Entendiendo la política como preocupación y concurso de todos en los problemas de todos, ya es poco lo que puede lograr la indiferencia, la apatía o la resignación que nos ha caracterizado. El extremado esfuerzo partidista y propagandístico del presidente Chávez obliga y aquellos que se acostumbraron que, por los meses finales, bajaban las aguas de la polémica y podían, al menos, fingir la Navidad, deben reflexionar sobre el curso que alcanza el país del cual nos decíamos protagonistas.
Las distintas movilizaciones urbanas, incluyendo las oficiales, delatan las flaquezas de esta nueva legitimidad ensayada: toda disidencia se ve aplastada en nombre de una revolución etérea que, aún declarada marxista, tiene nombre y apellido. Ambos elementos inquietan.
Las propias filas oficiales no pueden saber de alguna discrepancia. Esta otra democracia que se supuso mejor que la anterior, está condensada en las costosas movilizaciones de masas prestas a recibir bajo juramento las consignas, completamente ajena a todo proyecto político que –por tal- sea compartido. Y acá no podrá adivinarse la conformación de una suerte de partido de vanguardia, inspirado en el centralismo democrático de acuerdo a la fórmula, sino la más completa verticalización o militarización del hecho político que – lógicamente – desemboca en un beneficiario.
Los más modestos matices pertenecen al mundo de los traidores y, ampliado el mensaje, pretendiendo su simplicidad, la verticalidad o marcialidad ya es del hecho social. No otra lectura merece lo acontecido y, aunque, como señaló Istúriz, la Asamblea Constituyente pueda sesionar de nuevo, como si hubiese sido elegida en 1999 por siempre, se le comprenderá como un recurso ordinario de reinterpretación en el rígido cuadro de las decisiones, sin duda un aporte extraordinario al pensamiento constitucional.
El diálogo no es admisible siquiera como una táctica de dilación, pues el proceso está signado por una estrategia de confrontación más parecida a la trifulca constante y enfermiza que a una gesta épica, subyacente en la mentalidad de los que copan la dirección del Estado. Reparemos en la pérdida de todo el rico, intenso e interesante debate que prestigió a un sector de la izquierda marxista, volviendo a los cauces de un estalinismo, por lo demás, anacrónico.
Se hizo tradición que, desde la vecindad navideña, fuese más amable la temperatura política, porque otros – siempre otros – vacacionarían hasta enero. Ahora nos percatamos que nosotros – descubriéndonos como nosotros – no podemos vacacionar y, por mucha irritación que sintamos entre los cohetones y cacerolazos, ansiosos por momentos de tranquilidad y serenidad, topamos con la política que inexorablemente nos involucra a todos.
Esta vez las oraciones requieren de una mayor reflexión y aportes concretos para solventar la crisis. No hay ya excusas.
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