2005: Balance y perspectivas Antonio Sánchez García
Sábado, 18 de diciembre de 2004
A nuestros mártires, in memoriam
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Tras seis años de poder el régimen considera cumplida sus metas propiamente institucionales. Ha terminado por desarticular todas las instancias tradicionales de poder y control, estableciendo en su lugar cascarones vacíos puestos al servicio del cumplimiento irrestricto de la voluntad autocrática del caudillo. Por primera vez desde 1935, año de la muerte de Gómez, el Estado vuelve ser una y la misma cosa que el autócrata. Con una diferencia esencial: el estado gomecista podía sobrevivir al dictador como una realidad objetivada, capaz de encauzar el posterior desarrollo de la realidad política nacional. La institucionalidad chavista, en cambio, es una flatulencia de su voluntad personal. Desaparecido el caudillo, no dejará ni su sombra.
Todos los venezolanos hemos seguido con estupor ese descoyuntamiento institucional, su vaciamiento y conversión en instrumento de la subjetividad del autócrata. No hay un solo general que valga por si mismo: todos son obsecuentes servidores de la omnímoda voluntad de un teniente coronel. Como tampoco un solo juez, un solo diputado o un solo ministro de quien quepa decir que vale por su propia personalidad, por su capacidad y ejecutoria. Han sido puestos en sus cargos - no importa antecedentes, currículo o valía – porque poseen la más útil de las capacidades para tiempos de excepción como los que corren: estar dispuestos a cumplir la voluntad del caudillo sin chistar ni levantar ni un dedo.
El único capaz de decir u opinar algo respecto de este singular proceso de personalización del poder es otro caudillo de la misma estirpe, aunque forzado por el destino a imperar sobre una isla pobre y desangelada que lo ha condenado a envejecer aprisionado en los confines de un océano plagado de tiburones: Fidel Castro. Por voz de su mandarina en asuntos de ultramar, Martha Harknecker, este “proceso revolucionario” impuesto por un hombre para su propia glorificación ha cumplido su primera gran fase. Se ha “institucionalizado”. Ahora es cuando.
Formados en la premisa maquiavélica de que el fin justifica los medios no le importa a ninguno de ellos que esta fase sólo haya podido lograrse al precio del fraude, la corrupción y el engaño. Ni tampoco el que la masa aclamatoria que le sirve de sujeto social obedezca las instrucciones sin que medie convencimiento ideológico alguno, sino la voluble y precaria adhesión oportunista travestida de difusa identidad popular. Los tiempos han cambiado: no importa la sustancia nutricia del Poder, ni la savia espiritual que lo alimenta. Sólo les importa el Poder por el poder.
De allí el asombroso fenómeno de esta revolución sin revolucionarios. De una parte un Estado de funcionarios intercambiables porque, como el personaje de Musil, no tienen atributos. De la otra, una masa ávida de prebendas, misiones, regalos y alimentos. Todos bañados por la generosidad de la madre tierra: autócrata, mandarines y pobladores bañados en petróleo. Del que también recibe parte suculenta el patriarca habanero. De él depende, si no esta “revolución”, por lo menos la entronización del caudillo hasta el 2021. Multiplique 16 años por 365 días y 54 mil barriles diarios a 40 dólares y verá el negocio. Ni en tiempos de la sacarocracia.
A esta realidad insólita en el paisaje de la globalización, la revolución tecnológica y la emancipación individual de este siglo XXI, la llaman “revolución bonita”.
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Esta lucha sórdida librada por una camarilla facciosa para apoderarse de la institucionalidad democrática se ha cumplido ante un adversario carente de los más elementales designios políticos. Y ante una ciudadanía activa que, además de ser numéricamente mayoritaria, representa al sector más culto y evolucionado de nuestra sociedad. No se ha lanzado a las calles para obtener un mendrugo de pan o un salario de hambre, ni para encontrar cobijo a la sombra dispendiosa de un Estado inmoral, ineficiente y corrupto. Lo ha hecho en defensa de una tradición, de una moral, de una cultura.
Si esta sociedad civil hubiera contado con un liderazgo a la altura de sus requerimientos, ni Fidel Castro ni Marta Harknecker estuvieran hoy cantando albricias. Chávez hubiera vuelto al lugar del que jamás debió haber salido: el basurero de la historia. Si así no ha sucedido es por culpa de quienes no supieron defender su propio legado, sucumbiendo a sus desmedidas ambiciones y rencores. Chávez llegó al poder amparado en la mediocridad y la desmemoria de la clase política del viejo establecimiento. Y se ha fortalecido al amparo de sus herederos, tan incapaces y pusilánimes como aquellos.
Así, tras seis años de deterioro y decadencia, comenzamos a tocar fondo. El régimen se ha impuesto a fuerza y maña, aprontándose a reprimir a la sociedad civil en sus puntos neurálgicos, comenzando por aquel que hace tres años diera inicio a su despertar: la educación, la ideología, la cultura. Lo que en su momento fuera la lucha de un puñado de iluminados contra el proyecto 1011 se convierte hoy en el desafío de enfrentarse a la ley mordaza, la reforma del código penal, la ampliación de un TSJ adecuado a las futuras necesidades represoras del régimen. Para dar finalmente con su máximo deseo: modelar las conciencias de los declamadores del futuro con un pensamiento único. Orwell en alpargatas.
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No hay mal que por bien no venga. Al régimen ha de agradecérsele el haber hecho tabula rasa del viejo y decadente liderazgo. Monopolizando la extrema izquierda del espectro político e hipotecando con ello y por décadas todo izquierdismo, incluso el reformista y socialdemócrata, ha triturado en tres etapas las diversas manifestaciones encontradas por la sociedad civil para liderar sus combates: el carmonato, con todas sus derivaciones, luego de los sucesos del 11 de abril; la dirigencia gremial, descabezada tras el fracaso del paro cívico; y finalmente las viejas élites partidistas que encontraran cobijo en la Coordinadora Democrática, a partir del RR y las elecciones regionales del 31 de octubre.
¿Qué resta? Un estado personalista y autocrático, una masa aclamatoria carente de una auténtica ideología revolucionaria y una sociedad civil huérfana de liderazgo. Siguiendo las instrucciones del castrismo, que es quien dota al chavismo de ideología y prácticas de dominación, el régimen tratará de dotar de cohesión ideológica y espíritu revolucionario a su clientela electoral. Y de apremiar, atemorizar y perseguir a la sociedad civil, descabezando sus figuras emblemáticas y empujándolas a la cárcel o al destierro.
Para los efectos del futuro político de las fuerzas democráticas, el hecho más relevante es el inmenso vacío de representación de esos cuatro millones de electores – si es que aceptamos esa cifra, arbitrariamente establecida por la matemática electoral del régimen. Cuantitativa y cualitativamente el sector más rico, valioso y preparado de la sociedad venezolana: sus estudiantes universitarios, sus profesionales, técnicos, académicos y amas de casa, amén de ese importante segmento de trabajadores y empleados que se demostraron renuentes al encandilamiento del cohecho chavista. Y que no se irán del país ni se entregarán atados de pies y manos a la desquiciadora voluntad del autócrata. Venezuela, para nuestra inmensa fortuna, no es Cuba.
¿Qué hacer? Crear a marchas forzadas el nuevo liderazgo. Por ahora, existe sólo embrionariamente. Y el que existe parece haber hecho una lectura errada de los últimos sucesos, pues ha comenzado a actuar equivocadamente. No ha querido reconocer el inmenso poderío de la sociedad civil. En una muestra de complejo de inferioridad y miopía política cree sinceramente que Chávez ganó en buena ley el RR. No sólo eso: ha comprado de manera irreflexiva e inexperta el subliminal mensaje con que el chavismo lo atrae a su trampa jaula. Cree que el problema está en los barrios y corre a competir con el chavismo en ofertas misioneras. Se izquierdiza, se desfigura y se castra. Pretende incluso travestirse de populismo estatólatra. Cae en las fauces del ogro filantrópico.
La tarea política del momento es absolutamente contraria: crear nuestro propio proyecto político y nuestra propia oferta programática. Al populismo centralizador, regresivo y mendicante debemos oponer una democracia descentralizadora, modernizadora y progresista. Al autocratismo, debemos oponer la libertad; al pensamiento único y represor, la pluralidad de ideas y doctrinas; a las subvenciones clientelares, desarrollo económico y puestos de trabajo. En una palabra que podría ser un emblema: al barrio adentro, debemos contraponer el barrio afuera: construcción de viviendas, urbanismo popular, construcción de hospitales e instalaciones sanitarias, de guarderías y escuelas dignas del tercer milenio. A los desvalidos debemos ofrecerles ascenso social, prosperidad y progreso. No formas de encadenarlos a la pobreza para tenerlos de carne de cañón electoral de la locura autocrática. Debemos encaminar la nación hacia el primer mundo, insertarla en el proceso de globalización, hacerla competitiva entre las grandes potencias. Emancipados de la dictadura del petróleo y la marginalización que ha terminado por entronizar.
El año comienza con buenos auspicios. Debemos adelantar la construcción de un amplio, de un poderoso, de un rico movimiento social y político comprometido con el futuro, de la mano ductora de los mejores. Sin complejos ante la modernidad, sin lastres populistas ni taras heredadas del pasado. Hombres y mujeres de nuestra aguerrida sociedad civil debieran ser llamados a incorporarse a la cruzada por la construcción del futuro. Venezuela nos espera.