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Fracaso generalizado y completo Robert Carmona-Borjas Miércoles, 14 de mayo de 2008
La denominada revolución bolivariana ha resultado un verdadero fiasco y no solamente en Venezuela, basta ver los resultados de las tentativas de cambio propuestas por los seguidores de Hugo Chávez en Bolivia, Ecuador y Nicaragua.
En el país, ningún comentario. El desastre nacional, la destrucción de las instituciones y el empobrecimiento creciente del país más rico de la región son una muestra clara de tal fracaso. Afuera, igualmente grave, aunque algunos interesados y tarifados, insistan en las bondades del proyecto de socialismo del siglo XXI, la mayor falacia ideológica planteada en la historia. En Bolivia, el presidente Evo Morales ha hundido al país, ha provocado una división interna muy peligrosa, apoyado desde Caracas que ha amenazado con intervenir en el caso de que los bolivianos decidan terminar con el disparate moralista. El presidente Hugo Chávez interviene descaradamente, de nuevo, en los asuntos internos de Bolivia. Desde luego, se trata de una simple boconería pues es bien sabido que las fuerzas armadas venezolanas no participaran en una aventura militar, más allá de nuestras fronteras. El desprestigio de Morales puede levar al país, en el caso de que insista en imponer el proyecto chavista, a su destrucción. La autonomía que han decidido algunas provincias puede conducir a la desintegración del país. Lamentablemente, la política de desintegración regional y nacional promovida desde Caracas, ha sido, sin duda alguna exitosa. En Ecuador la situación no es menos grave. La tendencia que marcan las últimas encuestas refleja el desprestigio del presidente Rafael Correa quien ha mostrado una enorme inexperiencia, tanto en el plano interno como en sus relaciones con Colombia. Los consejos de Caracas han colocado también al gobierno de Correa, al borde del precipicio. Hacia afuera, el desprestigio es igualmente mayúsculo. Las declaraciones siempre agresivas hacia el gobierno de Uribe y en favor de las FARC y de sus políticas terroristas han sido simplemente contraproducentes. El reincidente Daniel Ortega enfrenta la misma situación. La oposición comienza a reorganizarse y a exigirle al fracasado presidente que resuelva los problemas internos que afectan a millones de nicaragüenses. Al igual que al régimen bolivariano, al gobierno lo destruye no solamente su ineficacia, sino la corrupción y su tolerancia en todas las esferas de poder. De manera que la denominada revolución bolivariana, que una vez habría creado ilusiones y expectativas en la región, se desmorona. La forma de gobernar es criticada por todos, aunque el secretario general de la OEA, el chileno Insulza, empeñado en suceder a Michelle Bachelet, la sostenga interesadamente. A éste no s ele puede perdonar el silencio ante las intervenciones directas de Chávez en los asuntos de otros países. ¿Será que tras de ese silencio hay un cheque que proviene de la chequera de la Embajada de Venezuela en Washington como hacen en Bolivia para pagar otros apoyos?. Tal como lo dijo enfáticamente el presidente Lula en días pasados, creerse indispensable e insustituible, para perpetuarse en el poder, es un síntoma evidente de totalitarismo. El presidente Lula marca distancia de la locura bolivariana y con razón. La relación con Venezuela de la nueva potencia petrolera no es ahora prioritaria. Es más importante guardar la imagen de un socialista democrático, una tendencia que habrá que recuperar cuando desaparezca el chavismo en la región que la ha contrariado siempre. Los cambios se avecinan y más rápidamente de lo previsto. El disparatado proyecto revolucionario bolivariano o socialismo del siglo XXI, entelequias indefinibles, han fracasado generalmente, es decir, en todas partes y en forma completa, es decir, absolutamente. |
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