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  Sección: Política

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El moralismo de los radicales

Alfredo C. Ángel

Jueves, 13 de noviembre de 2003

El discurso del liderazgo venezolano está demasiado impregnado de planteamientos radicales, extremistas: “la Revolución Bolivariana salvará la patria de los traidores”; “si vuelven, habrá guerra”; “el batallón de reservistas defenderá la revolución con las armas”; “todo el poder para los pobres”; “es indispensable crear la verdadera democracia”; “hay que rescatar a la sociedad civil de los políticos corruptos”; “será necesario sacar a esa gente de PDVSA”; “habrá que hacer una limpieza a fondo en la F.A.N.”; “Chávez y CAP se reunieron, traman algo”; “la Coordinadora Democrática se derrumba, los personalismos y la traición se imponen”; “no habrá revocatorio, todo es un engaño”; “tampoco habrá elecciones”; “es indispensable la insurgencia cívico militar para salvar la patria”; “el alzamiento militar no puede romper el hilo constitucional porque hace rato que está roto”; “todo lo que existe está mal, pero lo que vendrá es muy bueno si lo hacemos rápido”.

Los radicales por definición son excluyentes. Por eso tienden a ser tan violentos, porque como a nadie le gusta y nadie acepta ser excluido, los radicales tienen que imponerse. Y la manera de hacerlo suele importar poco, porque todos los radicales se deben al mantenimiento del poder, no al mejoramiento de la sociedad. Su utopía y el autoritarismo que los caracteriza, se expresan en la “superioridad moral” de su conducta: la crítica inclemente al orden imperfecto en el que viven, tiene “propuestas muy claras” para cada cosa, que son la garantía de la “pureza” de sus acciones y de los “resultados futuros” que producirán. ¿Ha tenido usted un amigo que admira y respeta, o un gerente, o político, o empresario, o sacerdote, o militar que usted admira y respeta porque se parece a lo que usted considera correcto?. ¿Qué ha ocurrido con su percepción de esa persona cuando la misma ha hecho algo que usted no considera correcto?. ¿Ha pensado usted, quién lo hubiera dicho?. ¿O pensó quizás que esa persona como que no era tan correcta como usted creía?. Este es el problema de fondo con la “superioridad moral” de los radicales: como los extremistas son excluyentes, sólo ellos tienen la respuesta y el análisis correctos, como la realidad es siempre imperfecta, no les queda más remedio que recurrir a la violencia y a la imposición, al engaño y a la mentira para poder “cuadrar” el mundo real, que es siempre más complejo y diverso que su extremismo excluyente.

En la Venezuela de hoy vivimos el reino de los radicales excluyentes. Pero al mismo tiempo, ello abre oportunidades que ayudan a fortalecer el liderazgo personal de los ciudadanos para pensar con libertad, al margen de la confusión y el caos creado por los radicales. Como liderazgo es sinónimo de esfuerzo positivo, constructor y responsable, el liderazgo no se debe al poder sino al facultamiento, a la formulación de un claro sentido de dirección, el liderazgo se debe a la sociedad. Pero ello no significa que ejercer el liderazgo sea fácil, o rápido, o cómodo, o que no encuentra obstáculos. El liderazgo personal, la entereza, se descubre cuando se está sólo, o en minoría, o cuando no hay reglas claras y es indispensable actuar, o cuando se crean expectativas en la sociedad que operan como mecanismo de presión para que se asuma una conducta particular considerada como correcta, o cuando a fuerza de descalificaciones y amenazas, se erosiona la capacidad propia para pensar y tomar decisiones independientes de los radicales de turno. Todas estas situaciones las vivimos hoy en el juego de la sospecha generalizada que reina en el país.

Para los radicales, todo el que ejerce la libertad para pensar, es objeto de descalificación, persecución o agresión, es decir, es objeto de exclusión. Y es la carencia de respeto a los límites lo que la hace posible. Sustituir una carencia de limites por otra, no es cambio sostenible. La carencia de limites entre los radicales puede llegar a ser tal, que la lucha por el poder produce muertes de seres humanos, como tantas experimentadas por venezolanos en el pasado y en el presente. Cuesta mucho entender el interés y la atracción de los seres humanos por el poder. Y cuesta entre otras razones, porque los ciudadanos no suelen ser ni especialistas en ciencias políticas ni en ciencias del comportamiento. Pero si desaparecieran los conflictos, los intereses, las desigualdades, la diversidad de visiones, las ambiciones personales, los partidos políticos, la lucha por el poder y el deseo de mandar, controlar y dirigir, dejaríamos de ser seres humanos para convertirnos en algo raro. Por eso son tan importantes los limites, porque los radicales y los excluyentes no van a desaparecer. Por lo pronto para fortalecerse, es indispensable recordar que, cada vez que una persona se atreva a ejercer su libertad para pensar, saldrá alguien, o unos cuantos a quienes no les gustará la osadía. Y esos “afectados” dirán, por qué nos están atacando. Así actúa el moralismo de los radicales.

Cuando algún gerente, político, empresario, maestro, profesional, militar, consultor, intelectual o ciudadano le presente propuestas para “salvar a la patria", o una “cruzada moralizadora” , o “la vía para alcanzar la verdadera democracia”, no crea en cuentos de camino. Los “castos y puros” de la virtud pueden estar en cualquier parte. Y ninguno tiene el monopolio de lo correcto, ni de la ética, ni de la moral, ni de la virtud, ni de lo mejor. Todos los que actúan y se presentan como tales, evidencian su autoritarismo, su intolerancia y su visión excluyente. Como la vida real es plural, compleja y diversa, entonces los radicales son una mentira y sus ideas también. Si de verdad queremos un mejor país, hay que revocar el estado de sospecha y radicalismo generalizados porque destruyen el respeto, la integración, la productividad, el trabajo, la amistad y la felicidad de la familia nacional.

(*): Consultor Gerencial

email:acaconsultores@telcel.net.ve


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