarrollo que lo que es de Colombia penetra en Venezuela con facilidad, y viceversa, a través de la electrónica y la televisión. Ya no hay secretos militares, los satélites detectan exactamente la ubicación, calidad y cantidad de fuerzas en cualquier lugar del planeta, y sólo los países desarrollados, con capacidad tecnológica propia, están en posibilidad real de mantener guerras; pero no nosotros que dependemos de la tecnología del imperio del Norte. Estados Unidos, con sólo decretar la prohibición de equipar a nuestros ejércitos, puede inutilizarlos. Todo dependerá del interés que tenga en un caso dado a favor o en contra de alguno de los países que eventualmente lleguen a enfrentarse. Ellos manejan toda la información que podrían dar al equipo que quieren ver ganar.

La tragedia venezolana

Ahora mismo estamos viviendo una gran tragedia. Nuestro país está siendo dominado por un hombre que está utilizando a las Fuerzas Armadas para implantar un sistema de gobierno que la gran mayoría repudia. Generales de agua dulce, llenos de medallas sin haber jamás peleado una batalla, se lucen pegándole a mujeres, o dirigiendo piquetes de efectivos que reprimen salvajemente a los ciudadanos que protestan. Mal llamados almirantes que se ponen a la cabeza de un comando de asalta barcos que cobardemente atacan pacíficas tripulaciones de la Marina Mercante que ejercen el cívico derecho sumarse a una gesta nacional por la democracia, la paz y la libertad. Paracaidistas que no tienen en su historia ningún acto de heroicidad ante la guerrilla que mata a nuestros soldados, pero que se llenan la boca amenazando a los trabajadores petroleros que se pararon para obligar al gobierno a retomar la institucionalidad perdida.

Los ejércitos se caracterizan por dos objetivos que son la defensa de la Constitución y la garantía de la integridad territorial. Para esto debe adoptar y preservar un funcionamiento sobre la base de un sistema meritocrático, con una estructura de mando vertical y absolutamente disciplinado. Analizando tales elementos tenemos que en nuestro país nada de esto se cumple. La Constitución es vapuleada a cada momento por el Presidente, quien incluso ordena públicamente la desobediencia a órdenes judiciales que él desapruebe. En cuanto a la defensa de la integridad territorial, tenemos unas fuerzas armadas enclenques, con una capacidad operacional en cero; esto porque las han desenfocado de sus fines convirtiéndolas en un grupo político, o al servicio de una ideología y de un partido político, y cuya mayor capacidad sólo da para echarle peinillazos a pacíficos manifestantes o conformar escuadrones para abordar barcos donde nadie los espera con armamento para enfrentarlos. De tener que ir a una guerra en estos momentos se vería la desvergüenza de la pela que les darían. Están sin moral, sin líderes de mando, y para colmo, sin equipos. Por otra parte, la estructura vertical sujeta a mandos y a disciplina está hecha añicos. Eso es un sólo desorden; no se respetan los méritos para otorgar los ascensos ni los cargos, se ha desplazado a los verdaderos líderes militares sustituyéndolos por peones del ajedrez político, a los mejores se les ha cambiado por calculadores y negociantes vestidos de uniforme y a quienes sus hombres no respetan por saber en lo que andan. Es por todo esto que se dice que a la Fuerzas Armadas la cambiaron por una Banda Armada que aterroriza y reprime a un pueblo que reclama sus derechos.

Todo esto nos indica que estamos obligados a examinar la pertinencia del mantenimiento de ésta, que antes fue una institución seria y respetable, y que ahora ha perdido por completo la justificación de su existencia.

Chávez ha destruido el concepto de unas Fuerzas Armadas profesionales al servicio de la Nación y las lleva directamente a ser una milicia a la cubana. Nuestros hombres de armas van al matadero de la mano de una oficialidad sumisa y cobarde, cuando no corrupta. Eso ya no sirve para la finalidad que motivó su creación.

Y cuando el destructor, vale decir Hugo Chávez, se haya ido, tendremos que sentarnos o a rediseñar todo el andamiaje jurídico-constitucional-organizativo y funcional del ejército, o a pensar en su eliminación. Hay que abrir un gran debate nacional, sin complejos, sobre la posibilidad de eliminarlo como lo hizo Costa Rica, y utilizar esos inmensos recursos que se le asignan en el desarrollo nacional, en crear un sistema de seguridad social, en sembrar de fábricas el país, en desarrollar de verdad la producción agraria, en invertir, en crear universidades, liceos y escuelas, en montar centros hospitalarios, y, en fin, en tantas necesidades que tenemos y que no son cubiertas por mantener esa institución que tan poco nos sirve a los ciudadanos.

Se trata de un debate fundamental para la Venezuela por venir.

(*): Periodista

email:jrramirezc@hotmail.com

 

 

 
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