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  Sección: Política

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Invitados de lujo

Tulio Hernández

Domingo, 3 de febrero de 2002

Algunas veces, en este período extraño que vivimos, cuando leo la prensa o escuchó la televisión y la radio, pienso —tal vez como evasión— en los divinos tiempos de la secundaria, cuando las palabrotas formaban parte del habla de todos los días. Y, cada vez con más frecuencia, recuerdo a un amigo, burlón él, que cada vez que alguien atravesaba los límites de la ordinariez —siempre muy distintos a los de la irreverencia, o la iconoclastia auténtica— lo señalaba con el índice, nos miraba a los demás y exclamaba: «A este lo voy a invitar a los 15 años de mi hermanita». Luego se alejaba.

Siempre hacía lo mismo y no pasaba nada. Unos reían, otros ignoraban el desplante, mientras los invitados potenciales —generalmente los «duros» del curso— ni se daban por enterados y continuaban, imperturbables, poniendo en práctica su acre vocabulario. Siempre supe que la frase era un lugar común, pero había algo en el gesto de mi amigo, una especie de condena inteligente y no moralista, una provocación a la rusticidad mediocre de nuestros más fieros compañeros, que me producía una inmensa satisfacción. Era otro estilo de ser un duro.

Como tardío efecto de aquel recuerdo, ahora me las pasó imitándolo automáticamente. Escucho por ejemplo —dada la jerarquía, lo nombraré primero— al presidente Chávez y automáticamente se me sale: «Lo voy invitar a los 15 años de mi hermanita». Veo la «alocución» del alcalde Peña —como llamaron en Radio Caracas Radio la rueda de prensa que ofreciera desde Cotiza—, y de inmediato me dan ganas de invitarlo también. Leo las declaraciones del diputado Willian Lara el día de su menguada reelección a la presidencia de la Asamblea, y mentalmente le envío una tarjeta especial, con sello de lacre incluido. Y, en una situación que jamás se me hubiese ocurrido por aquel entonces, leo en el titular de primera página del sábado 26 de enero al obispo Lückert [«Cuando se destape el tumor que rodea al Presidente el hedor llegará al fin del mundo»] y digo, caramba, este también será un invitado principal.

Luego paso a imaginarme la escena en el más puro estilo de la buena época de Radio Rochela. Veo primero a Chávez, delante de la mamá de la quinceañerita, diciéndole a su novia, con mirada lasciva y gesto de machito sobrado: «Mi amor, esta noche te voy a dar lo tuyo» (1). Luego a Alfredo Peña, uniéndose al escándalo que ya se habrá formado en la sala: «Es que Chávez se pasa la Constitución por las verijas» (2). Más allá, a Willian Lara contándole con los labios apretados a las niñas de la cuadrilla: «Lo bueno de tener a un vicepresidente de confianza es que ahora en medio de las sesiones podré salir a orinar» (3). Y, al fondo, el rostro de asco de la abuelita suspendiendo su dosis de postre mientras el obispo Lückert asevera con tono eclesiástico: «Es que el día que estalle el tumor de Chávez, se va a oler en todo el mundo» (4).

II

Pero, lamentablemente, la gracia se me acaba pronto y la risa se me queda fría. Porque, efectivamente, no se trata de un grupo de adolescentes simpáticos. Ni hablan en la intimidad de una fiesta de cumpleaños. Son señores mayores, con responsabilidades públicas —con aucthoritas—, que se expresan a través de cámaras y micrófonos que reproducen millones de veces lo que dicen. Y aquello que dicen, con tanto odio, desparpajo, hedor e impertinencia, no se evapora en el aire, no termina en una sesión aislada, sino que se articula y va creando una especie de nuevo ecosistema discursivo —de estado de ánimo compartido— que genera a su vez una atmósfera ética en donde la noción de lo respetuoso y lo que no lo es, de lo público y lo privado, de lo pertinente y lo impertinente, de la consideración por los demás, de sus límites y fronteras, queda diluida, confundida y suspendida no se sabe hasta cuándo.

Los lacanianos, semiólogos y lingüistas, entre otros estudiosos, nos han enseñado que las cosas existen realmente para las personas cuando se convierten en discurso, y que los discursos —las maneras como organizamos nuestras maneras de expresarnos— son un reflejo y una expresión de todo aquello que nos aqueja, enorgullece, atemoriza, limita o es objeto del deseo, ya sea de un individuo, un grupo o una sociedad.

El discurso público dominante en este tiempo, no hay que ser analista para verlo, parece hablarnos de un colectivo enfermo que ha comenzado a drenar en las palabras —¡tan poderosas que son las palabras!— algo que seguramente viene guardando en los sustratos más ocultos y sinceros de su corazón. Es como si Chávez, y sus iguales, me lo ha explicado mi amiga poeta Nidya Hernández, hubiesen logrado un extraño proceso de mimetismo de una parte nada despreciable de la sociedad venezolana. Algo que podríamos llamar identificación por la oscuridad, pues, como un psiquiatra malo, o como el borrachito impertinente de la fiesta, a través de provocaciones incesantes han ido sacándole también a los demás lo más feo que cada uno de ellos y la Nación misma tienen, sus fantasmas más oscuros, sus demonios más internos, inhibiéndole al mismo tiempo los sentimientos mejores. La Nación —por supuesto y por suerte que no toda—, incluyendo sacerdotes, maestros, periodistas, políticos, ricos y pobres, cede a la tentación del verbo encendido, del reinado en su lenguaje de los desechos y las excrecencias —pocetas, albañales, verijas, orines, excrementos, tumores— como sustitutos del diálogo ideológico imposible y como prueba de la resolución verbal de la gramática y del deseo de exterminio mutuo que anda rondando entre nosotros.

A falta de pensamiento político, los nuevos actores de nuestra escena, y los viejos que Chávez ha logrado revivir, le entregan su confianza plena al estilo. Y a falta de uno propio, confían en que imitar el del Presidente es lo mejor. Nidya me recuerda que no es suficiente con proponerles que lean a Ghandi, Luther King o Mandela. Piensa que deberían encontrase con Vallejo, el poeta peruano que de modo contundente entendía el desamparo. Yo creo que es demasiado: imagínense a Carlos Ortega o a Iris Valera leyéndolo. Me contentaría con que Blanca Strepponi, la directora de Los Libros de El Nacional, les enviara una de sus ediciones del Manual de Carreño, y a los que ponen bombas, o sienten las ganas de ponerlas, alguno de los ensayos sobre el origen de la violencia colombiana. El asunto se pega.

Notas

(1) Frase célebre dicha por el Presidente en el mítin de la avenida Bolívar.

(2) Frase pronunciada durante transmisión en vivo de varios canales, el 17/01/02.

(3) En declaración pública, el 05/01/02.

(4) Primera plana de El Nacional, 26/01/02.


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