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El subcomandante Stiglitz
Ibsen Martínez

Viernes, 25 de agosto de 2000

Ver artículo de Luis Henrique Ball



Foro sobre el “pensamiento único”

Un miembro distinguido de la seccional de tenderos de la consternada burguesía nacional ha propuesto que me echen a los leones, reo de improbidad intelectual, sólo porque en mi remesa del sábado antepasado —“Stiglitz y el consenso de Washington”— cité de memoria una fuente y, por supuesto, lo hice mal.

Muchos de mis lectores advirtieron igualmente el error y se dieron prisa en escribirme y hacérmelo ver.

Su correspondencia es del género cordial que todo articulista agradece y que, en mi caso, suele ser el comienzo de provechosas amistades: “Admirado amigo: el artículo de Joseph Stiglitz que Ud. comenta en su entrega de hoy, no apareció en The Atlantic Monthly sino en The New Republic”.

Otros correos electrónicos llamaban mi atención acerca del hecho de que Stiglitz no trabajó nunca para el Fondo Monetario —como yo había afirmado erróneamente—, sino para el Banco Mundial. Francamente, amigos, encuentro venial esta confusión: ¿no representan el Fondo Monetario y el Banco Mundial el mismo consenso genocida?

El resto de mi artículo no produjo sino regocijo y aprobación generales: se trataba de una glosa de algunos de los pareceres de Joseph Stiglitz, vertidos en una controvertida pieza de opinión titulada “The Insider”, aparecida la primavera pasada, y en la que desgrana autorizadas críticas a eso que desde comienzo de los noventa convencionalmente se ha llamado “el consenso de Washington”.

Para los que llegan tarde diré que el consenso de Washington es el a todas luces fracasado aceite de ricino que desde hace dos décadas administra el Fondo Monetario Internacional cuando condiciona la entrega de créditos del Banco Mundial a países en trance de “ajuste macroeconómico”.

Una advocación venezolana del “consenso de Washington” fue el electroshock a que nos sometieron Miguel Rodríguez y los suyos, de infausto recuerdo para los familiares de las víctimas del 27 de febrero de 1989.

El valor de la pieza del señor Stiglitz estriba, desde luego, en que no se trata de un gritón tirapiedras del MVR ni de un enmascarado chiapaneco, sino de un brillante factor del establecimiento académico estadounidense.

A todos mis corresponsales respondí admitiendo mi descuido, mientras me hacía a mí mismo la promesa de nunca más fiarme de mi memoria a la hora de citar. Y, por supuesto, de calzar una justiciera fe de errata en la siguiente entrega.

Fue entonces cuando leí la fogosa diatriba de Luis Henrique Ball, aparecida el jueves 17 de agosto pasado en las conservadoras páginas de El Universal, sin poder reconocerme en esa encarnación de la “decadencia intelectual” que el bueno de Ball ve en mí.

Ball sugiere que El Nacional debería hervir mis artículos, o al menos tratarlos con una solución de ácido fénico antes de publicarlos, al tiempo que se pregunta porqué Elías Santana no me somete todos las semanas a una prueba con el contador Geiger de la mendacidad.

Me apresuro a decir que simpatizo con el señor Ball, no tanto por haberlo visto muchas veces declarar a la prensa a nombre de la corporación a la que pertenece, como por la risueña conjunción en una misma persona de un apellido tan esférico como el suyo y una calva digna de un bola de boliche Brunswick.

A Ball, en cambio, le irritan superlativamente mis opiniones; eso se deja ver. Pero esta vez no pudo más y decidió hacer algo al respecto. Puedo imaginarme al señor Ball hace dos sábados al terminar de leerme y mascullar : “¡Lo voy a hacer trizas!”.

Según Ball, yo cito a Stiglitz deliberadamente fuera de contexto para torcer el sentido de su artículo y darle otro diametralmente opuesto. Me acusa de hacer una lectura algo más que interesada de lo que Joe Stiglitz quiso decir en su iluminador artículo: en suma, me acusa de mentir.

Llegados aquí, uno tiene que preguntarse por el inglés que aprendió Luis Henrique, sencillamente porque la nuez de mi artículo se compadece en todo del único sentido que puede dársele al de Stiglitz. Basta leerlos. Invito a leerlos.

Desde luego, siempre cabe la posibilidad de que Ball y este servidor estuviésemos hablando de dos Stiglitz distintos.

Pero lo que sigue ayudará a disipar la duda y a constatar que quien tuerce y manipula mendazmente, con todo y sus trajes oscuros, es —¡quién lo diría!— el severo y puntilloso e indignado vocero de los honestos comerciantes sobreprotegidos y no yo, el disolvente, contumaz, inactual y muy leído izquierdista de los sábados.

2.

Ball quiere que se citen las fuentes como si los articulistas fuésemos candidatos a un doctorado en Heidelberg: le daremos gusto, pero sólo por esta vez.

En su edición del 5 de mayo pasado, la revista virtual Salon, que recomiendo decididamente y que el internauta hallará en www.salon.com, pueden leerse extractos de una conversación sostenida entre Joe Stiglitz y el periodista David Moberg.

Característicamente, el reportaje se titula “Silenciando a Joseph Stiglitz”.

Doy a mis lectores mi propia traducción de algunos momentos estelares del mismo. Y me tomo todo este trabajo porque tengo la sospecha de que a quien verdaderamente quisieran silenciar el señor Ball, y quienes piensan como él, no es a mí sino al profesor Stiglitz.

3.

“Luego de que Joseph Stiglitz, economista jefe del Banco Mundial, renunciase a su cargo en noviembre pasado, en aras de poder hablar más abiertamente acerca de sus desacuerdos con las políticas del banco y del Fondo Monetario Internacional, aquel todavía retuvo al distinguido economista como consejero especial de su Presidente, señor James D. Wolfensohn.

Pero al cabo, las críticas de Stiglitz probaron ser demasiado para estas poderosas instituciones financieras globales, especialmente luego de arrostrar rabiosas protestas el mes pasado, durante sus reuniones primaverales.

Quienes defienden al FMI y al Banco Mundial pudieron muy bien denigrar de las credenciales de algunos manifestantes callejeros, pero les ha resultado más difícil atacar al muy publicitado antiguo profesor de Stanford, quien también presidió el Consejo de Asesores Económicos del Presidente Clinton.

La franqueza de Stiglitz lo ha convertido en un inesperado gurú intelectual del movimiento de protestas contra la Organización Mundial de Comercio, pero si bien sus críticas han mejorado la credibilidad de los manifestantes, también es cierto que han estimulado nuevas presiones para acallarlo —en especial provenientes del Departamento del Tesoro estadounidense—, afirmó el propio Stiglitz a esta revista Salon.

Cuando Stiglitz anunció a fines del año pasado que abandonaba el banco para regresar a la vida académica, hubo rumores de que había sido “echado por demasiado hablador”.

—Yo no diría que fui echado —afirma Stiglitz—, pero era claro para mí que cuando se tienen responsabilidades institucionales se tiene también menos libertad para expresarse, especialmente si uno desea hablar con claridad y contundencia.

“Parte de la cultura que prevalece dentro de la institución y los ministerios de finanzas implica que ambas instituciones (el Banco Mundial y el FMI) no deberían criticarse mutuamente” —añade el profesor.

Stiglitz estima que las manifestaciones de protesta resultaron “notablemente exitosas”, pues desafiaron este pacto de silencio. Afirma además que la cobertura de prensa que recibieron las protestas de abril “se concentró en el mensaje más amplio y crucial: el de que lo que está en el tapete es una cuestión de valores, de procedimientos democráticos, y que en parte por la ausencia de procederes democráticos se toman decisiones que comprometen el modo de vida, y muchas veces hasta la vida misma, de muchos de los pobres del mundo”.

Stiglitz dice no ver indicio alguno de que esto haya sido aprehendido por ninguna de estas instituciones, “ni siquiera como un tema a discutir”.

—La reacción más frecuente que escuché dentro de la organización se limitaba a decir: “¡Se están impugnado nuestros motivos!” —comenta Stiglitz, antes de añadir que “ambas organizaciones están acostumbradas a impugnar los motivos de los gobiernos, a analizar cómo los incentivos y los intereses obran sobre las personas y las instituciones, pero se sienten incómodas cuando el reflector se posa sobre ellas”.

4.

Desde luego, los adeptos del “consenso de Washington” como el señor Ball, suelen afirmar, en descargo de las recetas del FMI, que ellas no pueden surtir efecto si los países no cumplen estrictamente con sus requerimientos. Como quien dice: “¡Denle una oportunidad al capitalismo!”

A esto responde doctrinariamente Stiglitz con un denso artículo titulado “¿Quién custodia al guardián?”, aparecido en el número 6 (nov./dic. 1999) del volumen 42 de la revista Challenge, pp. 26-42 :

”Ciertamente, algunos países no lo han hecho bien: ningún país lo hace bien. Pero si el capitalismo es tan frágil que no puede sobrevivir a la normal falibilidad humana, entonces sus virtudes seguramente deben ser cuestionadas, al menos para este mundo. Después de todo, una de las más duraderas críticas que se hicieron al socialismo fue la de que era demasiado utópico”.

Ibsen Martínez en La BitBlioteca

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