Caracas, Domingo, 20 de abril de 2014

Sección: Política

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Cadena… de tontos

Alexei Guerra Sotillo

Domingo, 15 de julio de 2012

Uno de los símbolos más claros y grotescos de ese ventajismo, con el cual el candidato oficial, autoerigido líder eterno, encarnación única, absoluta, suprema y divina del sentir popular, demuestra y ejerce el ventajismo aludido, son sin duda alguna, las cadenas







   Foto: Google

Arrancó la campaña. Seguidores, activistas, actores políticos, agrupaciones y simpatizantes de lado y lado se aprontan ya a desplegar lo necesario para las movilizaciones respectivas,  a fin de que cada mensaje llegue al público meta electoral. La duda sin embargo emerge. ¿Qué significa una campaña electoral, en este caso, de cara a una elección presidencial? En cualquier país, medianamente democrático, donde medianamente haya independencia de poderes, se cumplan las leyes y no se castigue la disidencia, una campaña electoral significa a grandes rasgos lo ya descrito, mítines, movilizaciones, marchas, normas equitativas para la publicidad electoral en medios de comunicación, restricciones al candidato-presidente para que no abuse de su investidura inaugurando obras, abriendo el grifo del gasto público-clientelar y, específicamente, se exceda en sus apariciones televisadas.

Eso, en cualquier país. El punto es ¿Y aquí en Venezuela, que implica una campaña electoral? Aquí, una campaña electoral ha significado, en los últimos años, además de eso, un enorme esfuerzo, una tentativa por enfrentar al ventajismo desbordado, por encarar el abuso institucionalizado de quienes han construido un aparato burocrático-partidista-estatal de ejercicio personalista del poder, y usan todos los medios a su alcance para ejercer presiones, amedrentamientos y coacciones a quienes están llamados a ejercer su derecho al sufragio.

No estamos descubriendo el agua tibia, es verdad amigo lector, paciente lectora. Lo interesante, lo distinto de estos tres meses de campaña que empezamos a transitar este 2012, es la conformación de una circunstancia, de un clima de cansancio, impotencia y obstinación creciente en sectores populares de nuestro país, hacia una gestión que ya, en mas de 13 años ha fracasado en solucionar los problemas más sentidos de los venezolanos, lo cual, aunado a la unidad, a la legitimidad democrática, a la obra de gobierno, y al mensaje de Henrique CaprilesRadonski, lo perfila claramente, como una real y verdadera opción de poder, con muy altas probabilidades de derrotar a quien ya, tristemente, debemos incluir  en los cacareados “40 años”. La quinta república exuda un olor a pasado, a gestión infructuosa y nefasta, pero también, a artilugios para aferrarse, a cómo de lugar al poder.

Uno de los símbolos más claros y grotescos de ese ventajismo, con el cual el candidato oficial, autoerigido líder eterno, encarnación única, absoluta, suprema y divina del sentir popular, demuestra y ejerce el ventajismo aludido, son sin duda alguna, las cadenas. Su mismo nombre revela la paradoja: te “encadeno”, te obligo, te someto, cual esclavo mediático posmoderno, a escucharme, a aguantar la manera en la cual malgasto tiempo y  dinero públicos, para la retórica hueca, para la verborrea delirante, y mucho más, para el insulto y descalificación como piedras angulares de una  propuesta política.

Con el perdón de Diosdado, justificador poco efectivo que alude no a ventajismos sino a una “gran ventaja” innata de su Comandante-Presidente-mande-Ud; y a contrapelo de lo que el ministro Izarra intenta articular en su afán gobbeliano para “suavizar” el discurso belicoso de su jefe, ambos quizá olvidan uno de los principios elementales de la oratoria y de la comunicación política. Mientras mayor es la duración de un discurso, mayor es la posibilidad de que el mensaje que se quiere o pretende transmitir no sea captado.La síntesis en la comunicación, supone obviamente un ejercicio de inteligencia para escoger lo sustancial de lo que se quiere decir, lo prioritario, lo más importante. Las cadenas presidenciales bajo esta administración, además de representar entre otras cosas, un canal para la exhibición de un ego desbordado, y la más clara muestra del engaño y el jalamecatismo lisonjero institucionalizado, perdieron, hace rato largo, el interés, la novedad o excepcionalidad que su misma definición original supone.

El vozarrón inconfundible de Aretha Franklin nos regaló por allá en los años 60 esa famosa canción cuyo coro, en melódico trance de un amor herido y golpeado, narraba la rabia de quien se sentía solo pieza de una cadena, víctima del olvido y el desprecio, mientras decía “Chain, chain, chain…chain of fools”. En alguna estrofa Aretha canta: “Uno de estosdías, la cadena se va a romper, pero hasta entonces, voy a tomar todo lo que pueda…”. Recordando a Aretha, los malabarismos del lenguaje nos ayudan a decir hoy, que quizá falta poco para que esa cadena…de tontos…se rompa.

alexeiguerra@yahoo.com

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