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Opinión y análisis

Hacia el Estado policial
Freddy Lepage

 
Domingo, 26 de diciembre de 2004

Desde que Chávez llegó al poder (en 1998) siempre ha mantenido viva su ambición de construir un régimen de permanencia indefinida, que le permita cristalizar su pretendida “revolución bolivariana”, a partir de su concepción belicista del proceso político venezolano (la política se convierte en un arte militar, donde los civiles son simples instrumentos), y, por lo tanto, sin cabida para el compromiso y la negociación (es el concepto de guerra permanente). Para ello es indispensable “el salto hacia delante”: avanzar aceleradamente hacia el control de todos los poderes públicos, y convertir a la Fuerza Armada en instrumento de dominación de la sociedad venezolana, mediante el fortalecimiento de su rol político y de sus funciones represivas.

Pero, al hacer esto, Chávez sabe que navega a contra corriente de la tendencia que existe en los países democráticos del continente -en el sentido de privilegiar el poder civil sobre el militar-, por lo que apunta hacia la instauración de un régimen de corte autoritario que guarde algunas formalidades democráticas. Para la conformación definitiva de su proyecto político Chávez necesita, entonces, construir –a su medida- un andamiaje jurídico que le sirva de telón para mantener las apariencias.

En los primeros años -cuando su popularidad subía como la espuma- todo era democracia participativa y consultas populares (siete en seguidilla). Para todo lo que hacía había que consultar al “soberano”; hasta que, para su infortunio y pesar, y gracias a su pésimo gobierno –basado en el usufructo clientelar y corrupto del maná petrolero- su popularidad fue cayendo de manera sostenida. De allí en adelante había que cambiar de estrategia, porque las reglas del juego democrático ya no le eran útiles ni efectivas, y tuvo que entrar en la carrera sin fin de apelar a los poderosos resortes –lícitos o no- del poder para lograr sus objetivos. Cayó en la misma espiral autoritaria en la que se sumergen todas los gobiernos autocráticos para mantenerse: la represión y el miedo como instrumentos para imponer la voluntad del dictador en la sociedad y al interior de la fuerza armada.

La doctrina de Seguridad Nacional

La Doctrina de Seguridad Nacional (DSN) que se estrena a comienzos de la década de los sesenta, originalmente en Brasil y Chile, auspiciada y desarrollada por Washington, para combatir y frenar el avance de la subversión comunista armada en el continente, le confiere legitimidad y reconocimiento a numerosas dictaduras militares. La DSN supone la participación activa de los militares en la política para controlar y ejercer el poder en los países latinoamericanos y, por lo tanto, su rol ya no sólo se restringe a la defensa de la soberanía y las fronteras nacionales, sino que, también se le asignan responsabilidades en la seguridad interna y se les involucra activamente en los planes de desarrollo nacional. Dentro de esta visión de la política tutelada por los militares se generaliza el uso del terror y la guerra sicológica como instrumentos válidos para desmoralizar y neutralizar al enemigo: la subversión armada, auspiciada por Fidel Castro.

En la revista Nueva Sociedad (marzo-abril 1980) Jorge Tapia Valdez, en un trabajo sobre la Doctrina de Seguridad Nacional y el rol político de las fuerzas armadas en Latinoamérica señala: “… Por último, la existencia del enemigo interno y la necesidad de una guerra permanente en su contra sirve otro importante propósito: la posibilidad de mantener al país en un estado de permanente emergencia que, aun cuando de base ficticia, resulta muy efectivo desde el punto de vista policial y jurídico. En efecto el estado de emergencia permite la imposición de restricciones extraordinarias sobre las libertades y derechos individuales y sociales, y respecto de los procedimientos para protegerlos. Ello facilita el control policial de la población, autoriza el uso discrecional de la fuerza pública y permite el aislamiento del ‘enemigo’…” ¿No suena familiar? ¿Acaso no es lo que está sucediendo en nuestro país? De allí que, Chávez (como buen soldado) aplica la versión actualizada de la misma doctrina de seguridad nacional que sirvió para combatir a la guerrilla y la subversión de entonces; pero esta vez, contra sectores de la sociedad civil y las organizaciones políticas democráticas que lo adversan. En el fondo Chávez es la expresión posmoderna del militar retrógrado con el chafarote al cinto.

La hora del miedo

Con la reforma del Código Penal, la ley mordaza, la ampliación del Tribunal Supremo de Justicia y los imputados del once de abril, Chávez intenta criminalizar la disidencia política y social, termina de politizar la justicia (la voluntad del autócrata se confunde con la norma jurídica), implanta la autocensura de los medios de comunicación y crea las condiciones políticas y sicológicas para atemorizar y neutralizar a la sociedad. Se cierra el círculo. Surge el estado policial y, el terrorismo, la represión y el autoritarismo se dan la mano en una espiral diabólica que mantiene un clima de tensión permanente, que hace imposible la estabilidad política y social. La sensación de libertad en democracia, da paso a la entronización del miedo y la angustia como componentes cotidianos en la vida de los ciudadanos. Es como vivir en un permanente estado de excepción, en el cual toda oposición, toda protesta popular o política, se convierte en un acto de agresión contra el régimen. Se configura un gobierno de carácter seudodemocrático (sin frenos ni contrapesos) que limita el pluralismo político y las libertades ciudadanas, que secuestra los poderes públicos, que regimenta el comportamiento individual, social y político de la gente, y que transforma los instrumentos del Estado de derecho de acuerdo a sus conveniencias. Chávez cree en un sistema cerrado de gobierno, basado en instituciones castradas que le obedezcan ciegamente. No le interesa -ni le es consustancial a su forma de ser – ganar legitimidad por medio del diálogo y la construcción de consensos.

Michael Burleigh en su interesante libro The Third Reich penetra y hurga con agudeza en las razones que llevaron al pueblo alemán a apoyar a Adolfo Hitler -que de cabo del ejército llegó a dominar a toda Alemania y parte de Europa-. Más allá de los sentimientos de grandeza, de odio y de superioridad de la raza aria despertados por Hitler, Burleigh concluye que, lo que realmente paralizó al pueblo alemán fue el terror empleado por el nazismo desde el poder. Pero ese terror, que hiela la sangre y paraliza los sentidos, que hace que los seres humanos se sientan permanentemente humillados y sojuzgados, también genera dentro de la sociedad fuerzas reactivas, muchas veces desconocidas, capaces de desencadenar acciones tendentes a escapar de esa situación insostenible.

Huída hacia adelante

La democracia está sembrada en lo más profundo del alma de los venezolanos, por lo que en la medida en que se cierran los espacios de libertad, de igual forma se provoca una huída hacia adelante de la gente, para evitar el sometimiento y control. Huir hacia adelante es seguir luchando por las libertades ciudadanas, es organizarse para resistir, es mantenerse de pie con dignidad, es estar contra la opresión, es la fuerza telúrica de un pueblo que se revela ante la injusticia. Así que la cruda realidad se plantea de manera dilemática: sometimiento o resistencia, adaptación y entrega o seguir luchando por un futuro distinto. Hoy existe una aparente y engañosa tranquilidad que no significa que el pueblo esté resignado. Algo bulle bajo la superficie. Un volcán puede hacer erupción en cualquier momento. Por eso es que los autócratas, o quienes pretenden serlo, siempre tienen que dormir con un ojo cerrado y otro abierto. Siempre desconfían hasta de su sombra.

freddylepage @cantv.net

 

 

 
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